Basta ya de administrar la escucha de las víctimas

Una reflexión ante el encuentro de León XIV con víctimas de abusos sexuales en Lourdes

Pederastia eclesial
Pederastia eclesial
A., víctima de abusos en la Iglesia española
17 sep 2026 - 12:11

Hace apenas unos meses escribí públicamente una carta durante la visita del papa León XIV a España. Lo hice como víctima de abusos sexuales en el seno de la Iglesia católica y como una persona que camina por libre, sin representar a ninguna asociación ni pretender hablar en nombre de nadie.

Había escrito previamente a la Nunciatura Apostólica. Había solicitado respetuosamente una audiencia. Había dirigido una carta al Santo Padre explicándole quién era, qué había sufrido y por qué para mí podía tener un profundo valor reparador ser escuchado durante unos minutos. Al no obtener respuesta, insistí.

La respuesta fue el silencio.

No fui el único.

Mientras el Papa recorría España, distintas víctimas y asociaciones reclamaban ser escuchadas. Algunas se manifestaron ante la Nunciatura. Otras hicieron llegar sus peticiones por diferentes vías. Finalmente, León XIV recibió a seis víctimas. Me alegré por ellas entonces y sigo alegrándome hoy. Nunca he considerado que una víctima deba justificar por qué es recibida mientras otra no. El problema nunca son las víctimas elegidas. El problema es quién elige, cómo elige y qué hace con todas las demás.

Eso fue lo que escribí entonces.

Y hoy, al conocer que el próximo 27 de septiembre el Papa recibirá en Lourdes a siete víctimas de abusos sexuales en la Iglesia francesa, vuelve a mí inevitablemente aquella pregunta.

No porque esas víctimas no deban ser recibidas.

Deben serlo.

Ojalá puedan hablar. Ojalá puedan decirle al Papa lo que tantas personas llevamos años intentando decir. Ojalá no tengan delante únicamente a un jefe de Estado o al máximo responsable de una institución, sino a un ser humano dispuesto a escuchar sin defenderse, sin administrar tiempos, sin colocar filtros y sin convertir su dolor en una pieza de protocolo.

Ojalá puedan hablar. Ojalá puedan decirle al Papa lo que tantas personas llevamos años intentando decir. Ojalá no tengan delante únicamente a un jefe de Estado o al máximo responsable de una institución, sino a un ser humano dispuesto a escuchar sin defenderse, sin administrar tiempos, sin colocar filtros y sin convertir su dolor en una pieza de protocolo

Ellas mismas han tenido la dignidad de dejarlo claro antes incluso del encuentro: no representan a todas las víctimas y ser recibidas no significa renunciar a sus reivindicaciones.

Ese gesto merece respeto.

Precisamente por eso, esta reflexión no va contra ellas.

Va dirigida al Vaticano.

Va dirigida al Papa.

Va dirigida a las conferencias episcopales.

Y va dirigida a una Iglesia que todavía parece no haber comprendido algo elemental: la escucha de una víctima no puede ser un privilegio concedido desde arriba.

Protesta de víctimas de pederastia frente a la Nunciatura
Protesta de víctimas de pederastia frente a la Nunciatura

Porque entonces aparece una pregunta terrible.

¿Hay víctimas de primera y víctimas de segunda?

En España se dejaron solicitudes sin contestar.

La mía fue una de ellas.

No pedía una fotografía. No pedía aparecer junto al Papa. No pedía protagonismo. Pedía ser escuchado.

Y ni siquiera recibí un «no».

Eso es lo que cuesta comprender.

Hay víctimas de primera y víctimas de segunda? En España se dejaron solicitudes sin contestar. La mía fue una de ellas. No pedía una fotografía. No pedía aparecer junto al Papa. No pedía protagonismo. Pedía ser escuchado

¿Cómo puede una institución que lleva años hablando de escucha, reparación, acompañamiento, dignidad y centralidad de las víctimas ser incapaz de responder a una víctima que llama educadamente a su puerta?

¿Cómo puede hablarse después de cercanía?

¿Cómo puede predicarse que ninguna persona debe quedar al margen mientras las propias víctimas tienen que preguntarse qué puerta deben tocar, qué asociación debe representarlas, quién debe recomendarlas o qué perfil deben tener para conseguir unos minutos de escucha?

Yo voy por libre.

