Orad constantemente 2

Bajo el título “Orad constantemente 1” hemos recogido, como atmósfera de oración, tres poemas, destacando la belleza de una muchacha (Gerardo Diego), el misterio de la muerte (Blas de Otero) y la Creación del hombre (Valentín Arteaga). En el día de hoy reproducimos cuatro intensos títulos: “Toma, Señor”, “Dios y el mar”, Oración de la noche” y “Elogio de la imperfección”. Antes de darlos a conocer, os invito a asomaros a unas interesantes reflexiones de Anthony de Melo en “Shadana”,que sugieren relacionar respiración y amor:

“En cierta ocasión me contó un amigo jesuita que había recurrido a un guru indú para iniciarse en el arte de orar. El gurú le dijo: Concéntrese en su respiración. Mi amigo lo intentó durante unos cinco minutos. Después le dijo el gurú: El aire que usted respira es Dios. Usted está aspirando y espirando a Dios. Convénzase de ello y mantenga este convencimiento. Mi amigo hizo algunos esfuerzos mentales para encajar teológicamente estas afirmaciones; después siguió las instrucciones durante horas, día tras día, y descubrió, para sorpresa suya, que orar puede ser tan sencillo como respirar. Además descubrió en este ejercicio una profundidad, una satisfacción y un alimento espiritual que jamás había encontrado anteriormente en las innumerables horas que había dedicado a la oración durante muchos años.”

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Mi templo es tuyo
Apoyándose en la oración de san Ignacio “Tomad, Señor, y recibid...” ha construido Jesús Mauleón una plegaria de abandono exuberante y hermosa. El punto de partida es reconocer el caudal de dones que hemos recibido de Dios (los talentos del evangelio). Somos, soy, templo perfumado, musical, luminoso, de góticas torres... Sugerencia: soy templo de Dios. Mi riqueza es la fe, mi tesoro la presencia de Dios y su Hijo... (Leer y meditar las tres primeras estrofas). Desde la seguridad de ser valioso y sagrado puedo, de pie, elevar las manos en copa hacia Dios y ofrecerle todo lo que soy, acercándolas al pecho. (Meditar las últimas estrofas).

TOMA, SEÑOR

De pronto he comprendido
que puedo ser un don,
¿pues no me has levantado como un templo
rico de dones tuyos?

Aliento en tu perfume como incienso,
bebo en tu luz, respiro por tu música,
me siento firme, alzado,
pleno de tu presencia.

¡Cuánta memoria de felices días!
¡Qué súbitos reflejos de tu gloria
deslumbraron mi pobre inteligencia!
¡Cuánto sabor a ti, qué voluntad
firmísima desde mi oscura sombra protegida! 

Hoy todo te lo doy. Mi templo es tuyo.
Tuyo es cuanto cobija y cuanto cubre
mi bóveda de ser.
Tuyo soy yo, mi amor, mis días.
Tuya mi voluntad, mi entendimiento,
tuya la pesadumbre de mis sombras. 

Me bastas tú.
Tu amor solo me basta.

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Igual que en el mar, en la mano tuya
Podíamos jugar a leerle a Dios las rayas de su mano, a echarle la buenaventura (¡qué larga la raya de su Vida!). O a quedarnos dormidos en el nido de plumas de su palma. O mejor, con Carmen Conde, nacida a orillas del Mediterráneo, abandonarnos, como en el reino de liliput, al oleaje de sus tactos azules. Sugerencia: me tiendo horizontal en el suelo, brazos en cruz. Estoy flotando en el mar de Dios, abandonado a sus cuidados, sin tensión, con fe, con esperanza, con amor... Soy ahora una embarcación y se agita el mar. Pero conmigo está Jesús en el puesto de mando, haciéndose el dormido. Confío en él y amaina la tempestad... Leer, meditar, sentir el poema verso a verso...

DIOS Y EL MAR

Como nadando, abandonada
al agua gruesa del mar.
O mejor que si nadara: flotante
en ondas firmes, en ondas fuertes,
en la inmensa ola azul
que se juntara
con otra inmensa ola azul. Hasta los cielos.
Así, en tu mano.
Igual que en el mar, en la mano tuya:
abierta, infinita mano, ilimitada,
que sostiene mi cuerpo sin tensión...
Tú, el mar. El mar, Tú.
La ola, tu mano: la mano, tu ola.
Abandonándome a los dos, ciega
y sorda y vuestra. Con fe.
¡No hay peligro de ahogarse,
ni de morir sin alegría de que la muerte
no sea bellísima liberación
hacia Ti!
El misterio de la confianza
reside en nadar, en flotar, en abandonarse
plenamente a Ti,
sola y eternamente a Ti.
Al mar.

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