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Que acabe ya la guerra

La caída de la otra Semana Santa

"Una liturgia laica, la procesión viva de la Semana Santa de cada día"

"Jesús caía una vez más, en agonía hasta el fin del mundo, como decía Pascal"

(Julio Puente López).- José María, ese es su verdadero nombre, se cayó de bruces en una acera no lejos de sus casa, en un céntrico barrio madrileño. Venía de hacer la compra, arrastrando su carrito. Tenía el pelo blanco, como nieve centenaria. Fueron dos segundos los que estuvo allí en la acera, inerte, con la cara ensangrentada contra los adoquines salpicados de gruesas gotas de sangre, sobre los que quedaron milagrosamente intactas sus viejas lentes.

Dos segundos solamente, los que tardó en atenderle como mejor supo y pudo un vecino, que venía también de comprar el periódico y de hacer su compra. Lo incorporó con cuidado sentándolo en la acera. A la vez que lo sujetaba para que no se cayera, iba serenándolo y limpiando con pañuelos de papel la sangre que le manaba de las heridas, que ya había manchado las ropas del herido. Le dijo unas palabras tranquilizadoras, porque en seguida se aproximaron otros viandantes dispuestos a ayudar.

"Así, sentado, es mejor", había dicho, la profesora de música que venía con su nena en el cochecito, y que se encargó, solícita como la Marta del Evangelio, de llamar con su móvil al Samur. La señora del bar próximo, cual otra Verónica, trajo rápidamente más papel limpio para ayudar a asear el rostro del anciano, con su mirada algo perdida, aturdido y doliente, con aquellos hilillos de sangre, aquella seria brecha, sus ropas manchadas.

Otros vecinos alertaron rápidamente al personal sanitario de una ambulancia aparcada frente al centro de salud cercano que atendía a otro enfermo. Llegó un técnico sanitario, la primera ayuda con las gasas esterilizadas y los primeros auxilios. No tardó en venir también la ambulancia. Luego, con el lógico sobresalto, llegó la hija del herido, avisada por la profesora, que allí se había ido con el cochecito y su niña, a la dirección, ocho números más arriba, que apenas había podido balbucir José María.

Fue este Lunes Santo. Una caída que podía haber sido fatal, bajo el peso de la vida y de los años, como aquellas de Jesús bajo el peso de la cruz. Jesús caía una vez más, en agonía hasta el fin del mundo, como decía Pascal. ¿Eran creyentes los samaritanos que atendieron al caído en el camino? Ciertamente, a su manera cada uno, aunque fueran ateos o agnósticos respecto a algunos dioses. Fue una liturgia laica, la procesión viva de la Semana Santa de cada día.

Allí, en una calle de nuestra ciudad, - no siempre, es verdad, tan acogedora y ejemplar con todos -, se hizo presente, una vez más, como en tantos otros lugares del mundo, la comunidad solidaria del amor fraterno, la humanidad que, en medio de las legítimas vacaciones y del folklore popular y religioso de las procesiones tradicionales, no olvida la lucha contra el sufrimiento y la atención al desvalido, la comunidad de Mt 25, 40, la respuesta a aquellos que pregunten: "Señor, ¿cuándo te vimos enfermo y necesitado?" Es la respuesta también al que quiera saber dónde está Dios, lo que es, a la postre, verdadera religión.

Caída de Cristo

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