Los hechos ocurrieron allí porque “era una parroquia” y eso debe quedar en la memoria
Serie 3 de marzo 50 años. La parroquia de San Francisco que no debería haberse cerrado
La Acción Católica, y más concretamente la HOAC debería reclamar un espacio propio en San Francisco; el gesto de denuncia por las muertes y accidentes laborales promovido por el Secretariado Social Diocesano debería encontrar en San Francisco su nuevo espacio reivindicativo, al que podrían sumarse agentes sociales que conviven en este nuevo espacio; las actividades vinculadas con el mundo de lo laboral de Cáritas, de Berakah podrían tener su espacio en San Francisco; la historia de la lucha obrera que ha contado con el respaldo de la Iglesia debería exponerse en este espacio; ¡anda que no hay vínculos entre la iglesia y el mundo del trabajo como para que se hagan presentes en esta Iglesia/Memorial que puede convertirse en el icono de la lucha obrera con el Evangelio en la mano!
La iglesia de San Francisco de Asís nació en la diócesis de Vitoria en el marco de la respuesta urbanística al incremento de la población en la ciudad, migrante en su mayoría, que acudieron a la llamada del crecimiento industrial de la capital alavesa. Su nombre vino a reparar uno de los “atentados urbanísticos” más clamorosos llevados a cabo en la todavía entonces solo “Vitoria”, el derribo más inmisericorde de uno de los conventos de la ciudad. Por otro lado, fue una de las tres parroquias que monseñor Peralta proyectó y puso en manos de arquitectos que dejarían huella de las nuevas concepciones artísticas de mediados del siglo XX en la arquitectura religiosa. El arquitecto, Luis Peña Ganchegui, tomó como referencia la Plaza Nueva de la ciudad y recreó un espacio que asombra arquitectónicamente, aunque el tiempo demostró que resultaba poco operativo pastoralmente. La belleza arquitectónica la pagaron (la pagamos) con creces los feligreses que acudían a las celebraciones, sobre todo en el largo invierno vitoriano; porque en verano, el fresco se agradece, aunque hasta cierto punto.
San Francisco está ubicada en un barrio obrero, por lo que pasó a ser una parroquia con un sello obrero, como las de su entorno, Belén y Buen Pastor. Y eso se demostraba en toda la pastoral, en las catequesis, en las celebraciones, en los grupos de caridad y misiones, en las fiestas del barrio, en los movimientos, grupos y asociaciones que fueron surgiendo, desde el seno de la comunidad cristiana unos, y desde fuera otros que eran acogidos.
En los años de la transición los curas de la parroquia formaban parte del colectivo de sacerdotes que tenían muy claro que su compromiso con el Evangelio les obligaba a estar con los pobres y oprimidos, con la clase obrera, con el pueblo que clamaba un salario digno y unas mejores condiciones laborales. Porque eso, y no otras demandas que luego arrimaron su ascua en el recuerdo del 3 de marzo a partir de mediados de los 80, son las que se reivindicaban en las asambleas de obreros celebradas en las iglesias, no solo en San Francisco, también en Belén, en el Buen Pastor, en San José de Arana, en los Ángeles o en el Pilar, acogiéndose al todavía vigente derecho “a sagrado”, que por muy medieval que resulte, fue en muchas ocasiones un escudo contra la violencia policial.
Aquellos hechos del 3 de marzo conmocionaron a medio mundo, pero de manera especial a los vitorianos que los vivimos con una u otra edad. Las imágenes y audios difundidos, el funeral en la catedral al que muchos acudimos con nuestras madres, “porque había que estar ahí” dijo siempre mi madre.
Pasaron unos años donde el silencio fue el acompañante de las víctimas y sus familias. Un silencio al que se intentó poner precio y algunos lo aceptaron; una soledad que solo ellos saben cómo la pudieron gestionar.
No tengo el dato del año, pero sí el testimonio de un ex seminarista que participó en un privado homenaje “a los caídos” el 3 de marzo en el interior del bar el Chusta, en Mateo Moraza. Aquel año el recuerdo de las familias y este acto debieron ser los únicos gestos de memoria del 3 de marzo.
Poco después la izquierda abertzale supo arropar como otros no lo hicieron a las víctimas del 3 de marzo. Supo ser el altavoz de sus voces, que mezclaron con las suyas. Así, y durante muchos años, las consignas del 3 de marzo mezclaban las originales reivindicaciones salariales con los “goras a ETA” e “Independentzia”. Era un precio que gustosos podrían pagar quienes a cambio veían una riada de gente acompañando las pancartas de las cinco víctimas del 3 de marzo del 76. Sé que este relato no lo comparten algunos, pero es que lo vieron mis ojos y lo escucharon mis oídos.
