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Después del gol

Antes que el resultado, queda la música… Antes que los titulares, sobreviven esas emociones difíciles de explicar que, durante unos días, hicieron que millones de personas salieran de sí mismas para encontrarse, aunque fuera fugazmente, en una plaza común

Ferran Torres tras marcar su histórico gol frente a Argentina | EFE

Antes que el resultado, queda la música… Antes que los titulares, sobreviven esas emociones difíciles de explicar que, durante unos días, hicieron que millones de personas salieran de sí mismas para encontrarse, aunque fuera fugazmente, en una plaza común.

Ahora que las calles han recuperado su ritmo habitual. Ahora que los comentaristas han encontrado nuevos asuntos sobre los que polemizar. Ahora que las banderas regresan lentamente a los cajones y los héroes deportivos vuelven a la condición, tan noble, de ciudadanos corrientes, quizá haya llegado el momento de preguntarnos qué hacemos con lo que hemos vivido.

Porque sería una lástima que todo acabara reducido a una fotografía. Sería una pena que la alegría colectiva terminara archivada en la misma estantería donde guardamos los recuerdos hermosos que nunca llegan a transformar nuestra vida.

Mundial Fútbol 2026

Durante unas semanas ocurrió algo extraordinario. Algo que los sociólogos analizarán, los periodistas comentarán y los políticos seguirán intentando apropiárselo. Pero que, en realidad, pertenece al territorio más sencillo y más profundo del corazón humano.

Millones de personas se sintieron parte de algo común. No parece una noticia espectacular. Y, sin embargo, lo es.

Porque vivimos tiempos en los que se ha instalado la sospecha como forma de convivencia. Tiempos en los que parece más fácil levantar muros que construir puentes. Tiempos en los que algunos han convertido la polarización en un negocio tan rentable que cualquier gesto de encuentro amenaza su modelo de negocio emocional.

Hay quien vive de dividir.

Hay quien prospera alimentando agravios.

Hay quien necesita que el vecino se convierta en adversario para seguir teniendo razón.

Y, de repente, apareció un balón. Nada más. ¿Un balón?.

Y durante unos días descubrimos algo que ya sabíamos pero que habíamos olvidado: que compartimos muchas más cosas de las que nos separan. No fue un “milagro” futbolístico. Fue un pequeño milagro humano. No tanto basado en ingenuas y falsas teologías de la predestinación o en las de la prosperidad solo prevista para los fieles religiosos de los nuestros y no de los de ellos ¡ NO. ¡. Un “milagro”  humano 

Porque lo sorprendente de esta selección no ha sido solamente que ganara. Lo verdaderamente interesante es cómo ganó. Ganó jugando juntos. Ganó haciendo de la diversidad una fortaleza. Ganó subordinando los protagonismos individuales al bien del conjunto. Ganó demostrando que el talento aislado es importante, pero que el talento compartido resulta imbatible.

Quizá por eso aparecieron inmediatamente los aguafiestas de guardia.

Siempre llegan puntuales.

Mientras miles celebran, ellos contabilizan defectos. O se esfuerzan en exagerar lo que hay de manipulación, de exageración o de ingenuidad colectiva. Tienen parte de razón. La tienen casi siempre. Incluso cuando hablan de mercantilización 

Porque es verdad, que el fútbol no elimina la pobreza infantil. No resuelve la crisis de la vivienda. No integra por sí solo a los migrantes. No cura las heridas de una sociedad fragmentada.

Pero quienes reducen todo a eso suelen olvidar una verdad elemental: las sociedades no viven únicamente de diagnósticos. También necesitan esperanza. Y la esperanza no resuelve los problemas, pero hace posible afrontarlos.

Pero tras el eco no hay que olvidar que seguimos enfrentándonos a desafíos mucho más decisivos que una final mundialista.

Seguimos viendo a jóvenes incapaces de emanciparse.

Seguimos contemplando familias para las que encontrar una vivienda digna se ha convertido en una carrera de obstáculos.

Seguimos conviviendo con una pobreza infantil que debería avergonzarnos colectivamente.

Seguimos hablando de migración como si detrás de esa palabra no hubiera rostros, historias, sufrimientos y esperanzas.

Y, sin embargo, muchas veces afrontamos estos desafíos exactamente al contrario : Cada uno en su trinchera. Cada uno defendiendo su parcela. Cada uno convencido de que posee toda la razón. Cada uno sospechando del otro.

El Evangelio utiliza otra gramática. «Bienaventurados los que trabajan por la paz»

No los que hablan de paz.

No los que escriben sobre paz.

No los que comercian con la palabra paz.

Los que trabajan por ella.

Y trabajar por la paz significa también construir convivencia, buscar acuerdos, renunciar a la caricatura del adversario y reconocer que la verdad suele ser más amplia que nuestras propias certezas.

O «Amaos unos a otros.»                                                                      

Quizá hemos escuchado tantas veces esta frase que ya no percibimos su fuerza revolucionaria

Porque amar no significa pensar igual.

Ni votar igual.

Ni creer igual.

Significa reconocer en el otro una dignidad que ninguna diferencia puede cancelar.

Si quienes pronunciamos estas palabras las viviéramos con mayor coherencia personal y comunitaria, muchas de nuestras discusiones públicas serían menos agresivas y muchas de nuestras comunidades más creíbles.

El Evangelio no pide uniformidad. Pide fraternidad. Y son cosas muy distintas. 

Porque el Reino de Dios siempre se parece más a una mesa compartida que a una trinchera. Más a un encuentro que a una frontera. Más a una conversación que a un monólogo.

Ahora llegan los días normales. Y quizá sean los más importantes. Porque la verdad de una fiesta se verifica cuando termina la fiesta. La verdad de una celebración se comprueba cuando regresamos a la rutina. La verdad de una emoción colectiva se mide por su capacidad para fecundar la vida cotidiana. 

Ahora llegan los días sin focos. Los días de las pequeñas decisiones. Los días de la convivencia concreta. Los días en que habrá que seguir educando, gobernando, dialogando, acogiendo, creando empleo, buscando vivienda, combatiendo la pobreza y construyendo comunidad.

Ahora llega el tiempo de demostrar que la alegría compartida no fue solamente una anécdota. Son reflejo de otra más grande Que aquella comunión efímera escondía una posibilidad real. Y que todavía podemos reconocernos como compañeros de camino antes que como rivales permanentes. 

La copa acabará descansando en una vitrina. Las fotografías amarillearán con el tiempo. Los goles terminarán convertidos en recuerdos. 

Quizás el legado más valioso de este Mundial sea otro: La sospecha —bendita sospecha— de que somos capaces de convivir mejor de lo que nos dicen

Pero quizás el legado más valioso de este Mundial sea otro: La sospecha —bendita sospecha— de que somos capaces de convivir mejor de lo que nos dicen. De que podemos trabajar juntos más de lo que imaginamos. De que existe un país real, silencioso y cotidiano que no habita las trincheras ni los algoritmos del enfado.

Efe

Tal vez haya llegado la hora de dejarlo salir más a menudo. Porque la gran victoria no será la que conquistamos en un estadio. La gran victoria será descubrir diariamente – no solo los días de futbol- que aquello que celebramos juntos también podemos construirlo juntos. Después del gol 

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