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León XIV, frente a Obiang: "El nombre de Dios nunca debe ser invocado para justificar decisiones y acciones que causan la muerte"

"Hoy tenemos que decir 'no' a una economía de la exclusión y la inequidad. Esa economía mata", señaló Prevost ante Obiang, a quien recordó "las vivas aspiraciones de un pueblo a un clima social de auténtica libertad, de justicia, de respeto y promoción de los derechos de cada persona o grupo, y de mejores condiciones de vida, para realizarse como hombres y como hijos de Dios"

Prevost, frente a Obiang

León XIV ya está en Malabo, en la última etapa de su viaje a África. Guinea Ecuatorial, un país con hondas raíces hispanas. El idioma sigue siendo el castellano, el que utilizó el propio Prevost, en su primer discurso en nuestra lengua en sus viajes internacionales: por si alguien lo dudaba, el Papa pasó la prueba, y no tendrá problema en hablar en español durante su visita de junio a nuestro país.

Una Guinea Ecuatorial que recibe al Papa en olor de multitudes, aunque sin obviar la violencia en el país (la última muerte, o asesinato, del vicario general, sigue sin aclararse, y la presencia del dictador Teodoro Obiang, el mandatario que más tiempo lleva al frente de un gobierno en el mundo, no es la mejor carta de presentación para el final de una visita en la que León XIV, no obstante, no dejó de decir sus verdades.

Obiang, en su discurso al Papa

Así lo hizo tras la firma de honor en el palacio presidencial, durante su discurso a las autoridades guineanas. A la manera vaticana, claro está. Echando mano del discurso pronunciado por Juan Pablo II en su anterior visita (Obiang permanece, 44 años después), Prevost definió al presidente como "el centro simbólico hacia el que convergen las vivas aspiraciones de un pueblo a un clima social de auténtica libertad, de justicia, de respeto y promoción de los derechos de cada persona o grupo, y de mejores condiciones de vida, para realizarse como hombres y como hijos de Dios". Unas palabras que, apuntó Prevost, "siguen siendo actuales y que interpelan a cualquiera que ocupe un cargo público".

Recordando al mismo San Agustín cuyo hogar visitó al comienzo de este largo viaje, el Papa presentó la perspectiva de las dos ciudades, la eterna y la terrena, que "existen juntas hasta el final de los tiempos y todo ser humano, día a día, manifiesta en sus decisiones a cuál de ellas quiere pertenecer". 

Discurso a las autoridades políticas de Guinea

"Sé que han emprendido el imponente proyecto de construir una ciudad que, desde hace unos meses, es la nueva capital de su país. Han querido darle un nombre en el que parece resonar el de la Jerusalén bíblica: Ciudad de la Paz", apuntó Prevost. "Ojalá que esa decisión haga reflexionar a cada conciencia sobre cuál es la ciudad a la que quiere servir", advirtió el Papa, señalando que "la ciudad terrena se centra en el amor orgulloso de sí mismo (amor sui), en la sed de poder y gloria mundanos que conducen a la destrucción". 

"En cambio, Agustín considera que los cristianos están llamados por Dios a habitar en la ciudad terrena, pero con el corazón y la mente dirigidos hacia la ciudad celestial, su verdadera patria", insistió Prevost, recordando las partidas de Abraham, Isaac o Jacob, "herederos con él de la misma promesa", esa ciudad. Ante esa búsqueda, "es fundamental que perciba la diferencia entre lo que perdura y lo que pasa, manteniéndose libre de la riqueza injusta y de la ilusión del dominio".

En particular, y volviendo a su discurso a la Curia romana de enero, "los cristianos que viven en la ciudad terrenal no son ajenos al mundo político y, guiados por las Escrituras, buscan aplicar la ética cristiana al gobierno civil. La Ciudad de Dios no propone un programa político. En cambio, ofrece valiosas reflexiones sobre cuestiones fundamentales relacionadas con la vida social y política".

León XIV en Malabo

Defensa de la DSI

Frente a esta realidad, el Papa propuso la vigencia de la "doctrina social de la Iglesia", que "representa una ayuda para cualquiera que desee afrontar las 'cosas nuevas' que desestabilizan el planeta y la convivencia humana, buscando ante todo el Reino de Dios y su justicia". Esto es una parte fundamental de la misión de la Iglesia, añadió Prevost: "Contribuir a la formación de las conciencias mediante el anuncio del Evangelio y la propuesta de criterios morales y principios éticos auténticos, respetando la libertad de cada persona y la autonomía de los pueblos y sus gobiernos". El objetivo de la doctrina social no es otro que "es educar para afrontar los problemas, que siempre son diferentes, ya que cada generación es nueva, con nuevos retos, nuevos sueños y nuevos interrogantes". 

