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Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio

Tentaciones del desierto

La misión confiada por Dios a todo a quien llama y elige pasa por este momento de la prueba de la tentación.

La fidelidad de no caer en la tentación trae la fecundidad, que hace florecer el mismo espíritu de vida que se conserva en la fidelidad.

No es sólo la fidelidad física, moral de los esposos, de los consagrados, de los amigos… Es una fidelidad que va más allá, revelando el verdadero amor, los principios y valores en los que se está formado, en los que se cree y que hacen seguir un camino recto y no tortuoso.

Tentaciones de Jesús

En la fidelidad se hace a un lado el engaño y la mentira. La seducción fina de la tentación puede oscurecer la mente, ampliar el deseo de la concupiscencia sea para el placer carnal, de la avaricia de poder-dinero-lujuria-vanidad-ego, de pensar sólo en uno mismo.

La fidelidad ayuda a ver más allá. Es decir, en la bendición en la que ya se camina o en la bendición que está a punto de manifestarse y revelarse.

Adán y Eva lo truncan todo, en su uso de libertad se han dejado engañar y seducir: donde Adán responsabiliza a Eva y Eva responsabiliza a la serpiente. En lugar de ver que Adán debe cuidar de Eva y Eva de Adán como esposos y evitar ese daño consecuente para ambos.

A diferencia de Adán y Eva, como nos recuerda el libro del Génisis en este domingo primero de cuaresma, Jesús dirá al Tentador: aléjate de mi Satanás porque está escrito: Adorarás al señor tu Dios y a Él sólo servirás.

Que importante es nuestro discernimiento de Espíritu para distinguir qué viene de Dios y nos lleva en su voluntad , haciéndolo todo fecundo y próspero, aún en medio de pruebas; y qué viene del diablo y destruye el camino de Dios ya construido.

Judas Iscariote fue el discípulo que se dejó seducir por el dinero y traicionó al Maestro, hizo conocer a sus enemigos donde lo podrían atrapar, en qué lugar y a qué hora, les dio todo los detalles a los enemigos de Jesús.

Vivir nuestra fe significa recorrer un camino donde tenemos la exigencia del discernimiento de espíritu para ver qué viene de Dios y qué no viene de Dios. Actuamos la mayoría de las veces a la ligera, sin meditar, profundizar qué espera y qué quiere Dios de nosotros.

Muchos cometemos errores irreversibles porque no hemos seguido los pasos de un camino en la voluntad de Dios.

El gran regalo que hemos recibido en Jesucristo es nuestra reconciliación y justificación, como hoy nos recuerda san Pablo en su carta a los Romanos.

Somos dichosos los bautizados porque tenemos la gran oportunidad de ser renovados en la gracia cuando nos acercamos con el corazón sincero, arrepentido y dispuesto a corregir los pecados al sacramento de la confesión para recibir la gracia de vida nueva que este sacramento nos comunica.

Jesucristo es nuestro centro de vida que nos enseña el discernimiento de espíritu, el Maestro que nos ayuda a reconocer donde esta Dios y donde hay que rechazar al demonio.

En Jesucristo esta nuestra fuerza, nuestra firmeza y nuestra confianza. ¡Nunca nos apartemos de Jesucristo, cuidemos y alimentemos nuestra relación con Él!

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