El anciano Simeón
Los evangelios de la infancia de Jesús suelen ser narraciones llenas de ternura y al mismo tiempo de dramatismo. En la presentación de Jesús al templo como pedía la ley judía, nos encontramos con los padres de Jesús yendo al templo para cumplir la ley mosaica. Cuando los padres entran al templo, el anciano Simeón lo toma en sus brazos y alaba a Dios por haberle permitido ver al Mesías. El Espíritu Santo le había revelado que no moriría sin haberlo visto.
Es una escena conmovedora, este hombre justo había esperado años para llegar a este día. Ve en este niño, que no se diferencia de los otros, al que es la luz del mundo que alumbra a todo hombre y le trae la salvación. Esta salvación tan esperada en aquellos tiempos y ahora porque todavía hoy la creación gime hasta ver la completa manifestación del Hijo de Dios.
Pero para que se realice hay que pasar por el dolor y esto es lo que este anciano manifiesta a María, la Madre de Jesús: “Este niño está destinado a hacer que muchos caigan y muchos se levanten. Será un signo de contradicción que pondrá al descubierto las intenciones de muchos corazones y a ti una espada atravesará tu corazón”.
El dolor y la alegría se encuentran en nuestro camino. Es muy importante dejarse guiar por la luz de este Niño combatido desde su infancia y confiar plenamente en él para superar las dificultades. Texto: Hna. María Nuria Gaza.