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Primer aniversario de la elección de León XIV

El Papa reclama al Estado acabar con el crimen organizado en Nápoles y ofrece "el coraje evangélico" de la Iglesia

"Nápoles no debe seguir siendo una simple postal para los visitantes, sino que debe convertirse en una obra en construcción abierta, donde se edifique una paz concreta", expresó León XIV en el Encuentro con los Ciudadanos, última parada en su viaje relámpago a "la perla del Mediterráneo"

El Papa, en el Encuentro con los Ciudadanos en Nápoles | @Vatican Media

Última parada del Papa en su viaje relámpago a Nápoles y Pompeya, donde dejó transcurrir la jornada en la que celebraba el primer aniversario de su pontificado. Una última parada en la que quiso escuchar, en el Encuentro con los Ciudadanos, en la Plaza del Plebiscito, la voz de los napolitanos. Y, a la vez, ofrecerles una reflexión en donde destacó una imagen, la del trabajo en "red", en la que participa la Iglesia local, que une "los esfuerzos de las personas conectando las energías, los talentos y las aspiraciones de muchos", para recuperar a una ciudad que "sigue marcada por una división social que ya no separa el centro de la periferia, sino que se manifiesta dentro de cada zona, con periferias existenciales anidadas incluso en el corazón del centro histórico".

"Son las voces de Nápoles, la perla del Mediterráneo, contemplada desde lo alto por el Vesubio. Estas voces resuenan con la antigua belleza de esta ciudad, bañada por el mar y besada por el sol, pero también con sus heridas, su pobreza y sus temores. Estas voces hablan de una Nápoles que a menudo camina cansada, desorientada y decepcionada, como los dos discípulos del Evangelio, una ciudad necesitada de la cercanía que Jesús les ofreció. Estas voces pertenecen a un pueblo que, aún hoy, siente la necesidad de detenerse y preguntarse: ¿qué es lo verdaderamente importante?", enmarcó el Papa la reflexión que les brindó a un entusiasta público que acompañó la espera con cánticos y la tradicional alegría napolitana. "Vosotros sabeis acoger con calor", les dijo el Papa.

"En muchas zonas, se observa una auténtica geografía de desigualdad y pobreza, alimentada por problemas largamente sin resolver", realidades, añadió, "que en ocasiones alcanzan proporciones alarmantes", por lo que "la presencia y la acción del Estado son más necesarias que nunca para brindar seguridad y confianza a la ciudadanía y erradicar el crimen organizado".

La Plaza del Plebiscito en Nápoles en el encuentro con el Papa | RD/Captura

"En este contexto –prosiguió el Pontífice–, muchos napolitanos albergan el deseo de una ciudad redimida del mal y sanada de sus heridas. A menudo, se trata de verdaderos héroes sociales", personas que "no deben permanecer aisladas, y para que su compromiso impregne el tejido mismo de la ciudad, necesitamos crear conexiones, redes y construir comunidad".

La Iglesia, un elemento clave

"Me complace decir que la Iglesia en Nápoles es un elemento clave que contribuye significativamente a esta red, uniendo los esfuerzos de las personas y conectando las energías, los talentos y las aspiraciones de muchos", expresó el papa Prevost, invitando a los actores e instituciones sociales y administrativas a que "reúnan fuerzas, trabajen juntos, avancen unidos —instituciones, Iglesia y sociedad civil— para revitalizar la ciudad, proteger a sus hijos de las trampas de la adversidad y el mal, y devolver a Nápoles su vocación de ser capital de la humanidad y la esperanza".

El Papa, en Nápoles, agradece la cálida acogida del pueblo | RD/Captura

Pero a pesar de esa dramática realidad que vive la ciudad, el Papa alabó su entrega y generosidad, incluso en las dificultades, reclamando que, con esas características, "Nápoles no debe seguir siendo una simple postal para los visitantes, sino que debe convertirse en una obra en construcción abierta, donde se edifique una paz concreta", que "se construye promoviendo una cultura alternativa a la violencia, mediante gestos cotidianos, programas educativos y decisiones prácticas de justicia".

La Nápoles que acoge a migrantes y refugiados

"La comunidad eclesial y la comunidad civil trabajan conjuntamente para convertir Nápoles en una plataforma para el diálogo intercultural e interreligioso", recordó el Pontífice, alabando"su profunda solidaridad al acoger a migrantes y refugiados, quienes no son vistos como una emergencia, sino como una oportunidad de encuentro y enriquecimiento mutuo", tarea a la que, apuntó, contribuye la Cáritas diocesana, "que también ha transformado el Puerto de Nápoles de un simple punto de desembarque a un signo vivo de acogida, integración y esperanza".

