Cuando la profanación de lo sagrado no necesita desagravio
Le preguntaron a un santo: “Si alguien tirara tu libro sagrado al retrete y tirara de la cadena, ¿qué harías?”. El santo respondió con total naturalidad: “Primero, llamaría a un fontanero para que reparara el retrete. Después, conseguiría un libro nuevo”.
La anécdota es más profunda de lo que parece. No porque el libro carezca de valor. Un libro sagrado puede contener palabras que han sostenido a millones de personas durante siglos. Quien lo arroja al retrete no está haciendo una simple travesura: está expresando odio, desprecio, rencor, violencia. Ese acto importa, y duele.
Pero el santo no reaccionó con ira ni con un anatema. No quemó al ofensor ni declaró una cruzada. Llamó a un fontanero. Es decir: resolvió el problema práctico, restauró lo que se podía restaurar y siguió adelante. Porque para él, lo sagrado no estaba secuestrado en el objeto.
Durante siglos, las religiones —y muy especialmente la tradición judeocristiana— han construido una idea de lo sagrado como algo separado, intocable, peligroso. El Arca de la Alianza mataba a quien la tocaba sin permiso. El Templo tenía un lugar al que solo el sumo sacerdote podía entrar, una vez al año. Lo sagrado era sinónimo de distancia, de miedo, de exclusión. Servía para marcar quién podía acercarse a Dios y quién no.
Pero Jesús rompió eso de raíz. Tocó a leprosos. Comió con pecadores. Habló con una mujer samaritana junto a un pozo —tres veces fuera de lo sagrado: mujer, samaritana, pozo que no era el Templo—. Y cuando murió, el velo del Templo se rasgó. El símbolo es inequívoco: ya no hay separación. Lo sagrado ha muerto como categoría de exclusión.
Pero Jesús rompió eso de raíz. Tocó a leprosos. Comió con pecadores. Habló con una mujer samaritana junto a un pozo —tres veces fuera de lo sagrado: mujer, samaritana, pozo que no era el Templo—. Y cuando murió, el velo del Templo se rasgó. El símbolo es inequívoco: ya no hay separación. Lo sagrado ha muerto como categoría de exclusión.
Un templo, evidentemente, no es lo mismo que un bar. Un templo está construido para la oración y la comunidad. Merece respeto. Pero no porque sea “más sagrado” que una cocina donde una madre alimenta a sus hijos. Y una hostia consagrada no es “más sagrada” que el gesto de dar de comer al hambriento. Lo sagrado es la presencia de Dios actuando en lo cotidiano. Y Dios actúa donde quiere, no solo donde le hemos puesto un cartel.
¿No sería más adecuado hablar de la experiencia de lo santo?: el asombro ante la belleza, la ternura y la compasión ante el sufrimiento ajeno, la certeza de que algo o alguien nos sostiene sin pedirnos nada a cambio. Y eso no puede ser monopolizado por nadie.
Así que, con todo el respeto a las tradiciones, yo elijo creer en un Dios que no sabe castigar porque solo sabe amar. Y un Dios así no necesita libros en pedestales. Necesita fontaneros que, con toda naturalidad y sin necesitar desagravios, saquen del retrete lo que otros tiraron por rencor. Y personas que, con o sin títulos, sepan que lo verdaderamente sagrado es la vida de quien tienen al lado.
fandosrj@gmail.com