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El Papa ya ha firmado Magnifica Humanitas

EL VIAJE DE LEÓN XIV A ESPAÑA

El Gobierno Sánchez se ha expresado, como en él es habitual, de modo autoritario, siempre chapoteando en aguas turbias y ajenas al respecto de las exigencias propias de una democracia liberal. Y esto se valora como positivo por los Obispos en España y por la Santa Sede.

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Me parece obligado, si se desea escuchar los mensajes religiosos, sociales y políticos, así como entender el significado de las imágenes simbólicas, que, sin duda, nos dejará León XIV, subrayar algunas circunstancias previas. Se ha de huir de la fácil radicalidad, ya explicitada por algunos (cf. Gil Iván, Sánchez se aferra al discurso del Papa para justificar sus políticas, ‘Diario de Mallorca’, 13.05.26, pág. 26 y ‘El País’, 15.05.26, pág. 18)), a la derecha y a la izquierda, de utilizarlo políticamente. Como es evidente, una actitud de este tipo revela “que no han entendido ni quién es el Papa, ni cuál es su misión, ni qué significa realmente el Evangelio” (Sor Lucía Caram, RD.Cf. Lc 10, 3; Lc 24, 15: Jn 20, 21 y Mc 16, 15). Ceguera que, por cierto, también afecta a amplios sectores en el interior de la Iglesia, sin excluir a miembros de la Jerarquía."Estoy llamado a hacer lo que la Iglesia está llamada a hacer” y “no tengo miedo ni de la administración Trump ni de hablar claramente sobre el mensaje del Evangelio" (León XIV).

El gran papa Francisco nos dio ‘dinamismo’ y ‘no un sistema cerrado’. Por eso, precisamente, tantos le opusieron resistencia. Pero, abrió ‘un futuro de manera profética’, que León XIV, papa continuista pero con estilo propio, está llamado a conservar y alimentar. "El reto de León XIV, ha declarado Antonio Spadaro, es mantener viva la voz profética de la Iglesia sin caer en la neutralidad tibia ni en alianzas instrumentales"(Prest. del libro Da Francesco a Leone, RD).Orientación que no dudo que estará presente en el mensaje papal, no obstante la incomprensión clerical de muchos, y que obligará a todos en la Iglesia a un cambio sustancial de registro. Es más, también creo que es exigible a la Iglesia un grado mayor de transparencia y así impedir que cundan las sospechas de presuntas alianzas o acuerdos con el Gobierno, que explicarían la aprobación del ‘modus operandi’ gubernamental en tema de inmigración y su posterior regularización. Aquí muchos ven un claro error de posicionamiento de la Iglesia.

Pues bien, León XIV ha querido ir a Canarias. Y, lo ha querido porque siente el impulso de Jesús para llevar al mundo su voz profética (la del Evangelio) sobre una problemática deshumanizadora, que debiera avergonzar a Occidente y que la clase política no ha sabido encauzar hasta ahora. Al contrario, la ha complicado aún más. En efecto, ha extremado sus posiciones en una irresponsable polarización (cf. Gonzalo Quintero, La explotación política de la inmigración, ‘El Mundo’, 7.05.25, pág. 21), sustentada en un dogmatismo impropio en estos tiempos: la posesión exclusiva de toda la verdad. En todo caso, la voluntad papal no debería sorprendernos. Ya, en su etapa como Obispo en Perú, “se caracterizó por la defensa de los más necesitados y en sus intervenciones públicas no le importaba denunciar lacras del país andino como la pobreza, la corrupción y el crimen”(Jordi Juan, Un Papa valiente, ‘La Vanguardia’, 11.05.26).

Situada en tan contradictorios términos la realidad de las inmigraciones en España, creo, efectivamente, que “la foto de este viaje será la del papa mirando a los ojos a la humanidad destrozada que llega a Canarias”(Francesc Romeu, Declar.RD), y a Baleares. Es claro, según León XIV, que ‘un Estado tiene derecho a establecer normas en sus fronteras’. Es también claro que, cuando ya están en territorio nacional, ‘hay que tratarlos como seres humanos y no peor que a los animales’. Siempre ha de estar presente el respeto a su dignidad y sus derechos esenciales, como todo ser humano, en virtud de la fuerza de los Tratados supranacionales. Es más, el Papa ha subrayado que ‘no digo que todos deban entrar sin un orden, creando a veces en los lugares a los que van situaciones más injustas que las que han dejado atrás” e, incluso, ha exhortado a los jóvenes africanos a que ‘resistan la tentación de emigrar cuando nace de ilusiones engañosas y promesas irreales’ (cf. Ana Mateu, Un año de León XIV,LD y EFE).

Estoy seguro que León XIV recordará, con el Evangelio en la mano, que son tiempos de vivir la fraternidad y el amor. En consecuencia, se preguntará “¿qué hacemos en los países más ricos para cambiar la situación en los países más pobres?”. Es muy probable que sugiera que Europa ha de “promover mayor justicia e igualdad en el desarrollo en estos países de África”. Habrá que esperar y escuchar.

Pero, seamos claros, las políticas de Sánchez en inmigración no se justifican en magisterio papal alguno. Estamos ante una maniobra de manipulación. La traducción jurídica de posibles orientaciones papales al ordenamiento español, incluido el modo de proceder al respecto, es competencia exclusiva del Estado. Y, en este terreno, el Gobierno Sánchez se ha expresado, como en él es habitual, de modo autoritario, siempre chapoteando en aguas turbias y ajenas al respecto de las exigencias propias de una democracia liberal. Es más, me temo, ojalá me equivoque, que Sánchez volverá a aquello en lo que siempre ha estado: el frentismo, el antagonismo, la polarización.

Asimismo también hay que dejar muy claro que la aprobación genérica de las políticas inmigratorias de Sánchez y de su regulación extraordinaria, por parte del mundo eclesiástico, ofrecen un flanco muy fácil a la crítica. Las dudas al respecto no carecen de fundamento. En efecto, ignoran las consecuencias que han propiciado en la sociedad así como el desbarajuste con el que se está procediendo en ese proceso de regulación, que ronda, presuntamente, el fraude y la trampa. Lo cual parece estar en contradicción con las mismas exigencias evangélicas invocadas para su aprobación. ¿Por qué la Iglesia, que suele expresarse con extrema cautela, aparece ahora en connivencia con el poder político?

Tú mismo, estimado lector.

Gregorio Delgado del Río

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