Y precisamente por eso sé lo que significa no tener detrás una estructura que llame por ti.

Pero en España tampoco se trató únicamente de mi caso. Asociaciones y víctimas organizadas protestaron públicamente por la manera en que se preparó aquel encuentro. Se cuestionó la falta de transparencia y la exclusión de colectivos que llevaban años reclamando reparación.

El papá con las víctimas de abusos en Madrid
El papá con las víctimas de abusos en Madrid | Vatican Media

Por eso el problema sigue ahí.

No puede existir una especie de casting del dolor.

No puede haber víctimas institucionalmente convenientes y víctimas incómodas.

No puede haber víctimas a las que se abre la puerta y víctimas a las que ni siquiera se responde el correo.

Y, sobre todo, la Iglesia no puede decidir qué testimonios quiere escuchar para después presentar ese encuentro como la voz de «las víctimas».

Las víctimas somos plurales.

Pensamos distinto.

Creemos o no creemos.

Victimas de abusos en España
Victimas de abusos en España

Algunas seguimos dentro de la Iglesia y otras no queremos volver a entrar jamás.

Algunas pertenecen a asociaciones y otras caminamos solas.

Algunas quieren reconciliación espiritual. Otras quieren responsabilidades, transparencia, reparación económica, archivos abiertos y cambios estructurales.

Y todas somos víctimas.

Lourdes puede ser una oportunidad. También un espejo.

Deseo sinceramente que las víctimas francesas que estarán ante León XIV puedan aprovechar ese encuentro para decir aquello que tantas otras no pudimos decirle en España.

Santuario de Lourdes
Santuario de Lourdes

Que puedan hablar sin autocensura.

Que puedan incomodar.

Porque escuchar verdaderamente a una víctima significa aceptar la posibilidad de sentirse incómodo.

Si el encuentro sólo sirve para producir una fotografía, un comunicado amable y unas palabras cuidadosamente escogidas sobre el dolor, habremos vuelto a equivocarnos.

Si sirve para escuchar aquello que la Iglesia preferiría no escuchar, entonces quizá habrá valido la pena.

Pero Lourdes coloca también al Vaticano ante un espejo.

Porque resulta inevitable comparar.

¿Por qué unas sí y otras no?

Lema del viaje de León XIV a Francia
Lema del viaje de León XIV a Francia

¿Por qué una víctima que escribe respetuosamente a la representación de la Santa Sede en España no merece siquiera una respuesta?

¿Quién decide quién puede mirar al Papa a los ojos?

¿Con qué criterios?

¿Dónde quedan quienes no han sido elegidos?

¿Qué mensaje recibe una víctima cuando ve que otra persona puede sentarse frente al Santo Padre mientras a ella ni siquiera le contestaron?

No hablo de celos.

No hablo de competir por el sufrimiento.

Quién decide quién puede mirar al Papa a los ojos? ¿Con qué criterios? ¿Dónde quedan quienes no han sido elegidos? ¿Qué mensaje recibe una víctima cuando ve que otra persona puede sentarse frente al Santo Padre mientras a ella ni siquiera le contestaron?

Precisamente lo contrario.

Me niego a que nos conviertan en competidores.

El dolor de una víctima no resta valor al de otra.

Que una sea recibida debería abrir puertas para las demás, no cerrarlas.

Y si hoy se abre una puerta en Lourdes, detrás de ella hay también décadas de lucha de víctimas francesas, españolas y de muchos otros lugares que se negaron a callar. Personas que denunciaron cuando nadie quería escuchar. Personas que se plantaron ante obispados. Personas que acudieron a los tribunales. Personas que hablaron con periodistas. Personas que escribieron cartas que nunca fueron contestadas.

Abusos
Abusos | José Rivela

Cada puerta que hoy se abre se apoya también sobre todas esas voces.

Por eso me alegro de que esas siete personas puedan entrar.

Pero sigo preguntándome por quienes permanecen fuera.

¿Qué le pasa a la Iglesia con las víctimas?

Es una pregunta que ya no puede responderse únicamente con documentos, comisiones, protocolos y palabras solemnes.

¿Qué le pasa a la Iglesia?

¿Qué le pasa al Vaticano?

Reunión de la Unidad de Víctimas
Reunión de la Unidad de Víctimas | Defensor del Pueblo

¿Qué le ocurre a su cúpula para que, después de todo lo conocido, escuchar a las víctimas continúe siendo algo tan difícil?

