"No hay buena nueva para los pobres si acudimos a ellos con signos de poder, ni hay auténtica liberación si no nos liberamos de la posesión"
León XIV recuerda al clero, en su primera Misa Crismal, que "estamos al servicio de un pueblo misionero". "No hay paz sin el valor de partir, no hay conciencia sin la audacia del desprendimiento, no hay alegría sin arriesgar"
Misa Crismal en San Pedro. La primera presidida por León XIV, acompañado por docenas de cardenales, y cientos de obispos y curas provenientes de toda Roma y el mundo, en el arranque de la liturgia del Triduo Sacro. "En su interior se gesta un pueblo nuevo, no de víctimas, sino de testigos. En esta hora oscura de la historia, Dios ha querido enviarnos a difundir el perfume de Cristo donde reina el olor de la muerte". Con un clamor a los sacerdotes: "Renovemos nuestro 'sí' aesta misión que nos pide unidad y que trae la paz. ¡Sí, aquí estamos! ¡Superemos el sentimiento de impotencia y de miedo! Nosotros anunciamos tu muerte, Señor, proclamamos tu resurrección, en la espera de tu venida".
En una ceremonia muy cuidada, como todas las que definen este arranque de pontificado, Prevost revindicó "la libertad de Jesús" que "cambia el corazón, sana las heridas, perfuma y hace brillar nuestros rostros, reconcilia y reúne, perdona y resucita". Y es que la misión de los cristianos es "la misma de Jesús, no otra".
"Somos, junto con todos los bautizados, el Cuerpo de Cristo, ungidos por su Espíritu de libertad y de consuelo, Espíritu de profecía y de unidad"
"En ella participa cada uno según su propia vocación y en una obediencia muy personal a la voz del Espíritu, ¡pero nunca sin los demás, nunca descuidando o rompiendo la comunión!", advirtió el Papa, quien recordó a los obispos y presbíteros, que en esta misa renuevan sus promesas, que "estamos al servicio de un pueblo misionero". "Somos, junto con todos los bautizados, el Cuerpo de Cristo, ungidos por su Espíritu de libertad y de consuelo, Espíritu de profecía y de unidad".
Como hizo Jesús en la sinagoga de Nazaret, "uniendo su Cuerpo a los pobres, a los prisioneros, a quienes caminan a tientas en la oscuridad y a quienes se encuentran oprimidos", explicó León XIV, así hemos de hacer los cristianos. "Nosotros, miembros de su Cuerpo, llamamos 'apostólica' a una Iglesia enviada, no estática, impulsada más allá de sí misma, consagrada a Dios en el servicio a sus criaturas".
¿Qué supone ser enviados? "Implica, en primer lugar, un desprendimiento, es decir, el riesgo de dejar lo que es familiar y seguro, para adentrarse en lo nuevo", trazó Prevost. Con un segundo paso, el de "llamar a otros a partir, a arriesgarse, para que ningún lugar se convierta en una celda, ninguna identidad en una guarida".
"Queridos hermanos, nosotros seguimos a Jesús, quien 'no consideró la igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo'", recalcó el Papa, quien señaló que "nuestra dignidad de hijos e hijas de Dios no nos puede ser quitada, ni se puede perder, pero tampoco pueden borrarse los afectos, los lugares y las experiencias que están en el origen de nuestra vida".
No hay alegría sin arriesgar
"Somos herederos de tanto bien y, al mismo tiempo, de los límites de una historia en la que el Evangelio debe llevar luz y salvación, perdón y sanación", insistió, instando a "la reconciliación con nuestros orígenes, con los dones y los límites de la formación recibida". Junto a ello, recordó, "no hay paz sin el valor de partir, no hay conciencia sin la audacia del desprendimiento, no hay alegría sin arriesgar".
"Somos el Cuerpo de Cristo si nos ponemos en movimiento, saliendo de nosotros mismos, haciendo las paces con el pasado sin quedarnos prisioneros de él: todo se recupera y se multiplica si primero se deja ir, sin miedo. Es un primer secreto de la misión. Y no se experimenta una sola vez, sino en cada nuevo comienzo, en cada ulterior envío", insistió el pontífice, destacando que "el camino de Jesús nos revela que la disponibilidad para perder, para vaciarse, no es un fin en sí misma, sino una condición para el encuentro y la intimidad".
Y es que, prosiguió, "el amor sólo es verdadero si está desarmado, necesita pocas cosas, ninguna ostentación, y custodia con delicadeza la debilidad y la desnudez", aunque cueste. Porque "no hay buena nueva para los pobres si acudimos a ellos con signos de poder, ni hay auténtica liberación si no nos liberamos de la posesión".
No a la prepotencia
Este es el segundo secreto de la misión. Tras el desprendimiento, "la ley del encuentro" , alejada de las "lógicas del dominio, totalmente ajenas al camino de Jesucristo". "Es ahora prioritario recordar que ni en el ámbito pastoral, ni en el ámbito social y político, el bien puede provenir de la prepotencia", recalcó el Papa, señalando que "los grandes misioneros son testigos de acercamientos cuidadosos, cuyo método consiste en compartir la vida, el servicio desinteresado, la renuncia a cualquier estrategia calculadora, el diálogo y el respeto".
"Es el camino de la encarnación, que siempre y de nuevo toma la forma de la inculturación", explicó, insistiendo en que "la salvación, de hecho, sólo puede ser acogida por cada uno en su lengua materna".
Y, además, "es necesario llegar con sencillez al lugar al que se nos envía, honrando el misterio que cada persona y cada comunidad lleva consigo: una sacralidad que nos trasciende por todas partes y que se vulnera cuando nos comportamos como dueños de los lugares y de la vida ajena", pues "somos huéspedes: lo somos como obispos, como sacerdotes, como religiosas y religiosos, como cristianos".
Para acoger debemos aprender a dejarnos acoger. Incluso los lugares donde la secularización parece más avanzada no son tierra de conquista, ni de reconquista
"De hecho, para acoger debemos aprender a dejarnos acoger. Incluso los lugares donde la secularización parece más avanzada no son tierra de conquista, ni de reconquista", subrayó. "Esto sólo ocurre si en la Iglesia caminamos juntos, si la misión no es una aventura heroica de alguien, sino el testimonio vivo de un Cuerpo con muchos miembros".
Finalmente, una tercera dimensaión, "quizá la más radical, de la misión cristiana" "la dramática posibilidad de la incomprensión y del rechazo", como le sucedió a Jesús. Con un compromiso "a no huir, sino a “pasar en medio” de la prueba, como Jesús, quien, arrastrado por la gente hasta el borde del precipicio". Porque "la cruz es parte de la misión; el envío se vuelve más amargo y atemorizante, pero también más gratuito y revolucionario".
"La ocupación imperialista del mundo se ve entonces interrumpida desde dentro, la violencia que hasta hoy se erige en ley queda desenmascarada. El Mesías pobre, prisionero, oprimido, se precipita en la oscuridad de la muerte, pero así saca a la luz una nueva creación", recordó el Papa.
"¡De cuántas resurrecciones somos testigos también nosotros, cuando, liberados de una actitud defensiva, nos entregamos al servicio como una semilla en la tierra!", sostuvo el Papa, yendo más allá de los "fracasos que dependen de nuestra insuficiencia o de la de los demás, a menudo de una maraña de responsabilidades, de luces y sombras". Pero "podemos hacer nuestra la esperanza de muchos testigos". Prevost recordó a dos de ellos: Al "santo obispo Óscar Arnulfo Romero", y al cardenal Joseph Bernardin.