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El Papa reclama a cardenales y obispos "valorar y cultivar la comunión"

En la misa en sufragio por los 143 cardenales y obispos fallecidos durante el año, León XIV pide que "no permitamos que el recuerdo de los difuntos se reduzca a una mera nostalgia"

El Papa, en la misa por los cardenales y obispos fallecidos | RD/Captura

"La muerte no rompe los vínculos; al contrario, los transfigura en una nueva dimensión, que solo puede comprenderse a través del misterio de su amor, entregado plenamente en la cruz y derramado tras su victoria pascual".

Palabras del Papa en la homilía de la Santa Misa que presidió esta mañana en el altar de la cátedra de la basílica de San Pedro en sufragio por los cardenales y obispos fallecidos durante el año –143 en total–, en donde quiso reflexionar sobre "dos verdades que iluminan nuestras oraciones por los difuntos: la esperanza de la resurrección y la comunión de los santos".

El Papa, ante los fieles, en la procesión de entrada a la basílica de San Pedro | RD/Captura

"Al recibir el amor del Señor resucitado en la Sagrada Eucaristía, valoremos y cultivemos siempre esta comunión a lo largo de nuestro camino, de modo que, cuando llegue nuestra propia hora, también nosotros podamos recibir las oraciones de nuestros compañeros de peregrinación y gozar, junto con todos los santos, de la patria celestial", exhortó el Pontífice.

"Quienes siguen a Cristo se convierten en sus servidores y estarán siempre donde Él esté, precisamente porque han seguido su camino", señaló el papa Prevost en otro momento ante los cardenales y obispos presentes, a quienes señaló que "el recuerdo de nuestros hermanos difuntos ante el altar del Señor se basa en la promesa de que nuestras vidas, en Cristo, no se pierden, pues han sido redimidas".

Misa del Papa por los cardenales y obispos fallecidos | RD/Captura

"No permitamos, por tanto, que el recuerdo de los difuntos se reduzca a una mera nostalgia; Más bien, reflexionemos con fe sobre el misterio de la muerte sin temor, pues el Señor está vivo, nos espera y ya nos ha preparado un lugar en la casa de su Padre".

"«Si hemos muerto con él, también viviremos con él» (2 Tim 2, 11). Queridos amigos, esta certeza de fe y esperanza anima nuestra celebración en sufragio por los cardenales y obispos que nos han dejado a lo largo del último año; por ellos pedimos al Señor que conceda la recompensa a sus fieles servidores", pidió el Pontífice.

León XIV besa el altar en la basílica vaticana de San Pedro | RD/Captura

Homilía del Papa

«Si alguien me sirve, que me siga; y donde yo esté, allí estará también mi servidor» (Jn 12, 26). Estas palabras de Jesús hablan a nuestros corazones, invitándonos a seguirle por el camino que Él mismo recorrió: el camino hacia la gloria a través de la Cruz. En este itinerario, que no está exento de pruebas y sufrimientos, nos guía y sostiene una promesa: la promesa de una comunión sobre la cual la muerte no tiene poder. En efecto, quienes siguen a Cristo se convierten en sus servidores y estarán siempre donde Él esté, precisamente porque han seguido su camino. Por eso afirma san Pablo: «Si hemos muerto con él, también viviremos con él» (2 Tim 2, 11). Queridos amigos, esta certeza de fe y esperanza anima nuestra celebración en sufragio por los cardenales y obispos que nos han dejado a lo largo del último año; por ellos pedimos al Señor que conceda la recompensa a sus fieles servidores.

Este recuerdo orante nos invita a reflexionar sobre el valor espiritual de la memoria. Al despedirse de sus hijos, Agustín y Navigio, poco antes de su muerte, santa Mónica dijo: «Solo os pido una cosa: que os acordéis de mí, dondequiera que estéis, ante el altar del Señor» (San Agustín, Confesiones, IX, 11, 27). El misterio de la muerte se vincula aquí a la oración por los difuntos, una práctica que la Iglesia ha observado desde sus inicios como uno de sus deberes fundamentales.

A la luz de la Palabra de Dios, podemos reflexionar brevemente sobre dos verdades que iluminan nuestras oraciones por los difuntos: la esperanza de la resurrección y la comunión de los santos. El relato de Judas Macabeo, que hemos escuchado en la primera lectura (2 Macabeos 12, 43-46), nos ayuda a reflexionar sobre la resurrección. Después de que algunos de sus compañeros cayeran en batalla —hombres que habían incurrido en idolatría—, Judas los encomendó a la misericordia de Dios e hizo ofrecer un sacrificio expiatorio en su favor, para que fueran absueltos de su pecado. Este gesto se fundamenta en la certeza de que la comunión que vivimos unos con otros en la tierra —aun cuando esté marcada por limitaciones y faltas— no desaparece al ponerse en manos de Dios. El testimonio de los Macabeos sirve, pues, como una prefiguración de lo que alcanza su plenitud en la liturgia cristiana. En efecto, el recuerdo de nuestros hermanos difuntos ante el altar del Señor se basa en la promesa de que nuestras vidas, en Cristo, no se pierden, pues han sido redimidas.

Además, la acción de Judas es, ante todo, un acto de fe, ya que ofrece su sacrificio «con la firme convicción de que los muertos resucitarían» (v. 44). A la luz de Jesús —que es el autor mismo de la resurrección—, también nosotros oramos por nuestros difuntos, sostenidos por esta gran esperanza que se nos ha concedido a través del Misterio Pascual. Pues, como señala la Escritura, si no existiera la resurrección, orar por los muertos sería en vano (cf. v. 44). El propio apóstol Pablo advierte con profundo celo: «Si no hay resurrección de los muertos, ¡tampoco Cristo ha resucitado! Y si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación es vana, y vuestra fe también es vana» (1 Cor 15, 13-14).

Queridos amigos, ¡orar por los difuntos significa celebrar la vida! Ante todo, la vida resucitada de Cristo el Señor y —por su gracia— nuestra propia vida, que resucita en Él. El sacrificio eucarístico es el memorial de su Pascua, mediante la cual nos salvó entregándose a sí mismo por nosotros. No permitamos, por tanto, que el recuerdo de los difuntos se reduzca a una mera nostalgia; Más bien, reflexionemos con fe sobre el misterio de la muerte sin temor, pues el Señor está vivo, nos espera y ya nos ha preparado un lugar en la casa de su Padre (cf. Jn 14, 2-3).

La Iglesia celebra este acto de entrega y esperanza en el seno de la comunión de los santos. En efecto, cuando rezamos por los difuntos, no lo hacemos solo por ellos, sino también 'con' ellos, en una reciprocidad que el Espíritu Santo aviva en nuestros corazones. La Iglesia es un misterio de comunión entre Cristo, la Cabeza, y nosotros, sus miembros; de Él recibimos la vida. Esta comunión une a los espíritus bienaventurados, que ya contemplan el rostro de Dios, con todos aquellos que —ya sea en el cielo o en la tierra— caminan hacia esa meta radiante.

Queridos amigos, en Cristo, la muerte no rompe los vínculos; al contrario, los transfigura en una nueva dimensión, que solo puede comprenderse a través del misterio de su amor, entregado plenamente en la cruz y derramado tras su victoria pascual. Por tanto, al recibir el amor del Señor resucitado en la Sagrada Eucaristía, valoremos y cultivemos siempre esta comunión a lo largo de nuestro camino, de modo que, cuando llegue nuestra propia hora, también nosotros podamos recibir las oraciones de nuestros compañeros de peregrinación y gozar, junto con todos los santos, de la patria celestial.

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