Mientras tanto la vida parroquial continuaba. Cuando la Asociación 3 de marzo solicitaba locales para sus asambleas, la parroquia se los cedía. Cuando sin permiso se pintaban o colgaban pancartas, estas manifestaciones de libertad de expresión se respetaban durante un tiempo, se pedían su retirada y se acababan retirando por parte de los curas o feligreses.
Lo que nunca se dio es una relación pastoral. Nunca nadie pidió una misa en memoria de los fallecidos, ni siquiera los católicos cercanos a la memoria del 3 de marzo. La asociación del 3 de marzo siempre ha hecho uso de la iglesia y sus espacios como si de un feligrés más se tratase, pero nunca se sintieron parte de la comunidad cristiana que sostenía, en todos los sentidos y gastos, la parroquia.
En San Francisco se pusieron en marcha muchas actividades que se ofrecían al barrio, además de los lógicos servicios pastorales de catequesis, Cáritas, los sacramentos y los funerales, y todo lo que tiene que ver específicamente con la atención pastoral, también al abrigo parroquial surgió el Grupo de Amigos de San Francisco que hacían excursiones, que montaban obras de Teatro, que ponían un belén de grandes dimensiones con sus luces y mecanismos de movimiento; el grupo de Tiempo Libre de la parroquia se ocupó de las vacaciones al aire libre de cientos de hijos del barrio. La comunidad de San Francisco no fue ajena al movimiento misionero vasco y en varios momentos del año se volcaba la mirada y la caridad hacia proyectos en el Tercer Mundo. Como barrio obrero sabía de primera mano las penurias de sus vecinos, de las viudas y huérfanos por accidentes laborales, …. pero quizá faltó algo. Quizá por miedo, o por otros motivos, lo cierto es que las víctimas del 3 de marzo no parece se sintieran acogidas por la parroquia, como tampoco les acogió por décadas la sociedad vitoriana, es la triste realidad. En el fragor de la transición su causa se disipó, era muy pronto para llamar a juicio a los culpables, durante muchos años nadie quería ponerle el cascabel al gato, y así se construyó la frustración de unos, que fue aprovechada por otros.
En las hemerotecas se puede encontrar el proceso por el que algunos sindicatos se fueron desligando de la celebración de un 3 de marzo que nada tenía que ver con los hechos acaecidos en 1976. Las portadas de los periódicos en las hemerotecas son sin duda un reflejo de cómo en años el 3 de marzo pasó inadvertido. Salvo para las familias afectadas.
Y la Iglesia de San Francisco seguía siendo parroquia, y su feligresía seguía chupando frío domingo tras domingo, y cada vez que había que rendir cuentas la conclusión era la misma, esta iglesia es un pozo de gastos sin fondo. Es imposible calentar ese espacio con la estructura que tiene. Si se pudiesen bajar los techos, o forrar con corcho las paredes, o poner un suelo de madera y aislante, …. o cerrar las mil fugas de aire … pero la obra del artista merece un respeto y la ley de patrimonio defiende que “eso no se toca”.
El descenso de feligresía, la pérdida del papel social de la Iglesia, las crisis económicas que afecta a todos y de rebote “a todos” también, la escasez de vocaciones, el cansancio acumulado del clero, …. falta vida parroquial, sobran iglesias, y algunas nos cuestan un riñón: conclusión demos cerrojazo a las más deficitarias. Y en el ranquin de templos deficitarios estaba con muchos puntos San Francisco de Asis.
Cuando se hizo público el cierre de la iglesia como parroquia en seguida le salieron novias y proyectos para darle un uso. Algunos se plantearon en la cocina de mi casa, como la de convertir San Francisco, dada la proximidad a Santa Isabel, en un mega columbario diocesano; otra idea era ofrecer espacios a Cáritas Diocesana, pero lo que Cáritas necesitaba era otro tipo de espacio; Berakah también salía en las propuestas, hace tiempo que a la Despensa de Tagbah le vendría bien desdoblarla, crear otra “sucursal”; al final la familia Sanchez Iñigo logró colar su propuesta para albergar un museo permanente de belenes. Era un proyecto que podría haber relanzado el belenismo local si, a mi juicio, se hubiese hecho bien, si se hubiese unido todo el belenismo local. Porque al final lo que se hizo ha vuelto a ser un “quiero y no puedo” que, además, se desconoce la repercusión económica que ha podido tener para la Diócesis durante estos años. Cómo se ha financiado la luz y la calefacción usada, en particular durante el periodo navideño en el que se abría el templo para enseñar los belenes de Luis Mari.