"Contribuir a la formación de las conciencias mediante el anuncio del Evangelio y la propuesta de criterios morales y principios éticos auténticos, respetando la libertad de cada persona y la autonomía de los pueblos y sus gobiernos"

Todo ello, en un momento en que "nos enfrentamos a cuestiones que sacuden los cimientos de la experiencia humana", como en tiempos de la Rerum Novarum. Con ella, León (XIV) subrayó que "hoy 'la exclusión es la nueva cara de la injusticia social. La brecha entre una pequeña minoría”—el 1% de la población— y la gran mayoría se ha ampliado de manera dramática".

"Cuando hablamos de exclusión, también nos encontramos ante una paradoja. La falta de tierra, alimentos, vivienda y trabajo digno coexiste con el acceso a las nuevas tecnologías que se difunden por todas partes a través de los mercados globalizados. Los teléfonos celulares, las redes sociales e incluso la inteligencia artificial están al alcance de millones de personas, incluidos los pobres", insistió, citando su discurso a los movimientos populares.

El Papa, a su llegada a Malabo

"Por consiguiente, es una tarea ineludible de las autoridades civiles y de la buena política eliminar los obstáculos al desarrollo humano integral, cuyos principios fundamentales son la destinación universal de los bienes y la solidaridad", recalcó, pasando a explicar dichas contradicciones.

Así, "no se puede ocultar, por ejemplo, que la rapidísima evolución tecnológica a la que asistimos ha acelerado una especulación conectada a la necesidad de materias primas, que parece hacer olvidar necesidades fundamentales como la salvaguardia de la creación, los derechos de las comunidades locales, la dignidad del trabajo y la protección de la salud pública". De ahí, al recuerdo del Papa Francisco, "que hace justo un año dejaba este mundo", y a hacer suyo su llamamiento, escrito en Evangelii Gaudium, llamada a ser también la guía de este pontificado: "Hoy tenemos que decir 'no' a una economía de la exclusión y la inequidad. Esa economía mata".

Más aún en África. "Uno de los principales motivos de la proliferación de los conflictos armados es la colonización de yacimientos petrolíferos y mineros, sin tener en cuenta el derecho internacional ni el derecho de los pueblos a la autodeterminación", denunció León, quien también advirtió de que "las nuevas tecnologías parecen concebidas y utilizadas principalmente con fines bélicos y en contextos que no permiten vislumbrar un aumento de oportunidades para todos".

Prevost, con Obiang

Por el contrario, "sin un cambio de rumbo en la asunción de la responsabilidad política y sin respeto por las instituciones y los acuerdos internacionales, el destino de la humanidad corre el riesgo de verse trágicamente comprometido". Y "Dios no quiere esto", advirtió el Papa. "Su Santo Nombre no puede ser profanado por la voluntad de dominio, la prepotencia y la discriminación; sobre todo, nunca debe ser invocado para justificar decisiones y acciones que causan la muerte".

Dirigiéndose directamente a las autoridades de Guinea Ecuatorial, el Papa reclamó: "Que este país no dude en revisar sus propias trayectorias de desarrollo y las oportunidades positivas de situarse en la escena internacional al servicio del derecho y la justicia". 

"En un mundo herido por la prepotencia, los pueblos tienen hambre y sed de justicia. Hay que valorar a quienes creen en la paz, y atreverse a aplicar políticas que vayan a contracorriente, centradas en el bien común"

"Este es un país joven", finalizó León. "Estoy seguro, por tanto, de que en la Iglesia encontrarán ayuda para formar conciencias libres y responsables, para avanzar juntos hacia el futuro", porque "en un mundo herido por la prepotencia, los pueblos tienen hambre y sed de justicia. Hay que valorar a quienes creen en la paz, y atreverse a aplicar políticas que vayan a contracorriente, centradas en el bien común".

"Se necesita urgentemente el valor de nuevas visiones y de un pacto educativo que dé a los jóvenes espacio y confianza", para acoger "la ciudad de Dios, ciudad de la paz", como "un don que viene de lo alto y hacia el cual dirigir nuestro deseo y todos nuestros recursos". "Es una promesa y una tarea (...). Caminemos juntos, con sabiduría y esperanza, hacia la Ciudad de Dios, que es la ciudad de la paz", concluyó.

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