León XIV, en el mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo: "El amor no es pasivo, cuida al prójimo"
El Papa recuerda los años que pasó en Chiclayo, como misionero y obispo, donde experimentó en primera persona la misericordia y la compasión por el dolor que nos conmueve
(Vatican News).- La pasividad implica una extrañeza que contrasta con el anhelo que llena las lágrimas cuando una persona enferma. Sin embargo, abrumado por la constante urgencia de la prisa, incluso el amor, la cercanía, se convierte en una decisión que debe tomarse rompiendo las normas rituales. Hace que no solo los demás se sientan bien, sino también uno mismo, porque desarrolla una nueva forma de autoestima, basada en la compasión y no en estereotipos de éxito, carrera o posición social. En su mensaje para la 34.ª Jornada Mundial del Enfermo, publicado hoy, 20 de enero, el Papa León XIV se inspira directamente en su propia experiencia como misionero y obispo, en Chiclayo, Perú, donde se celebrará el aniversario, para invitarnos a "amar soportando el dolor del otro", siguiendo los pasos del Buen Samaritano.
La parábola del Evangelio de Lucas es el tema central del mensaje para la Jornada, que se celebrará el 11 de febrero. Este texto, escribe el Pontífice, es "siempre actual" y necesario para redescubrir "la belleza de la caridad" y la "dimensión social de la compasión". Este valor, que evoca los conceptos expresados en la encíclica Fratelli tutti del papa Francisco, no se reduce al "mero esfuerzo individual", sino que encuentra su plenitud en las relaciones.
Vivimos inmersos en una cultura de la velocidad, la inmediatez y la prisa, pero también del despilfarro y la indiferencia, que nos impide acercarnos y detenernos en el camino para ver las necesidades y el sufrimiento que nos rodean.
La "Decisión de Amar"
Recordando el texto evangélico, León XIV recuerda que el Buen Samaritano, al ver a un hombre herido en el camino a Jericó, no "pasó de largo", sino que se detuvo, ofreciéndole "cercanía humana y solidaridad". Sobre todo, como escribió el Papa Francisco, le concedió "su propio tiempo". La moral, por lo tanto, no reside tanto en identificar al prójimo como en hacerse prójimo. Esta es una comprensión clave ya afirmada por san Agustín, quien escribió que "nadie es prójimo de otro hasta que se acerca a él voluntariamente. Por lo tanto, quien ha mostrado misericordia se ha hecho prójimo".
El amor no es pasivo; Se extiende a los demás; ser prójimo no depende de la proximidad física o social, sino de la decisión de amar. Por eso, los cristianos nos acercamos a quienes sufren, siguiendo el ejemplo de Cristo, el verdadero Samaritano divino que se acercó a la humanidad herida.
Participar en el sufrimiento ajeno
La compasión no puede reducirse a una simple "filantropía", escribe el Pontífice, sino que debe traducirse en signos de participación "personal" en el sufrimiento ajeno, yendo más allá de las propias necesidades hasta asegurar —como sostuvo Benedicto XVI en la Encíclica Deus Caritas Est y san Juan Pablo II en la Carta Apostólica Salvifici Doloris— "que nuestra persona sea parte del don".
Refiriéndose a su encuentro con los leprosos, san Francisco de Asís relató cómo el Señor mismo lo condujo hasta ellos porque, como escribió León XIV, «a través de ellos había descubierto la dulce alegría de amar». San Ambrosio también enfatizó que el don del encuentro surge «del vínculo con Jesucristo, a quien reconocemos como el Buen Samaritano que nos trajo la salvación eterna y a quien hacemos presente cuando nos inclinamos ante nuestro hermano herido».
Ser uno en el Uno, en la cercanía, en la presencia, en el amor recibido y compartido, y disfrutar, como san Francisco, de la dulzura de haberlo encontrado.
