Adviento...
Levantemos la cabeza
Este tiempo de fin del año litúrgico nos lleva con frecuencia a la reflexión del fin de nuestra vida terrenal, de la vida eterna, y nos lleva al recuerdo de los difuntos. El salmo 89 nos ayuda a recordarlo.
Nuestra vida tiene un principio y un fin, el único que no tiene fin es Dios: “Antes que naciesen los montes, o fuera engendrado el orbe de la tierra, desde siempre y por siempre tú eres Dios” (v 2). Es decir su tiempo es de “siempre”. Al contrario de nuestro tiempo que es finito: “Mil años en tu presencia son como un ayer que pasó, una vela nocturna. Los siembras año por año, como hierba que se renueva, que florece y se renueva: que florece y se renueva por la mañana y por la tarde la siegan y se seca” (v 4-6). Nuestra vida es limitada y nadie puede añadir ni un minuto a su vida terrenal.
Estos pensamientos podrían llevarnos a la melancolía si creyéramos que nuestra vida termina en la tierra, como los que no creen en la resurrección. Este es el problema que los saduceos propusieron a Jesús con la mujer que enviudó siete veces. Con su respuesta Jesús les demuestra que Dios es un Dios de vivos y no de muertos.
En sus últimos versículos el salmista nos lleva a reconocer que nuestras buenas obras y las que realizaron los difuntos tienen un valor que el Señor tiene en cuenta por su gran misericordia: “Ten compasión de tus siervos; por la mañana saciamos de tu misericordia, y nuestra vida será alegría y júbilo” (v 14). “Baje hasta nosotros el favor del Señor, nuestro Dios” (v 17).
La resurrección de Cristo es la prenda de la nuestra. La vida eterna tiene la última palabra. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
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No se trata, entonces, de conservar intactos todos nuestros vínculos, sino de preguntarnos qué necesita transformarse para que el amor siga produciendo vida y no solamente repetición.
“Dejar ir también es amor". Una lectura cuir para el Sexto Domingo de Pascua. #CUIRadasDominicales #ReverendoCuir