Diego Sarrió, obispo valenciano en Argelia: “Para una Iglesia pequeña como la nuestra, la visita del Papa es un signo muy fuerte de comunión y cercanía”
(OMP Press).- Este lunes, León XIV comienza un viaje apostólico por cuatro países africanos, todos ellos 100% territorio de misión. El lunes llegará a Argelia, que por primera vez recibirá la visita de un Pontífice. Allí le espera una Iglesia minoritaria y martirial, que testimonia el amor de Dios con la fidelidad y la entrega de la vida.
Para conocer más en profundidad la realidad que espera al Papa, Obras Misionales Pontificias ha entrevistado a monseñor Diego Sarrió Cucarella, un padre blanco valenciano que es obispo de Laghouat -diócesis que cuenta con poco más de 2.000 católicos, y que abarca gran parte del Sáhara argelino- desde 2025.
Mons. Diego Sarrió, obispo en Argelia
Pregunta.¿Qué Iglesia se ha encontrado? ¿Qué es lo que más le ha sorprendido de los cristianos allí?
Respuesta. Me he encontrado con una Iglesia muy pequeña, pero profundamente viva. Una Iglesia que no se define por el número ni por la visibilidad, sino por la calidad de su presencia. Es, ante todo, una Iglesia de relaciones: de amistad, de servicio y de vida compartida en lo cotidiano. Formada en gran parte por personas venidas de otros países —estudiantes, trabajadores, migrantes, religiosos—, es una especie de «Iglesia mosaico», muy diversa y en constante renovación. Y, en medio de su fragilidad y de ese dinamismo permanente, emerge una profunda fidelidad al Evangelio. Lo que más me ha sorprendido es precisamente esto: una fe vivida con gran sencillez y libertad interior. Una Iglesia «desarmada y desarmante», como diría el Papa León XIV, que no busca ganar terreno, sino suscitar encuentro; que no se afirma por la fuerza, sino que propone desde la cercanía, la escucha y la amistad.
P.¿Qué espera la gente de la visita del Papa? ¿Cree que puede cambiar algo…?
R. La visita del Santo Padre se vive ante todo como una gracia. Para una Iglesia pequeña como la nuestra, es un signo muy fuerte de comunión y de cercanía: nos recuerda que no estamos solos, que formamos parte de un cuerpo más amplio. Se espera sobre todo un fruto interior: que esta visita ayude a abrir los corazones a la confianza mutua, al encuentro y a la paz. Más que cambios visibles o estructurales, lo importante será lo que pueda suscitar en lo profundo de las personas. El Papa viene como apóstol de la paz, con ese saludo tan significativo —“La paz sea con vosotros”— que aquí resuena de manera muy especial: el saludo del Resucitado coincide con el saludo cotidiano de los argelinos. Para nuestra Iglesia, estoy seguro de que será también una confirmación de nuestra propia vocación: ser una presencia humilde, fraterna y fiel en medio de una sociedad mayoritariamente musulmana.
P.La Iglesia en Argelia es una Iglesia mártir… ¿cómo ha influido esta realidad…?
R. La memoria de los beatos mártires de Argelia está muy presente, pero se vive de una manera profundamente evangélica: no como un recuerdo doloroso o identitario, sino como una llamada a la fidelidad y a la entrega. Estos hombres y mujeres no murieron por haberse posicionado “contra” nadie, sino que murieron “al lado” de otros, por haber permanecido en medio de un pueblo al que estaban profundamente unidos. Eligieron quedarse en un momento muy delicado de la historia reciente del país, compartiendo la vida y amando hasta el final. Su testimonio muestra que optar por la fraternidad es una forma radicalmente evangélica de vivir. En muchos de nuestros hermanos y hermanas musulmanes percibo un respeto sincero hacia la Iglesia, en gran parte gracias a ese testimonio de fidelidad. Han reconocido en esos hombres y mujeres personas de paz, de cercanía y de amistad.
Mons. Diego Sarrió durante un Via Crucis en Argelia
P.¿Cómo evangelizar en un contexto musulmán? ¿Cómo no perder la esperanza…?
R. En este contexto, evangelizar significa ante todo vivir el Evangelio. Es lo que solemos llamar el «diálogo de la vida»: compartir la existencia cotidiana, crear vínculos, escuchar, servir. Carlos de Foucauld hablaba de la «pastoral de la bondad». El diálogo interreligioso es una forma concreta de testimoniar el amor de Dios en el respeto del otro, reconociendo que Dios actúa en cada persona, más allá de las fronteras que a veces tendemos a imponerle. Esto implica aceptar los ritmos de Dios. Aquí aprendemos que la misión no se mide por lo que se puede contar, sino por la fidelidad: la de Dios a su plan de salvación y la nuestra a esta vocación particular, que es la de ser Iglesia en medio de un pueblo mayoritariamente musulmán. Y, al mismo tiempo, descubrimos algo muy importante: que la misión no es un camino en una sola dirección. En el encuentro con el otro, también nosotros somos evangelizados. Nuestra fe se purifica, se ensancha y se hace más humilde. La esperanza, entonces, no es optimismo ingenuo, sino una confianza profunda: saber que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, de un modo conocido sólo por Dios, se asocien a este misterio pascual (Gaudium et Spes, 22). Los católicos abordamos este diálogo con la convicción de haber descubierto, en Jesucristo, el rostro auténtico de Dios. Mientras esperamos que otros puedan también hacer este descubrimiento, buscamos discernir lo que Dios ya está realizando en la vida de cada uno. En el fondo, evangelizar es reconocer su acción y ponernos a su servicio.
El diálogo interreligioso es una forma concreta de testimoniar el amor de Dios en el respeto del otro, reconociendo que Dios actúa en cada persona, más allá de las fronteras que a veces tendemos a imponerle. Esto implica aceptar los ritmos de Dios
P.¿Cómo le influye la vida de San Agustín en su ministerio?
R. San Agustín de Hipona es una figura muy importante en nuestro contexto, no solo por sus raíces en esta tierra, sino también por la actualidad de su experiencia espiritual. En particular, su vínculo con Hipona —la actual Annaba, que el Papa León XIV visitará el próximo 14 de abril— hace que su presencia esté especialmente viva en este momento. Puede convertirse así en un verdadero puente entre culturas, religiones y personas. En un contexto como el de nuestra diócesis, que abarca el vasto territorio del Sahara argelino —donde todo remite a lo esencial—, su llamada a volver al corazón resuena con fuerza. Como cristiano que vive en medio de otros creyentes, me inspira también su búsqueda de la verdad, su camino interior y su experiencia de la misericordia. Nos recuerda que la fe es un camino, una búsqueda habitada por Dios. Finalmente, como obispo, me inspira su visión de la Iglesia como comunión y su humildad de pastor: alguien que camina con su pueblo, sabiendo que él mismo es discípulo.