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San Ignacio en tiempos de inteligencia artificial

"El gran riesgo de nuestro tiempo no sea que las máquinas piensen como los seres humanos. El peligro es que los seres humanos terminemos pensando como las máquinas"

IA y relaciones laborales

Hay preguntas que parecen un juego, pero terminan convirtiéndose en un espejo.

¿Qué haría san Ignacio de Loyola si viviera en tiempos de inteligencia artificial? 

San Ignacio

Me lo pregunto en unos días que conviven en mi comunidad algunos novicios jesuitas mientras pienso en la permanencia de la vocación en estos tiempos de IA

¿Qué haría san Ignacio de Loyola si viviera en tiempos de inteligencia artificial? 

No me pregunto qué aplicación descargaría ni qué plataforma utilizaría. La cuestión es infinitamente más profunda. Me pregunto qué haría un hombre que escribió miles de cartas, que convirtió la correspondencia en un modo de acompañar almas y que hizo del discernimiento una forma de habitar el mundo, cuando una máquina es capaz de redactar en segundos lo que antes exigía horas de silencio.

Vivimos una paradoja fascinante. Nunca escribir fue tan fácil. Nunca pensar fue tan difícil.

La inteligencia artificial ha democratizado la escritura. Hoy cualquiera puede pedir un discurso, una homilía, un artículo, un poema o una carta de amor. En pocos segundos aparecen textos impecables, ordenados, elegantes y hasta emocionantes. La pantalla se ha convertido en una especie de oráculo contemporáneo que responde antes incluso de que terminemos de formular la pregunta. Pero precisamente ahí comienza el verdadero problema.

Escribir nunca consistió únicamente en juntar palabras. Escribir siempre fue, antes que nada, una manera de convertirse en uno mismo.

San Ignacio lo sabía. 

Sus miles de cartas no eran simples documentos administrativos. Eran mapas del alma. No escribía para llenar papel; escribía para acompañar personas. Incluso cuando se dirigía a comunidades enteras o a toda la Compañía de Jesús, cada lector tenía la impresión de que aquellas líneas habían sido pensadas para él. Ignacio poseía ese raro talento de hablar a todos sin dejar de abrazar a cada uno. Francisco Javier confesó que leía las misivas de Ignacio y le escribía de rodillas como muestra de profundo respeto, afecto y obediencia a pesar de la enorme distancia. Porque la verdadera comunicación nunca es masiva.

Siempre es personal.

Seminario IA y fe

Y quizá ahí la inteligencia artificial nos obligue a detenernos. Puede escribir como nosotros. Pero nunca puede discernir por nosotros. La diferencia parece pequeña. Pero es inmensa.

Una máquina ordena información.

El ser humano busca sentido.

Una máquina aprende patrones.

Una conciencia aprende a escuchar.

Una máquina calcula probabilidades.

El espíritu discierne caminos.

Ignacio probablemente contemplaría con admiración esta nueva herramienta. No fue un hombre enemigo del progreso. Al contrario. Supo utilizar las mejores universidades de su tiempo, organizó una red mundial de correspondencia cuando escribir una carta significaba atravesar océanos y convirtió la comunicación en el sistema nervioso de la naciente Compañía de Jesús.

No habría demonizado la inteligencia artificial.

Tampoco la habría canonizado.

Habría hecho algo mucho más incómodo.

Preguntarse qué espíritu la mueve.

Porque esa era siempre su primera pregunta.

No era tanto qué hacer.

Sino desde dónde hacerlo.

Y si ahora v vivimos fascinados por una inteligencia que responde. Ignacio seguiría buscando una inteligencia capaz de preguntar. Y no cualquier pregunta.

La única decisiva: ¿Hacia dónde me conduce esto?

La inteligencia artificial puede redactar una homilía. Pero no puede arrodillarse. Puede escribir una oración. Pero no puede rezar. Puede construir un tratado sobre el amor. Pero nunca ha amado. Puede explicar el sufrimiento. Pero jamás ha sostenido la mano de un enfermo. Puede escribir sobre Dios. Pero no tiene sed de Dios.

La diferencia no es tecnológica. Es existencial.

Seromes IA | Quique

Quizá por eso el gran riesgo de nuestro tiempo no sea que las máquinas piensen como los seres humanos. El peligro es que los seres humanos terminemos pensando como las máquinas.  

Rápido.

Eficazmente.

Sin pausa.

Sin silencio.

Sin esa lenta digestión interior que Ignacio llamaba discernimiento.

Los Ejercicios Espirituales son, en el fondo, una pedagogía contra la prisa. Enseñan que las decisiones importantes no nacen de la velocidad, sino de la hondura. Que la verdad necesita silencio como las raíces necesitan oscuridad para sostener un árbol.