"Nápoles necesita este impulso, esta energía explosiva de bondad, el coraje evangélico que nos permite renovarlo todo", enfatizó el Pontífice. "Que sea el compromiso de todos: ¡asumámoslo y llevémoslo adelante juntos! Hagámoslo especialmente con los jóvenes, que no solo son receptores, sino también protagonistas del cambio. No se trata solo de involucrarlos, sino de reconocer su espacio, confianza y responsabilidad, para que puedan contribuir creativamente a la construcción del bien", remarcó el Papa, que escuchó previamente, atento y conmovido, el testimonio de unos jóvenes que hablaron de la dificultades que encuentran para su desarrollo personal y profesional o de la violencia que marcó sus vidas, así como un saludo del alcalde en donde no ocultó las lacras que afectan a la ciudad y a sus ciudadanos.

Los napolitanos escuchan a León XIV | RD/Captura

Discurso del Papa

Hermanos y hermanas, ¡gracias por su cálida bienvenida!

Agradezco al alcalde sus amables palabras y saludo a todas las autoridades civiles y militares presentes, al tiempo que reitero mi gratitud al Arzobispo y a todos los aquí reunidos. Con el telón de fondo de la escena evangélica de los discípulos camino a Emaús, varias voces se han escuchado para darnos la bienvenida a este encuentro. Son las voces de Nápoles, la perla del Mediterráneo, contemplada desde lo alto por el Vesubio. Estas voces resuenan con la antigua belleza de esta ciudad, bañada por el mar y besada por el sol, pero también con sus heridas, su pobreza y sus temores. Estas voces hablan de una Nápoles que a menudo camina cansada, desorientada y decepcionada, como los dos discípulos del Evangelio, una ciudad necesitada de la cercanía que Jesús les ofreció. Estas voces pertenecen a un pueblo que, aún hoy, siente la necesidad de detenerse y preguntarse: ¿qué es lo verdaderamente importante?

Hermanos y hermanas, en esta ciudad fluye un anhelo de vida, justicia y bondad que no puede ser aniquilado por el mal, el desaliento y la resignación. Por lo tanto, debemos preguntarnos —no solos, sino juntos— ¿qué es lo verdaderamente importante? ¿Qué es necesario e importante para retomar el camino con el ímpetu del compromiso en lugar del cansancio de la indiferencia, con el coraje de hacer el bien en lugar del temor al mal, sanando las heridas en lugar de con la indiferencia?

Nápoles vive hoy una dramática paradoja: el notable crecimiento del turismo lucha por igualar un dinamismo económico capaz de involucrar verdaderamente a toda la comunidad. La ciudad sigue marcada por una división social que ya no separa el centro de la periferia, sino que se manifiesta dentro de cada zona, con periferias existenciales anidadas incluso en el corazón del centro histórico. En muchas zonas, se observa una auténtica geografía de desigualdad y pobreza, alimentada por problemas largamente sin resolver: desigualdad de ingresos, escasas perspectivas laborales, falta de infraestructuras y servicios adecuados, delincuencia generalizada, la tragedia del desempleo, el abandono escolar y otras situaciones que lastran la vida de muchos. Ante estas realidades, que en ocasiones alcanzan proporciones alarmantes, la presencia y la acción del Estado son más necesarias que nunca para brindar seguridad y confianza a la ciudadanía y erradicar el crimen organizado.

En este contexto, muchos napolitanos albergan el deseo de una ciudad redimida del mal y sanada de sus heridas. A menudo, se trata de verdaderos héroes sociales, hombres y mujeres que se dedican cada día, a veces simplemente cumpliendo fielmente con sus deberes sin que parezca que lo hacen, para que la justicia, la verdad y la belleza se abran paso por las calles, las instituciones y las relaciones. Estas personas no deben permanecer aisladas, y para que su compromiso impregne el tejido mismo de la ciudad, necesitamos crear conexiones, redes y construir comunidad.