¿Por qué seguimos teniendo que reclamar una y otra vez lo más elemental?

¿Por qué cada avance parece necesitar años de presión?

¿Por qué una institución que habla tanto de misericordia puede resultar tan fría cuando quien llama a la puerta lleva una herida producida precisamente dentro de esa institución?

Hay momentos en los que una víctima termina cansándose incluso de mantener las formas.

Durante años he intentado expresarme públicamente con educación. He sido firme. He sido duro cuando lo he considerado necesario. He procurado distinguir entre personas que me han tratado bien y estructuras que han funcionado mal. Y quiero seguir haciéndolo.

Basta ya. Basta ya de administrar quién merece ser escuchado. Basta ya de seleccionar unas voces mientras otras permanecen ante una puerta cerrada. Basta ya de presentar cada encuentro como una demostración de sensibilidad si después decenas de víctimas continúan esperando una respuesta

Pero respeto no significa silencio.

Y ha llegado un momento en que también hay que decir:

Basta ya.

Basta ya de administrar quién merece ser escuchado.

Basta ya de seleccionar unas voces mientras otras permanecen ante una puerta cerrada.

Basta ya de presentar cada encuentro como una demostración de sensibilidad si después decenas de víctimas continúan esperando una respuesta.

Basta ya de convertir la escucha en un acto excepcional que depende de una agenda pontificia.

Basta ya de palabras sobre centralidad de las víctimas mientras somos las víctimas quienes seguimos persiguiendo a las instituciones para conseguir esa centralidad.

Porque eso también hace daño.

Abusos
Abusos

Ignorar a una víctima también puede ser una forma de maltrato institucional.

No es el mismo daño que el abuso sufrido. No pretendo compararlos. Pero puede reactivar la misma experiencia de invisibilidad, impotencia y abandono que muchas personas llevamos dentro desde hace décadas.

Y eso debería preocupar profundamente a una Iglesia que afirma querer reparar.

Santo Padre: escúchelas. Pero después siga escuchando.

Escuche en Lourdes a esas siete personas.

Escúchelas de verdad.

Permita que le incomoden.

Permita que le cuestionen.

Permita que le digan cosas que quizá nadie de su entorno quiera decirle.

Pero cuando termine esa reunión, no considere cumplida la tarea.

Porque detrás de esas siete personas hay miles.

Detrás de las seis que fueron recibidas en Madrid había muchas más.

Escuche en Lourdes a esas siete personas. Escúchelas de verdad. Permita que le incomoden. Permita que le cuestionen. Permita que le digan cosas que quizá nadie de su entorno quiera decirle. Pero cuando termine esa reunión, no considere cumplida la tarea. Porque detrás de esas siete personas hay miles. Detrás de las seis que fueron recibidas en Madrid había muchas más

Y detrás de cada víctima visible hay otras que todavía no pueden hablar, que no saben a quién dirigirse o que llevan toda una vida convencidas de que nadie las escuchará.

No queremos una Iglesia que elija unas pocas historias para demostrar que escucha.

Queremos una Iglesia capaz de escuchar incluso cuando escuchar cuesta.

No queremos fotografías.

Queremos verdad.

No queremos ceremonias.

Queremos reparación.

No queremos que nos administren.

Queremos ser tratados como personas adultas, libres y dignas.

Víctimas de abusos en Roma
Víctimas de abusos en Roma | SNAP

Y no queremos volver a escuchar que «las víctimas están en el centro» mientras seguimos viendo puertas cerradas.

A las víctimas que estarán en Lourdes les deseo fuerza.

Que hablen.

Que digan todo aquello que necesiten decir.

Que nadie utilice después su presencia para afirmar que el problema está resuelto.

Y que sepan que detrás de ellas estamos también muchas personas que, desde lugares distintos y con historias distintas, llevamos años empujando la misma puerta.

Al Papa, al Vaticano y a la Iglesia sólo puedo terminar diciéndoles algo muy sencillo:

no nos obliguen a seguir preguntando quién merece ser escuchado.

Porque mientras una sola víctima tenga que hacerlo, la reparación seguirá incompleta.

Y mientras existan víctimas que se sientan de primera y víctimas que se sientan de segunda, algo muy profundo seguirá estando roto.

Basta ya.

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