La inteligencia artificial vive de la velocidad. El discernimiento vive de la espera.

Son dos relojes distintos. Y no deberíamos confundirlos. 

Hoy pedimos a la inteligencia artificial que escriba por nosotros. Mañana quizá le pidamos que piense por nosotros. Después que decida por nosotros. Finalmente, que viva por nosotros.

Toda comodidad encierra una renuncia.

Cada vez que delegamos una tarea conviene preguntarnos qué músculo dejamos de ejercitar.

Si una grúa levanta siempre nuestros brazos, terminaremos olvidando cómo abrazar.

Si una máquina escribe siempre nuestras palabras, quizá acabemos perdiendo nuestra propia voz.

Porque escribir no consiste únicamente en producir textos.

Es una gimnasia del alma.

Mientras buscamos la palabra exacta, también nos estamos buscando a nosotros mismos.

Cada frase obliga a elegir.

Cada párrafo ordena el pensamiento.

Cada corrección pule el corazón.

La escritura nunca fue solo literatura.

Fue también una forma de conversión.

Si San Ignacio volviera

Ignacio corregía sus cartas como quien afina un instrumento. Sabía que una palabra podía consolar o herir, levantar o hundir, abrir una puerta o clausurar una esperanza. Escribía lentamente porque intuía que las palabras poseen memoria. Permanecen viviendo mucho después de que el autor haya guardado la pluma.

Hoy las palabras nacen y desaparecen con la velocidad de una notificación.

Se consumen antes de ser habitadas.

Quizá por eso necesitamos más que nunca aprender a escribir despacio, aunque la inteligencia artificial escriba deprisa.

No se trata de competir con las máquinas.

Sería absurdo.

Un ordenador siempre calculará mejor.

Una inteligencia artificial siempre redactará más rápido.

La cuestión nunca fue quién escribe más.

Sino quién ama más aquello que escribe.

Ignacio seguramente utilizaría la inteligencia artificial.

Estoy convencido.

Le pediría que tradujera textos, organizara datos, resumiera documentos o facilitara el acceso al conocimiento. Sería un magnífico colaborador para la misión.

Pero jamás permitiría que sustituyera el lugar donde Dios habla.

Porque Dios no suele manifestarse en el algoritmo.

Habita el discernimiento.

No aparece en el dato.

Se revela en el sentido.

No ocupa la nube digital.

Prefiere el espacio interior donde una persona se atreve a preguntarse con radical honestidad: «¿Qué quieres de mí?».

Tal vez esa sea la gran frontera de este tiempo.

No distinguir entre inteligencia natural e inteligencia artificial.

Sino entre información y sabiduría.

Entre producir textos y engendrar palabras.

Entre responder preguntas... y dejarse transformar por ellas.

La inteligencia artificial será, sin duda, una de las herramientas más poderosas de la historia. Puede multiplicar nuestra capacidad de aprender, comunicar y crear. Sería ingenuo rechazarla. Pero sería todavía más ingenuo entregarle aquello que constituye el núcleo irrepetible del ser humano: la conciencia, la libertad y el discernimiento.

Ignacio de Loyola

Cinco siglos después, Ignacio continúa escribiéndonos una carta. No llega en papel ni necesita mensajero. Cruza el tiempo para recordarnos que ninguna tecnología, por brillante que sea, puede reemplazar el milagro de una conciencia que busca la verdad con humildad.

Porque las máquinas podrán aprender a escribir como nosotros.

Lo verdaderamente decisivo es que nosotros no olvidemos cómo seguir escribiendo nuestra propia vida.

Y ahí la inteligencia artificial guarda un silencio elocuente. Hay preguntas que ningún algoritmo puede responder porque no admiten cálculos, sino entrega. Son las tres preguntas que san Ignacio propone en los Ejercicios Espirituales, contemplando a Cristo en la cruz: «¿Qué he hecho por Cristo? ¿Qué hago por Cristo? ¿Qué debo hacer por Cristo?».

Ninguna máquina puede responderlas en nuestro lugar. Ningún modelo de inteligencia artificial puede discernir el amor, abrazar una cruz o entregar la propia existencia. Esas respuestas solo nacen en el santuario de la conciencia, allí donde Dios sigue hablando en voz baja y el ser humano decide, libremente, si quiere escuchar.

Quizá ese sea el mayor desafío de nuestro tiempo. No preguntarnos cuánto puede hacer la inteligencia artificial por nosotros, sino cuánto estamos dispuestos a hacer nosotros por el ser humano, por el Evangelio y por Cristo.

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