El Papa pide a Estados Unidos "evitar la violencia y toda acción" que lleve más sufrimiento a Cuba
León XIV mostrado su "gran preocupación por las noticias sobre el incremento de tensiones entre Cuba y los Estados Unidos" y ha llamado a una tregua olímpica en vísperas de la inauguración de los Juegos de Invierno
"En el monte, Cristo entrega a los discípulos la ley nueva, que está escrita en los corazones, ya no en la piedra; es una ley que renueva nuestra vida y la hace buena, aun cuando ante el mundo parezca fracasada y miserable": Así ha glosado esta mañana León XIV, desde la ventana del Palacio Apóstolico en su meditación previa al rezo de la oración mariana del ángelus, el pasaje enagélico de las bienaventuranzas.
"Quien espera que los prepotentes sean siempre dueños de la tierra, permanece sorprendido ante las palabras del Señor. Quien está acostumbrado a pensar que la felicidad pertenece a los ricos, podría creer que Jesús sea un iluso", abundó el Papa, que recorddo que "Jesús ilumina el sentido de la historia; no la que escriben los vencedores, sino la que Dios realiza salvando a los oprimidos".
En este sentido, recordó al papa Francisco, quien, en 2019, en su meditación pervia al ángelius, había alertado ante "«los profesionales de la ilusión. No hay que seguirlos, porque son incapaces de darnos esperanza». Dios, en cambio, da esta esperanza sobre todo a quien el mundo descarta como desesperado".
"Las Bienaventuranzas son para nosotros una prueba de la felicidad, llevándonos a preguntarnos si la consideramos una conquista que se compra o un don que se comparte; si la reponemos en objetos que se consumen o en relaciones que nos acompañan", indicó el Pontífice, que acabó su reflexión afirmando que, racias a Dios, "la amargura de las pruebas se transforma en la alegría de los redimidos. Jesús no habla de una consolación lejana, sino de una gracia constante que nos sostiene siempre, sobre todo en la hora de la aflicción".
A la hora de los saludos a los peregrinos que se concentraban en la plaza de San Pedro, iluminada por el sol tras la lluvia de las últimas horas en Roma, el Papa realizó una serie de destacadas reflexiones. Así, comenzado asegurando haber recibido "con gran preocupación noticias sobre el incremento de tensiones etre Cuba y los Estados Unidos, dos países cercanos". "Me uno al mensaje de los obispos cubanos invitando a todos los responsables a promover un diálogo sincero y eficaz para evitar la violencia y toda acción que pueda incrementar el sufrimiento del querido pueblo cubano. Que la Virgen de la Caridad del Cobre asista y proteja a todos los hijos de esta amada tierra", señaló.
Igualmente, el Papa tuvo palabras de recuerdo "por las numerosas víctimas del derrumbe en una mina en el norte de Kivu, en la República Democrática del Congo", un "pueblo, que sufre tanto", y pidió oraciones "por los difuntos y por quienes sufren a causa de las tormentas que en los días pasados han golpeado Portugal e Italia meriodional, y no nos olvidemos de las poblaciones de Mozambique, gravemente afectadas por las inundaciones".
Tregua olímpica
"Hoy, en Italia –añadió–, se celebra la Jornada Nacional por las víctimas civiles de las guerras y de los conflictos en el mundo. Esta iniciativa es lamentablemenbte actual, cada día, de hecho, se registran víctimas civiles de acciones armadas que violan abiertamente la moral y el derecho. Los muertos y los heridos de ayer y de hoy serán honrados cuando se ponga fin a estas intolerables injusticias".
A continuación, el Papa recordó que "el próximo viernes se inicirán los Juegos Olímpicos de Invierno en Milán Cortina, a los que seguirán los Juegos Paralímpicos. Dirijo mi deseo a los organizadores y a todos los atletas que estas grandes manifestaciones deportivas puedan constituir un fuerte mensaje de fraternidad y puedan reavivar la esperanza de un mundo en paz. Este es también el sentido de la tregua olímpica, una antigua costumbre que acompaña a los Juegos. Deseo que todos los que tiene en el corazón la paz entre los pueblos y tienen autoridad, puedan realizar en esta ocasión gestos concretos para que se ponga en marcha ya el diálogo".
La catequesis del Papa
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
En la liturgia de hoy se proclama una página espléndida de la Buena Noticia que Jesús anuncia a toda la humanidad: el Evangelio de las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Estas, en efecto, son luces que el Señor enciende en la penumbra de la historia, revelando el proyecto de salvación que el Padre realiza por medio del Hijo, con el poder del Espíritu Santo.
En el monte, Cristo entrega a los discípulos la ley nueva, que está escrita en los corazones, ya no en la piedra; es una ley que renueva nuestra vida y la hace buena, aun cuando ante el mundo parezca fracasada y miserable. Sólo Dios puede llamar realmente bienaventurados a los pobres y a los afligidos (cf. vv. 3-4), porque Él es el sumo bien que se da a todos con amor infinito. Sólo Dios puede saciar a quienes buscan paz y justicia (cf. vv. 6.9), porque Él es el justo juez del mundo, autor de la paz eterna. Sólo en Dios encuentran alegría los mansos, los misericordiosos y los puros de corazón (cf. vv. 5.7-8), porque Él es el cumplimiento de lo que esperan. En la persecución, Dios es la fuente del rescate; en la mentira, es el ancla de la verdad. Por eso Jesús proclama: «Alégrense y regocíjense» (v. 12).
Estas Bienaventuranzas son una paradoja sólo para quien considera que Dios es diferente de como Cristo lo revela. Quien espera que los prepotentes sean siempre dueños de la tierra, permanece sorprendido ante las palabras del Señor. Quien está acostumbrado a pensar que la felicidad pertenece a los ricos, podría creer que Jesús sea un iluso. Y, en cambio, la ilusión está precisamente en la falta de fe en Cristo; Él es el pobre que comparte su vida con todos, el manso que persevera en el dolor, el que trabaja por la paz y es perseguido hasta la muerte en cruz.
De este modo, Jesús ilumina el sentido de la historia; no la que escriben los vencedores, sino la que Dios realiza salvando a los oprimidos. El Hijo mira al mundo con el realismo del amor del Padre; en el lado opuesto están, como decía el Papa Francisco, «los profesionales de la ilusión. No hay que seguirlos, porque son incapaces de darnos esperanza» (Ángelus, 17 febrero 2019). Dios, en cambio, da esta esperanza sobre todo a quien el mundo descarta como desesperado.
Queridos hermanos y hermanas, las Bienaventuranzas son para nosotros una prueba de la felicidad, llevándonos a preguntarnos si la consideramos una conquista que se compra o un don que se comparte; si la reponemos en objetos que se consumen o en relaciones que nos acompañan. De hecho, es “a causa de Cristo” (cf. v. 11) y gracias a Él que la amargura de las pruebas se transforma en la alegría de los redimidos. Jesús no habla de una consolación lejana, sino de una gracia constante que nos sostiene siempre, sobre todo en la hora de la aflicción.
Las Bienaventuranzas elevan a los humildes y dispersan a los soberbios de corazón (cf. Lc 1,51-52). Por eso pidamos la intercesión de la Virgen María, sierva del Señor, que todas las generaciones llaman bienaventurada.
Traducción no oficial