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El Papa recuerda "la obligación moral de proteger a la población civil" del Líbano "de los atroces efectos de la guerra"

"Mañana partiré para un viaje de diez días por cuatro países africanos: Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial. Les pido por favor que me acompañen con sus oraciones", pidió León al finalizar el rezo del Regina Coeli

El Papa se asoma al balcón para el rezo del Regina Coeli | RD/Captura

"Creer no siempre es fácil. No lo fue para Tomás y tampoco lo es para nosotros. La fe necesita ser alimentada y sostenida. Por eso, en el 'octavo día', es decir, cada domingo, la Iglesia nos invita a hacer lo mismo que los primeros discípulos: reunirnos y celebrar juntos la Eucaristía". Rotunda reivindicación de la misa dominical –"indispensable para la vida cristiana"– la realizada este mediodía por el Papa en su reflexión previa al rezo del Regina Coeli.

"Mañana saldré para el Viaje apostólico a África, y precisamente algunos mártires de la Iglesia africana de los primeros siglos, los mártires de Abitinia, nos han dejado un hermoso testimonio al respecto. Ante la propuesta de salvar sus vidas a cambio de renunciar a celebrar la Eucaristía, respondieron que no podían vivir sin celebrar el día del Señor", remarcó León XIV es este segundo domingo de Pascua, dedicado por Juan Pablo II a la Divina Misericordia .

Los fieles escuchan al Papa en el Regina Coeli | RD/Captura

"Es a través de la Eucaristía que también nuestras manos se convierten en 'manos del Resucitado', testigos de su presencia, de su misericordia y de su paz; marcadas por el trabajo, por los sacrificios, por la enfermedad, por el paso de los años que a menudo están grabados en ellas, como también por la ternura de una caricia, de un apretón de manos o de un gesto de caridad. 

"En un mundo que tanto necesita la paz –indicó el Papa desde el balcón apostólico a los miles de fieles que se congregaban en una primaveral mañana en la plaza de San Pedro–, esto nos compromete más que nunca a ser asiduos y fieles a nuestro encuentro eucarístico con el Resucitado, para salir de él como testigos de la caridad y portadores de la reconciliación".

"Oraciones por el querido pueblo ucraniano"

Tras el rezo de la oración mariana, el Papa aludió a la celebración en muchas Iglesias orientales de la Pascua según el calendario juliano, a las que brindó sus "deseos de paz", que acompañó con "la oración aún más intensa por aquellos que sufren a causa de la guerra, en particular por el querido pueblo ucraniano", señaló, donde estos días, y con el motivo de esta celebracióin pascual, Rusia y Ucrania habían acordado un breve tregua.

"Que la luz de Cristo lleve consuelo y una esperanza de paz", señaló el Papa, quien reitiró su llamamiento "a la comunidad internacional para que esté atenta a este drama, y en particular en el Líbano, y que ante esta dramática situación, el principio de humanidad inscrito en la conciencia de cada persona y reconocido por las leyes internacinales, conlleva la obligación moral de proteger a la población civil de los atroces efectos de la guerra".

"Buscar con urgencia una solución pacífica"

"Hago un llamamiento a las partes en conflicto para que cesen el fuego y a buscar con urgencia una solución pacífica", insistió el Papa, quien ayer presidió en la basílica de san Pedro una vigilia mundial de oración por la paz, y quiso recordar en este punto que el próximo miércoles se cumplirán tres años desde "el inicio del sangriento conlicto en Sudán. ¡Cuanto sufre el pueblo sudanés, víctima inocente de este drama. Hago un llamamiento para que las partes beligerantes silencien las armas e inicien sin condiciones previas el diálogo destinado a poner fin lo antes posible a esta guerra fratricida".

"Mañana partiré para un viaje de diez días por cuatro países africanos: Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial. Les pido por favor que me acompañen con sus oraciones", señaló finalmente el Pontífice.

El Papa, en el balcón del Palacio Apostólico | RD/Captura

Las palabras del Papa en el Regina Coeli

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo y feliz Pascua! 

Hoy, segundo domingo de Pascua, dedicado por san Juan Pablo II a la Divina Misericordia, leemos en el Evangelio sobre la aparición de Jesús resucitado al apóstol Tomás (cf. Jn 20,19-31). El hecho ocurre ocho días después de la Pascua, mientras la comunidad está reunida, y es allí donde Tomás se encuentra con el Maestro, quien lo invita a mirar las marcas de los clavos, a meter la mano en la herida de su costado y a creer (cf. v. 27). Es una escena que nos hace reflexionar sobre nuestro encuentro con Jesús resucitado. ¿En dónde encontrarlo? ¿Cómo reconocerlo? ¿Cómo creer? San Juan, que narra el acontecimiento, nos da indicaciones precisas: Tomás se encuentra con Jesús en el octavo día, con la comunidad reunida, y lo reconoce en las marcas de su sacrificio. De esta experiencia brota su profesión de fe, la más elevada de todo el cuarto Evangelio: «¡Señor mío y Dios mío!» (v. 28). 

Ciertamente, creer no siempre es fácil. No lo fue para Tomás y tampoco lo es para nosotros. La fe necesita ser alimentada y sostenida. Por eso, en el “octavo día”, es decir, cada domingo, la Iglesia nos invita a hacer lo mismo que los primeros discípulos: reunirnos y celebrar juntos la Eucaristía. En ella escuchamos las palabras de Jesús, oramos, profesamos nuestra fe, compartimos los dones de Dios en la caridad, ofrecemos nuestra vida en unión al Sacrificio de Cristo, nos alimentamos de su Cuerpo y de su Sangre, para luego ser, también nosotros, testigos de su Resurrección, como lo indica el término “Misa”, es decir, “envío”, “misión” (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1332). 

La Eucaristía dominical es indispensable para la vida cristiana. Mañana saldré para el Viaje apostólico a África, y precisamente algunos mártires de la Iglesia africana de los primeros siglos, los mártires de Abitinia, nos han dejado un hermoso testimonio al respecto. Ante la propuesta de salvar sus vidas a cambio de renunciar a celebrar la Eucaristía, respondieron que no podían vivir sin celebrar el día del Señor. Es ahí donde se nutre y crece nuestra fe. Es ahí donde nuestros esfuerzos, aunque limitados, por la gracia de Dios se funden como acciones de los miembros de un único cuerpo —el Cuerpo de Cristo— en la realización de un único gran proyecto de salvación que abarca a toda la humanidad. Es a través de la Eucaristía que también nuestras manos se convierten en “manos del Resucitado”, testigos de su presencia, de su misericordia y de su paz; marcadas por el trabajo, por los sacrificios, por la enfermedad, por el paso de los años que a menudo están grabados en ellas, como también por la ternura de una caricia, de un apretón de manos o de un gesto de caridad. 

Queridos hermanos y hermanas, en un mundo que tanto necesita la paz, esto nos compromete más que nunca a ser asiduos y fieles a nuestro encuentro eucarístico con el Resucitado, para salir de él como testigos de la caridad y portadores de la reconciliación. Que nos ayude a ello la Virgen María, bienaventurada porque fue la primera en creer sin haber visto (cf. Jn 20,29). 

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