Todos los Santos: somos un puñado de barro que aspira al cielo
01. Bienaventurados
Todos formamos esa muchedumbre inmensa que nadie podría contar de toda nación, raza, pueblo y lengua que vamos caminando por la gran tribulación de la vida.
El texto de las Bienaventuranzas tiene una intensa solemnidad: Bienaventurados… También todos nosotros, toda la humanidad estamos llamados a ser bienaventurados, felices en la casa del Padre.
02. ¿Quién puede estar y vivir en la casa del Señor?
La personade manos inocentes y puro corazón. Así hemos rezado en el salmo 23. La persona honrada, limpia es quien vivirá en la casa del Padre.
Aspiramos y esperamos a ser y vivir honradamente y en paz y así concluir nuestra propia existencia en plenitud
03. ¿Y quién es perfecto y limpio en esta vida?
El común de los mortales vivimos y morimos con muchas limitaciones y con algunas dosis de pecado. Por otra parte, probablemente tendremos “talentos” sin desplegar, “asignaturas pendientes” en la vida. Nos falta “algo” para ser “puros”, plenos, inocentes.
04. Y ¿cómo llegamos a esa plenitud o a nuestra realización plena?
Podemos pensar –creer desde la fe- que en la muerte nos encontraremos con Dios Padre y con JesuCristo, que es quien nos ha justificado. Ambos, Dios Padre y JesuCristo, nos esperan con los brazos abiertos como el padre esperaba a su hijo perdido.
Tal encuentro es suficientemente perdonador de nuestro lastre de pecado y, al mismo tiempo, es realizador de nuestras limitaciones. En el encuentro con el Señor nuestra existencia queda pura y realizada.
05. Algo de eso es el purgatorio.
A veces nos preguntamos ¿existe el purgatorio? Desde nuestra mentalidad “pseudo-progresista”queremos oír que no, que no existe. Calma. Mejor echamos una “pensada” a la vida y a la muerte.
Gracias a Dios “el purgatorio existe”. Si no fuese así, ¿cómo podríamos llegar a ser “buena gente”, a ser bienaventurados como hemos escuchado en el evangelio, ¿cómo llegaríamos a ser plenos?
Pero no entendamos que el purgatorio existe como lugar, ni como tiempo más o menos largo de tortura y castigo, ni como un infierno temporal con fuego incluido. La purificación y la plenitud del ser humano no se miden por horas ni por días, ni por torturas, ni por castigos, ni fuegos, sino por la gracia del Señor…
Quien lee, entiende y acoge la parábola del padre y el hijo perdido: el abrazo y la acogida que el Padre ofrece a su hijo perdido, se puede dar cuenta lo que significa el purgatorio. Así pues, ¡Feliz purgatorio!
06. No se trata de un “purgatorio express”
No se trata de pensar en un purgatorio como si fuese una “tintorería exprés” en la que se limpia la conciencia como por arte de magia. El purgatorio no es como arreglar un “pinchazo”, rápido y a correr.
Pensemos que el amor, el perdón, la serenidad, la felicidad en la vida son procesos de “largo recorrido”, que escapan al tiempo, a la medición, al cálculo.
Por otra parte, en el “más allá” no hay tiempo, ni lugar, ni espacio, ni contabilidades de pecados de días de purgación y castigo. Cuando morimos salimos del tiempo (que es la duración humana) y entramos en la eternidad de la que solamente sabemos que es la duración y la vida plena de Dios.
Cuando morimos entramos en el misterio salvífico de Dios, en la vida plena de Dios, que nos acogerá y transformará nuestra persona la inmensa gracia y bondad de Dios y ello nos plenificará. Nos demoraremos en el amor de Dios.
07. ¿Y la oración por los difuntos?
En el Antiguo Testamento hay un momento, en el segundo libro de los Macabeos, en el que aparece cómo Judas Macabeo hace una colecta para mandarla a Jerusalén para ofrecer sufragios por los soldados muertos en el campo de batalla. Es el primer momento en que en la Biblia se hace mención a la oración por los difuntos.
También los primeros cristianos tenían la buena costumbre de orar por quienes iban muriendo.
Los cristianos no dejamos solos a quienes van muriendo. La muerte no es un hecho privado e individual, sino comunitario. A la muerte de una persona, la familia, la comunidad cristiana, la parroquia la presenta a quien ha salido de este mundo a Dios Padre y le pedimos que la acoja en su casa. Acoge, Padre, a este hermano nuestro, perdónale y llévalo contigo… La oración tiene pleno sentido.
Es bueno guardar la memoria de nuestros mayores, ¿qué otra cosa es la comunión de los santos, que celebramos hoy?
Ahora bien:
¿Durante cuánto tiempo hay que rezar por nuestros difuntos? Debido a la inconmensurabilidad existente entre tiempo y eternidad, no es posible dar una respuesta. Pero la praxis extendida entre muchos católicos de orar durante toda la vida por determinados difuntos, presuponiendo tácitamente que acaso tengan “necesidad” de ello, me parece sumamente problemática, por no decir absolutamente no cristiana. En lugar de orar por nuestros difuntos, sería mejor dirigir nuestra oración a los difuntos, confiando en que la gracia de Dios se impone victoriosamente a nuestros muertos.[1]
Vivimos en comunión con nuestros mayores y ellos son quienes oran por nosotros. Oramos conellos. Ellos: nuestros padres, nuestra familia, los amigos, todos los santos son quienes más interés y preocupación sienten por nosotros, que somos la muchedumbre inmensa para que sigamos caminando por la gran tribulación hacia la casa del Padre. El purgatorio se entiende también desde lo social y comunitario en la fe.
08. Y esto es lo que celebramos hoy, día de todos los santos.
En este día de Todos los Santos celebramos la bienaventuranza de esa muchedumbre inmensa. Celebramos la comunión, la solidaridad con toda la humanidad que llega a la casa del Padre. La casa del Padre, es la meta de nuestra esperanza.
Estamos llamados al cielo, a la plenitud de vida en la casa del Padre. Esta es nuestra esperanza, Somos un puñado de barro (Génesis) que aspira al cielo.
Después de esta vida, Dios mismo será nuestro lugar. (San Agustín)
[1] G. Greshake, Más fuertes que la muerte. Lectura esperanzada de los “Novísimos”, Santander, Ed Sal Terrae, 1981, p138.