Rumbo al cisma: los Redentoristas Transalpinos rechazan a todos los Papas desde Pablo VI
Esta congregación, instalada en una pequeña isla en el extremo norte de Escocia, en el archipiélago de las Orcadas, quiere un concilio sin Papa. Ni siquiera la muerte de un hermano interrumpe su frenesí. ¿Cómo se llegó tan lejos?
Difícilmente un monasterio puede estar más aislado que el ubicado en Papa Stronsay, una pequeña isla en el extremo norte de Escocia, en el archipiélago de las Orcadas. Hace poco más de 25 años, la congregación de los Redentoristas Transalpinos estableció allí su monasterio Gólgota, tras comprar esa isla adyacente a Stronsay, contando esta última con un territorio mucho más extenso.
Que los Redentoristas Transalpinos lleven algún tiempo generando titulares en todo el mundo se debe exclusivamente a los propios monjes. Por muy remota que sea Papa Stronsay, los religiosos son muy activos en su comunicación. Publican una revista tradicionalista, transmiten misas y sermones en Internet y permiten que los laicos se unan a una Archicofradía del Purgatorio que ellos mismos dirigen. El último escalón de esta escalada, en el que los religiosos rechazan nuevamente las enseñanzas del Concilio Vaticano II y, expresamente, a todos los Papas desde Pablo VI, fue anunciado públicamente el 9 de mayo.
¿Qué dice el manifiesto publicado el sábado? Los Redentoristas Transalpinos llaman a todos los obispos a juzgar a los Papas posconciliares en un concilio sin el Papa. El manifiesto, firmado por los 28 miembros de la comunidad, concluye que la Iglesia habría sido infiltrada por enemigos al menos desde el Papa Gregorio XVI (1831-1846). El Concilio Vaticano II habría enseñado la «herejía masónica del indiferentismo». Según Gregorio XVI, el indiferentismo designa la posición según la cual para la salvación bastan las buenas obras y la confesión de fe es irrelevante, por lo que también los no católicos tendrían acceso a la salvación eterna.
Los Papas desde el Concilio Vaticano II habrían causado una «catástrofe espiritual de la mayor magnitud posible».
Los «pretendientes al papado» desde Pablo VI hasta el Papa actual habrían actuado en enseñanza y en obras contra sus predecesores preconciliares. Los Papas desde el Concilio Vaticano II habrían causado una «catástrofe espiritual de la mayor magnitud posible». Las nuevas decisiones doctrinales, morales, litúrgicas y disciplinares adoptadas desde el Concilio Vaticano II estarían en contradicción con las enseñanzas anteriores. Quien acepte el Concilio Vaticano II ya no estaría en comunión con la Iglesia católica. Para los católicos no es posible reconocer a un Papa y, al mismo tiempo, rechazar sus enseñanzas sobre la fe y las costumbres, así como sus instrucciones sobre disciplina y liturgia.
En el manifiesto no se declara vacante la sede papal, pero se califica a los Papas desde Pablo VI como «pretendientes al papado» y «supuestos Papas». La posición de los Redentoristas Transalpinos se sitúa así entre el sedevacantismo (que sostiene que la sede papal está vacante) y el sedeprivacionismo (que sostiene que una persona elegida formalmente como Papa no puede ejercer legítimamente el cargo debido a las herejías que defiende).
La protesta forma parte del ADN de la congregación. En 1988, el año de las ordenaciones episcopales ilegales de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, se fundó la comunidad con la bendición del fundador de los lefebvristas, el arzobispo Marcel Lefebvre. La congregación debía servir de refugio para redentoristas que no aceptaban la regla reformada de 1969 y deseaban mantener la liturgia preconciliar. El superior de la comunidad era entonces, como lo es hoy, el exredentorista Michael Mary Sim. Las raíces de la comunidad son, por tanto, cismáticas.
Hubo un período de reconciliación con la Iglesia: el motivo fue la liberalización de la celebración de la liturgia según el misal de 1962, que el Papa Benedicto XVI permitió en 2007 mediante el motu proprio Summorum Pontificum. Los Redentoristas Transalpinos aceptaron esta mano tendida; sus miembros regresaron en 2008 a la plena comunión con la Iglesia. Se separaron de la Fraternidad San Pío X y, tras un amplio proceso, fueron reconocidos en 2012 como comunidad de derecho diocesano por el obispo de Aberdeen, Hugh Gilbert. Desde entonces, el nombre oficial de la congregación es Hijos del Santísimo Redentor; la denominación Redentoristas Transalpinos sigue estando en uso solo de modo informal.
