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Anticlericalismo

El Diccionario de la RAE es merecedor de cuantos títulos humanos y divinos pueden enaltecer su calificación de fiel instrumento en labios de sus usuarios para crear, mantener y expresar la convivencia y el entendimiento mutuos. En unos tiempos como los actuales tan poco propicios para poder comprenderse y vivir en armonía y en paz los seres humanos, disponer de palabras sabias, exactas y propicias es una gracia de Dios y un don precioso de la naturaleza. La cuestión radica, y radicará, sempiternamente en saber disponer de tan rico tesoro y hacer uso siempre en consonancia con su etimología y buenas costumbres.

Y, por citar un ejemplo de utilidad y provecho en las procelosas relaciones hoy establecidas en el contexto sociológico- religioso en el que nos movemos, la aportación del citado Diccionario resulta ser ejemplar, clarificadora y providencial. El término -eje al que hacemos referencia en esta ocasión es el de “anticlerical”, con el que se define y sustancia actitudes y comportamientos de personas, grupos e instituciones, con descalificación radical para unos y otros y el consiguiente riesgo de generar situaciones colindantes con guerras santas, cruzadas o persecuciones. En son de paz y concordia gramatical esclarecedora y firme, el Diccionario define, a todos los efectos, “anticlericalismo” como “doctrina o procedimiento contra el clero”. El término “clericalismo” concentra provechosas lecciones de eclesiología antigua y moderna en sus tres acepciones: 1-.Influencia excesiva del clero en los asuntos políticos. 2.- Intervención excesiva del clero en la vida de la Iglesia que impide el ejercicio de los derechos de los demás miembros del pueblo de Dios. 3.-Marcada afección y sumisión al clero y a sus directrices”.

A la vista de tan nobles y sustantivas definiciones académicas, ha de resultar tan urgente como necesaria la revisión de apreciaciones y comportamientos de cristianos, y no cristianos, al intentar enjuiciar y calificar negativamente actitudes propias y ajenas. La invocación decimonónica de anticlericalismo a procederes, conductas, modos y maneras pretéritas, puede no ser ya justa, sino improcedente e impropia y además “santo y seña” de que quienes las aplican y hacen uso de las mismas perdieron el tren de la historia, anclados irreverentemente en témporas rancias y arcaicas.

A la luz del venerable Diccionario de la RAE.,en la escueta y docta definición de “clericalismo” y sus derivados, es obligado y cristiano tener que manifestar la satisfacción por la contribución tan radiante y señera, además de necesaria, para iluminar no pocos espacios de tenebrosidades de los tiempos nuevos, tanto políticos como eclesiásticos.

Hoy por hoy, le siguen sobrando todavía, y en abundancia, a la Iglesia porciones de clericalismo. A la luz de la fe y del sentido común, crece la sensación de que la jerarquía suplanta y reemplaza al Pueblo de Dios en la misma definición de la Iglesia como institución y entidad. Los miembros del propio Pueblo de Dios experimentan y sufren a veces la impresión de no ser ni tratados ni considerados como Iglesia por la misma jerarquía, o serlo como infantiles a perpetuidad o con responsabilidades muy limitadas. Los tiempos eclesiásticos van ciertamente cambiando, pero no con la intensidad y extensión que lo hacen en otras latitudes.

El anticlericalismo propiciado por el Diccionario es –puede ser- un auténtico don de Dios. Necesario para el desarrollo y actividad de la Iglesia y para que ella sea, represente y exprese los testimonios de compromiso con la convivencia, la paz y la religión que ,por definición los encarna, al servicio de la colectividad y no sólo ni fundamentalmente por su jerarquía, sino por el resto del Pueblo de Dios. La macrocefaliacomo diagnostico es al menos tanto o más grave que lo sería la microcefalia, en el organismo de “Nuestra Santa Madre la Iglesia”.

Por tanto, sí al anticlericalismo, pero siempre, y por supuesto, tal y como es definido, impulsado y amparado con carácter oficial por los redactores del Diccionario, al servicio del entendimiento entre personas y pueblos y en el marco feliz de los buenos modales y de las palabras aseadas y cultas.

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