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La unción de Jesús en el Jordán

Si nosotros, por el bautismo y la confirmación, hemos recibido el mismo Espíritu que Jesús recibió en el Jordán, seamos coherentes con sus consecuencias

Bautismo de Jesús

Una rica tradición de la antigüedad cristiana insiste en el hecho de que, en el momento de la venida de Cristo, toda acción del Espíritu Santo se concentra en Jesús, porque solo de Él, como de una fuente única, se derramará su unción sobre todos los que creen en Él. Conviene que reflexionemos sobre esta acción del Espíritu en Jesús, hoy, en la solemnidad de su bautismo en el río Jordán.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles, cuando Pedro presenta la figura de Jesús en casa de Cornelio, leemos: «Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo» (10,37-38). No hay duda de que esta acción del Espíritu en Jesús se refiere a la de su bautismo en el Jordán. En ningún momento encontramos que se relacione directamente la unción de Jesús con la concepción por obra del Espíritu Santo. Por tanto, según el Nuevo Testamento, este momento del bautismo reviste una gran importancia, dado que Jesús ha sido ungido con el Espíritu Santo en referencia a su misión. Según el Nuevo Testamento, existen, por tanto, como dos momentos cronológicamente diferenciados: la encarnación de Jesús por obra del Espíritu Santo, en virtud de la cual Él es ya «santo» desde el primer instante, y la unción en el Jordán, a partir de la cual comienza su misión, manifestando en su actuación que está movido por el Espíritu Santo.

En la teología de los primeros Padres, la unción del Jordán significa que Jesús recibe el Espíritu que ha de dar a la Iglesia: «El Espíritu del Señor descendió sobre Él […] para que nosotros fuéramos salvados al recibir de la abundancia de su unción» (san Ireneo, Adversus Haereses 3,9,3). Quien es ungido es el Hijo de Dios, no un simple hombre; pero es ungido en su humanidad, no en cuanto Dios, puesto que como tal no necesitaba esta unción.

A partir del Jordán, todo cambia en la vida de Jesús. Dócil a la acción del Espíritu, inicia su misión. De ahí que los Evangelios destaquen de manera especial la actuación del Espíritu en Jesús después de su bautismo: es el Espíritu quien lo impulsa a retirarse al desierto (Mc 1,12; Lc 4,1). En el mismo Espíritu inaugura su ministerio en Galilea (Lc 4,14). Hace suyas las palabras del profeta Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido, me ha enviado a anunciar la Buena Nueva…» (Lc 4,18; Is 61,1-2). En virtud del Espíritu de Dios expulsa demonios, mostrando que ha llegado el Reino de Dios (Mt 12,28; Lc 11,20; cf. Mc 3,22.28-30). Jesús exulta en el Espíritu Santo: «lleno de alegría en el Espíritu Santo dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra» (Lc 10,21). En virtud del «Espíritu eterno» se ofrece al Padre en la pasión y en la muerte (Hb 9,14).

Por tanto, sin olvidar la presencia del Espíritu en Jesús y su condición personal de Mesías desde su venida al mundo, en el momento de su bautismo en el Jordán recibe aquella unción del Espíritu Santo que lo capacita para el ejercicio de su ministerio entre los hombres. Y si nosotros, por el bautismo y la confirmación, hemos recibido el mismo Espíritu que Jesús recibió en el Jordán, seamos coherentes con sus consecuencias.

Vuestro,

† Joan Planellas i Barnosell

Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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