Sin embargo, el deshielo no duró mucho. Tras la renuncia de Benedicto XVI, en 2013 llegó al pontificado Francisco, un Papa con poca simpatía por la liturgia preconciliar. Las reformas de Benedicto permanecieron inicialmente en vigor, y los Redentoristas Transalpinos pudieron expandirse en 2017 a Nueva Zelanda, donde fundaron una nueva casa. Pronto, sin embargo, los medios locales informaron sobre exorcismos ilegales en los que varias personas, incluidos niños, habrían sufrido traumas. El Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada ordenó una visita apostólica. En 2024 se conocieron los resultados: el obispo de Christchurch, Michael Gielen, expulsó a la congregación de su diócesis. Los recursos presentados por la congregación ante las autoridades romanas correspondientes resultaron infructuosos.
Mientras tanto, el viento litúrgico procedente de Roma había cambiado claramente de dirección: en 2021, el Papa Francisco revocó con su motu proprio Traditionis custodes las liberalizaciones de Benedicto y reguló la «Misa antigua» de forma aún más restrictiva que en la situación anterior.
Los Redentoristas Transalpinos parecían haber sido devueltos por estos acontecimientos a sus raíces de protesta y cisma. Simplemente ignoraron la expulsión de Nueva Zelanda. En la práctica, esto no supuso ningún problema: la orden del obispo diocesano solo tiene efecto en el ámbito del derecho canónico; para las autoridades civiles, los permisos y prohibiciones eclesiásticas de residencia son irrelevantes.
En un capítulo general celebrado en Papa Stronsay del 3 al 16 de octubre de 2025, los religiosos redactaron una primera carta abierta «a los obispos católicos, sacerdotes, religiosos y fieles». De hecho, esta carta constituye probablemente un acto cismático. El derecho canónico define el cisma como «el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos».
Ya en esa carta se recogían numerosas quejas sobre el estado de la Iglesia, aunque el rechazo a los Papas era todavía menos explícito que en la declaración actual. Aun así, según el superior de la comunidad, fue suficiente para provocar una intervención episcopal. En octubre de 2025, el obispo Gilbert publicó una breve declaración, en la decía que «la diócesis deplora profundamente el tono, la dirección y los contenidos fundamentales de esta carta. Resulta incompatible con el sentido católico de la unidad de la Iglesia». Se retiró la autorización concedida a la congregación para celebrar la liturgia preconciliar en la diócesis. Asimismo, se señalaba que la diócesis se mantenía abierta al diálogo, pero que también se había informado del caso a las autoridades vaticanas competentes. Desde entonces, no ha habido más comunicados oficiales por parte de la diócesis, ni siquiera sobre la situación actual.
La congregación, por el contrario, suele ser muy comunicativa. En entrevistas con medios afines, el superior Michael Mary se pronunció la semana pasada. Según él, el obispo Gilbert recibió la carta incendiaria del capítulo general y la calificó de «vergüenza».
Cuando existe sospecha de delitos graves contra la fe, como cisma y herejía, un obispo diocesano debe actuar. Y según Michael Mary, el obispo Gilbert ya lo ha hecho: se ha abierto una investigación contra él precisamente por estos delitos. Formalmente, el procedimiento consiste en que el obispo diocesano o su vicario general inicie una investigación previa en la que se examinan las indicaciones de delitos canónicos y, al final, se recomienda si se debe abrir un proceso formal. En delitos de este tipo, la competencia corresponde al Dicasterio para la Doctrina de la Fe en Roma como autoridad judicial, y no al obispo y su tribunal diocesano.
La pena prevista para la herejía y el cisma es la excomunión. No sorprende que esta perspectiva asuste poco a los Redentoristas Transalpinos, ya que de todos modos no reconocen la jerarquía de la Iglesia, por lo que consideran nulas todas las penas que ésta imponga.
Esta posición parece dominar por completo la congregación. En su comunicación, todo gira en torno al rechazo de la Iglesia del Concilio Vaticano II y al proyecto de organizar un concilio sin el Papa. A las escaladas autoinfligidas de las últimas semanas se suma además una tragedia personal: el hermano Ignatius, de 24 años y originario de Nueva Zelanda, se halla en situación de desaparecido desde mediados de abril. La policía pronto consideró que había muerto en el mar. El miércoles se encontró un cadáver frente a la costa de Stronsay. Todavía no se ha podido confirmar definitivamente si se trata del hermano Ignatius.
Hasta ahora la congregación no ha hecho ninguna declaración sobre su hermano desaparecido, a diferencia del obispo Gilbert. Sin mencionar los conflictos y sus escaladas, mostró su tristeza tras la noticia del fallecimiento. «Nuestros pensamientos y oraciones permanecen con los amigos y familiares del hermano Ignatius y con la comunidad de Papa Stronsay», dice en su breve comunicado.
Fuente: katholisch.de