La exposición de belenes fue una alternativa que justificaba la paralización de cualquier planteamiento del uso del templo por agentes externos a la Iglesia. Por eso se trasladó también durante un tiempo a los del Servicio de La Palabra, hasta que “la palabra” se quedó helada también.
La exposición de los belenes ha resultado un proyecto estático, sin recorrido, sin futuro. Ya en su gestación aquello no tenía buena pinta, cuando otro buen hombre del barrio y un servidor fuimos invitados a representar a la feligresía de San Francisco de Asís y asistimos a un par de reuniones donde “todo” estaba decidido. Y nosotros renunciamos a seguir siendo convidados de piedra.
La inactividad absoluta en el templo ha ido creando el caldo de cultivo propicio para generar la sensación de abandono por parte de la Iglesia de esta iglesia, pero también ha propiciado que la presión social hiciera ver al obispado la necesidad de dar pasos para responder a esa demanda relacionada con el 3 de marzo, pero hacerla desde un proyecto interinstitucional, como es ahora.
La iglesia de San Francisco de Asís difícilmente puede aspirar a recuperar su papel como parroquia, por muchos motivos sobradamente conocidos, pero no debería renunciar a seguir siendo iglesia, como edificio y por sus actividades. Entre varias razones, creo que una importante, y que debería recibir el consenso de las instituciones también por su razón histórica, es que lo que sucedió, sucedió porque aquello era una Iglesia, si deja de ser Iglesia pierde el sentido primigenio y pasa a convertirse en un edificio civil, y el centro de la memoria podría haberse albergado ahí o en el Centro Cívico Iparralde. No descarto que para algunos lo importante no es el fondo sino la forma, no es importante la simbología intrínseca de que los hechos sucedieron en una Iglesia, sino la simple geolocalización de los hechos. Pero una justa memoria histórica ha de contar en el relato con los detalles inmateriales.
Algunas parroquias de Vitoria acogieron las asambleas de trabajadores en aquellos años no solo por ser espacios grandes, que también, sino porque los sacerdotes responsables de las mismas abrieron sus puertas convencidos de que esa era su obligación como cristianos. El compromiso con la lucha obrera de la Iglesia nacía del mismo Evangelio. Y eso es lo que estaría bien que permaneciera presente en San Francisco en esta nueva etapa. Aunque todo apunta a que no será así. Son muchos los interesados en “rebajar” a San Francisco a un edificio puramente civil, laico, aconfesional y no le suprimen el nombre de San Francisco porque …
Este discurso ya lo he repetido anteriormente, pero insisto en propuestas que aún me parecen recuperables: La capilla, corazón del templo, podría mantenerse como espacio espiritual, que no parezca que hemos dejado de creer en el poder de la oración, ¡los que creemos claro!; la Acción Católica, y más concretamente la HOAC debería reclamar un espacio propio en San Francisco; el gesto de denuncia por las muertes y accidentes laborales promovido por el Secretariado Social Diocesano debería encontrar en San Francisco su nuevo espacio reivindicativo, al que podrían sumarse agentes sociales que conviven en este nuevo espacio; las actividades vinculadas con el mundo de lo laboral de Cáritas, de Berakah podrían tener su espacio en San Francisco; la historia de la lucha obrera que ha contado con el respaldo de la Iglesia debería exponerse en este espacio; ¡anda que no hay vínculos entre la iglesia y el mundo del trabajo como para que se hagan presentes en esta Iglesia/Memorial que puede convertirse en el icono de la lucha obrera con el Evangelio en la mano! ¡Anda que no podríamos encontrar material expositivo en nuestros archivos del compromiso de laicos y consagrados con el mundo obrero!
Todo esto tiene solo una pega, de nada valdrían todas las ideas que puedan ponerse sobre la mesa si no hay gente que se decida a llevarlas adelante. Si la comunidad cristiana no ocupa su puesto en la Iglesia de San Francisco de Asís, merecido tendremos que un día deje de ser recordada como la iglesia de San Francisco y quede tan solo en el edificio de la Memoria del 3 de marzo.