Jesús Mauleón: "Este libro es la historia de un consuelo"
El sacerdote acaba de publicar el poemario "Este debido llanto"
Un libro surgido tras la muerte de su madre, que fue quien le enseñó las palabras y le inculcó el amor a Dios
La madre de Jesús Mauleón falleció con 94 años pero él la recuerda joven. La ve joven, cuando escribe poemas sobre su ausencia. Dice que la ha "rejuvenecido en su nueva fase". Ella le enseñó a rezar. Y vivieron juntos en el piso de Barañáin. Mauleón (Arróniz, 1936) es sacerdote, licenciado en Filosofía y Letras y poeta. Lo entrevista Ion Stegmeier en Diario de Navarra.
Este libro nace de un desgarro, ¿es especial?
Un poema tiene que tener un núcleo con una cierta intensidad. En este caso era una circunstancia para mí nueva. Después de ese primer momento que aparece en los primeros poemas, donde se habla de ese silencio, cuando llego a las fórmulas y doy con las palabras encuentro esa serenidad y llego a esa decantación de la experiencia que me permite comunicarme en el verso. Fue una experiencia ininterrumpida durante mes y medio.
Dice en el prólogo que los poemas le salían rápidamente.
Sí, yo mismo me veía sorprendido por la rapidez. Esto hace que sea un libro unitario. Todo gira en torno a la despedida y la muerte de mi madre. Fue un libro distinto. En muchas ocasiones he escrito poemas ante la muerte de un ser querido, empezando por mi padre. Esta vez la experiencia fue más intensa y prolongada.
Lo que es increíble es que nos destroce un hecho que todos sabemos que va a ocurrir, ¿no?
Desde el punto de vista racional yo lo acepté desde el primer momento. En la homilía del funeral di gracias a Dios porque había tenido a mi madre durante 94 años, en plena posesión de sí misma, con la cabeza en su sitio y con una calidad de vida muy alta. Otra cosa es que aquello para lo que piensas que estás preparado te produce una conmoción capaz de reflejarse luego en un libro de una intensidad como éste.
Incluso aunque sea con edades tan avanzadas.
Claro. Es una equivocación. Consolamos falsamente a las personas: "Bueno, tu madre tenía muchos años...", bien, bien, lo normal es que muera alguien de muchos muchos años. Incluso hay una liberación ahí. Pero la despedida es siempre un desgarrón.
Y un sacerdote que está acostumbrado a consolar a gente en esta situación, ¿cómo se consuela a sí mismo?
Este libro es la historia de un consuelo. Hay momentos de desasosiego pero encuentro en una gran parte de los poemas el suelo en un Dios que está presente en el cual puedo, además, tener presente a mi madre. Es un escenario, por otro lado, muy reducido: el de este piso. Las habitaciones, la cocina, el cuarto de estar... ese sillón verde [lo señala] al que dedico un poema porque ahí se sentaba mi madre a leer el periódico. O los geranios que ella cultivaba y mimaba ahí, que la sobrevivieron tres años más. O, qué se yo, todas las fotos desde las que ella me miraba. Tantas cosas...
...los relojes...
Exactamente. Ese reloj del poema El tiempo muerto. Después de treinta días me dí cuenta que el reloj de su mesilla seguía funcionando. No se había enterado de que la que dormía ahí y tenía que despertar estaba muerta.
En el fondo es un reflejo de lo que los psicólogos llaman duelo, ¿no?
Por supuesto que es un duelo. Pero no hay dos duelos iguales. En algunos casos se prolonga indefinidamente y en otros casos se resuelve con unos avatares completamente diferentes.
Y se cuelan otras ausencias, como la de su hermano.
Mi hermano Eduardo murió el 3 de diciembre de 2005, unos pocos meses antes que mi madre. Probablemente pudo precipitar la muerte de mi madre. Era un hermano que estaba jubilado, vivía aquí cerca, paseábamos mucho, nos queríamos a nuestra manera... una de las cosas que he descubierto es que queremos a las personas mucho más de lo que pensamos.