Cuidado de familiares y personal sanitario
Otra postura del Buen Samaritano destacada por el Papa es la compasión: una emoción profunda que impulsa a la acción, que nace del interior y genera un compromiso con el sufrimiento ajeno. No es teórica ni simplemente sentimental, sino que se traduce en gestos concretos que León XIV enumera claramente: «se acerca, cura las heridas, se hace cargo y cuida». Todo esto, subraya el Pontífice, no sucede de forma aislada. Por otro lado, el samaritano confía al herido a un posadero, quien también está llamado a cuidarlo, «así como estamos llamados a encontrarnos y a construir un 'nosotros' más fuerte que la suma de nuestras individualidades».
Yo mismo he observado, en mi experiencia como misionero y obispo en Perú, cuántas personas comparten la misericordia y la compasión al estilo del samaritano y el posadero. Familiares, vecinos, profesionales de la salud, personas involucradas en la atención pastoral y tantos otros que se detienen, se acercan, cuidan, traen, acompañan y ofrecen lo que tienen, dan a la compasión una dimensión social. Esta experiencia, realizada en una red de relaciones, trasciende el mero compromiso individual.
La «salud» de una sociedad
Las referencias al cuidado de los enfermos también son recurrentes en la Exhortación Apostólica Dilexi te, firmada por el propio León XIV, donde se identifica como parte esencial de la misión eclesial y como una auténtica «acción eclesial». En este sentido, el Pontífice recuerda los escritos de San Cipriano sobre la propagación de la peste en su época, para mostrar cómo es precisamente en tales circunstancias que se mide la "salud" de una sociedad, incluso la actual:
Esta epidemia, esta plaga, que parece horrible y fatal, pone a prueba la justicia de cada individuo y examina los sentimientos de la humanidad: si los sanos sirven a los enfermos, si los familiares aman a sus parientes con respeto, si los amos tienen compasión de sus sirvientes enfermos, si los médicos no abandonan a los enfermos que piden ayuda.
"El dolor que nos conmueve"
"Ser en el Uno", reitera el Papa, significa adherirse a ser "miembros de un solo cuerpo", en el que cada uno, según su vocación, aporta la compasión divina al sufrimiento de todos.
El dolor que nos conmueve no es un dolor ajeno; es el dolor de un miembro de nuestro propio cuerpo, que nuestra Cabeza nos manda cuidar por el bien de todos.
Amores inseparables
Reflexionando sobre la cercanía al paciente, el Pontífice recuerda una vez más el Evangelio de Lucas: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo». Un doble mandamiento que reconoce la primacía del amor a Dios y su consecuencia directa en la forma en que nos amamos y nos relacionamos en todas nuestras dimensiones. Dos afectos «distintos» pero «inseparables».
La primacía del amor divino implica que la acción humana se realiza sin interés propio ni recompensa, sino como manifestación de un amor que trasciende las normas rituales y se traduce en auténtica adoración: servir al prójimo es amar a Dios con hechos.
Las relaciones nos llenan
Esta perspectiva también nos permite redescubrir el verdadero significado del amor propio, liberando nuestra autoestima de los estereotipos de éxito, carrera, posición social o linaje, y recuperando el lugar que nos corresponde ante Dios y nuestros hermanos. Como escribió Benedicto XVI en la encíclica Caritas in Veritate:
El ser humano, como criatura espiritual, encuentra su plenitud en las relaciones interpersonales. Cuanto más auténticamente las vive, más madura su identidad personal. No es aislándose como el hombre encuentra valor en sí mismo, sino relacionándose con los demás y con Dios.
La dimensión "samaritana"
El Papa concluye con la esperanza de un estilo de vida que no carezca de una dimensión "samaritana": inclusiva y valiente, comprometida y solidaria, arraigada en la unión con Dios.
Inflamados por este amor divino, podemos verdaderamente entregarnos por el bien de todos los que sufren, especialmente de nuestros hermanos y hermanas enfermos, ancianos y afligidos.