Me complace decir que la Iglesia en Nápoles es un elemento clave que contribuye significativamente a esta red, uniendo los esfuerzos de las personas y conectando las energías, los talentos y las aspiraciones de muchos. Lo ha hecho promoviendo un Pacto Educativo, que ha recibido una generosa respuesta de las instituciones —el Ayuntamiento, la Región, el Gobierno—, así como de numerosas organizaciones eclesiales y sin ánimo de lucro. Por ello, quisiera hacer un llamamiento a todos: no rompan esta red que los une, no apaguen esta luz que han comenzado a encender en la oscuridad, no pierdan su brillo, ¡este sueño que están haciendo realidad por una Nápoles mejor y más bella! Sigan adelante con este Pacto, reúnan fuerzas, trabajen juntos, avancen unidos —instituciones, Iglesia y sociedad civil— para revitalizar la ciudad, proteger a sus hijos de las trampas de la adversidad y el mal, y devolver a Nápoles su vocación de ser capital de la humanidad y la esperanza.

Quisiera también recordar el camino que esta ciudad ha emprendido para redescubrir su antigua vocación: ser un puente natural entre las orillas del Mediterráneo. Nápoles no debe seguir siendo una simple postal para los visitantes, sino que debe convertirse en una obra en construcción abierta, donde se edifique una paz concreta, verificable en la vida cotidiana de las personas.

La paz nace en el corazón humano, se transmite a través de las relaciones, echa raíces en los barrios y suburbios, y se expande para abarcar toda la ciudad y el mundo. Por eso, consideramos urgente trabajar primero dentro de la propia ciudad. Aquí, la paz se construye promoviendo una cultura alternativa a la violencia, mediante gestos cotidianos, programas educativos y decisiones prácticas de justicia.

Sabemos, en efecto, que no hay paz sin justicia, y que la justicia, para ser auténtica, jamás puede separarse de la caridad. Desde esta perspectiva nacen y se desarrollan experiencias como la Casa della Pace, que acoge a niños y madres necesitadas, y la Casa Bartimeo, un espacio de apoyo para jóvenes y adultos en situación de vulnerabilidad: signos concretos de una paz que expresa hospitalidad, cuidado y la posibilidad de redención.

Además, la comunidad eclesial y la comunidad civil trabajan conjuntamente para convertir Nápoles en una plataforma para el diálogo intercultural e interreligioso. Mediante conferencias, premios internacionales y programas de acogida, incluyendo a jóvenes de zonas de conflicto —como Gaza—, se puede seguir dando voz, desde la base, a una cultura de paz, contrarrestando la lógica de la confrontación y la fuerza de las armas como supuesta solución a los conflictos.

En este sentido, Nápoles continúa mostrando su profunda solidaridad al acoger a migrantes y refugiados, quienes no son vistos como una emergencia, sino como una oportunidad de encuentro y enriquecimiento mutuo. Y esto es posible, sobre todo, gracias a la labor de la Cáritas diocesana, que también ha transformado el Puerto de Nápoles de un simple punto de desembarque a un signo vivo de acogida, integración y esperanza.

Hermanos y hermanas, Nápoles necesita este impulso, esta energía explosiva de bondad, el coraje evangélico que nos permite renovarlo todo. Que sea el compromiso de todos: ¡asumámoslo y llevémoslo adelante juntos! Hagámoslo especialmente con los jóvenes, que no solo son receptores, sino también protagonistas del cambio. No se trata solo de involucrarlos, sino de reconocer su espacio, confianza y responsabilidad, para que puedan contribuir creativamente a la construcción del bien. En un mundo a menudo marcado por la desconfianza y la falta de oportunidades, los jóvenes representan un recurso vibrante y sorprendente. Esto lo demuestra la experiencia del Museo Diocesano Diffuso, donde muchos de ellos están comprometidos con la preservación y la difusión del patrimonio cultural y espiritual de la ciudad utilizando lenguajes nuevos y accesibles. Esto se evidencia en los jóvenes que, en los centros juveniles, se dedican con pasión a la educación de los más pequeños, convirtiéndose en referentes y testigos de relaciones sanas. Esto se demuestra también en los numerosos voluntarios que se entregan a obras de caridad, iniciativas sociales y apoyo a los necesitados.

Estas experiencias no son marginales: son ya signos concretos de una Iglesia joven y una ciudad capaz de regenerarse. Estoy seguro de que continuarán cultivándolas con la audacia, la pasión y el entusiasmo que los caracterizan.

Les agradezco, queridos hermanos, su acogida y los encomiendo a la intercesión de María Santísima y San Genaro. ¡Que el Señor los mantenga siempre fieles al Evangelio y bendiga la ciudad de Nápoles!

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