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El pintor angelical

Hoy, 18 de febrero, la Iglesia celebra la fiesta del beato Juan De Fiésole, conocido como el Beato Angélico que la devoción popular le atribuyó por la forma tan sublime de sus pinturas y también porque en sus composiciones aparecen con frecuencia ángeles.

Este fraile dominico, Güido, nace en Toscana a finales del siglo XIV, entra junto con su hermano al convento de los padres dominicos de Fiésole, tomando en religión el nombre de Juan. Una vez ordenado sacerdote, tiene diversas funciones que cumple con gran fidelidad a su vocación. El gran amor que profesaba al Señor, que contemplaba en sus misterios durante su la oración y el estudio a la verdad, los plasmó en sus obras.

Trasladado más tarde al convento de San Marcos de Florencia, allí por encargo del prior, decoró el convento. Entrar hoy al museo de San Marcos, es internarte en un magnífico santuario, donde todas las paredes hablan de la vida de Cristo, de Maria, de los santos: El nacimiento, la adoración de los Magos, la huida a Egipto; pasajes de la vida pública de Jesús, escenas de su pasión y muerte, la Anunciación de María, su coronación en el cielo, etc. Cada fraile, al entrar en su celda, podía contemplar una escena de la vida del Maestro que le ayudaba a centrarse en la oración contemplativa.

Una de sus frases define lo que este genio vivía en su interior: “Cualquiera que hace las cosas por amor de Cristo, debe estar lleno de Cristo”. Las virtudes espirituales del pintor armonizan con la frescura y delicadeza de sus coloridos, nunca buscados por al azar, la elegancia del dibujo y su manera tan peculiar de ocupar el espacio. Fue el pintor que pintó por amor y supo plasmar de forma angelical lo que llevaba dentro.

No recuerdo donde, leí un comentario sobre Fray Angélico que decía que este santo varón debía pintar de rodillas. Y ciertamente al detenerte ante sus obras terminarías por creértelo. Todo transparenta su riqueza interior.

Un Padre dominico, que trabajó en la recopilación de datos para su beatificación, decía en una conferencia, que no se puede pasar por alto ninguno de los detalles de su pincel. Y comentó que la orla del manto de la Virgen María en una de las escenas del “Lamento sobre el cuerpo de Jesús”, está formada con la escritura griega y en ella pueden leerse frases sobre María. Son detalles que a bulto pasan desapercibidos pero que para el autor requieren un minucioso trabajo.

Y claro está como buen dominico, la presencia de Santo Domingo es casi constante: En Belén, al pie de la cruz meditando, con los brazos extendidos contemplando a Jesús colgado de la cruz, cogido a los pies de ésta con una expresión de dolor que recuerda la frase que tan a menudo repetía el santo fundador de la Orden de Predicadores en sus noches de oración: “Señor ten piedad, qué va a ser de los pecadores”.

Murió en la Ciudad Eterna el 18 de febrero de 1455. Su tumba se encuentra en la iglesia del convento de Santa María sopra Minerva de dicha ciudad. El reconocimiento por parte de Roma como hombre que merecía el honor de los altares fue muy tardío. El tres de octubre de 1982 Juan Pablo II lo declaraba beato ante un gran número de artistas. El pueblo fiel ya lo tenía por santo porque en sus obras todo transpira piedad, humildad, sencillez; en una palabra santidad. Fue el mismo papa que lo declaró patrono de los artistas.

Hoy, al recordarlo, doy gracias a Dios por este ilustre artista que con tanta devoción supo plasmar el amor por lo sagrado, por la humanidad, por la belleza por la creación, por la santidad. Que él continúe inspirando el genio de los artistas actuales para que con su arte eleven los sentimientos del hombre moderno. Texto: Hna. María Nuria Gaza.

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