Carta a los mercaderes de la muerte del cardenal Bataglia: "Devolved los hijos a sus madres, los padres a sus hogares, los sueños a la tierra"
"A vosotros que traficáis con la sangre de los hombres, a vosotros que contáis las ganancias mientras las madres cuentan a sus hijos, a vosotros que llamáis «estrategia» lo que el Evangelio llama escándalo"
A los mercaderes de la muerte,
a vosotros que traficáis con la sangre de los hombres,
a vosotros que contáis las ganancias mientras las madres cuentan a sus hijos,
a vosotros que llamáis «estrategia» lo que el Evangelio llama escándalo,
os dirijo palabras que no surgen de la diplomacia, sino de la herida.
Os escribo desde esta tierra temblorosa.
Tiembla bajo los pasos de los pobres,
bajo el llanto de los niños,
bajo el silencio de los inocentes,
bajo el rugido feroz de las armas que construisteis, vendisteis, bendecidas por su cinismo.
Os escribo mientras el mundo parece haber reaprendido el lenguaje de Caín.
Aquel antiguo y terrible lenguaje que pregunta:
«¿Soy acaso el guardián de mi hermano?».
Y, sin embargo, sí, lo somos.
Todos lo somos.
Y vosotros, más que otros, porque habéis elegido no solo mirar hacia otro lado, sino aprovecharos de la herida de vuestro hermano.
Hay noches, en este tiempo, en que la humanidad parece perdida.
Largas noches, donde el cielo no ofrece consuelo y la tierra solo devuelve escombros.
Sin embargo, allí mismo, en el corazón de la noche, el Evangelio sigue persistiendo.
Sigue diciendo que ningún hombre nace para ser un blanco.
Que ningún niño está destinado al polvo.
Que ninguna madre debe aprender a reconocer a su hijo de un jirón de tela.
Que la paz no es una debilidad de la que burlarse, sino la forma más alta de fortaleza.
Vosotros hacéis lo contrario del pan.
El pan se parte para alimentar.
Las armas rompen cuerpos para matar de hambre al futuro.
El pan pone a los hombres a la mesa.
Las armas cavan zanjas, vacían casas, extienden mesas sin comensales.
El pan tiene olor a manos.
Las armas tienen el frío olor de los presupuestos
Y decidme: ¿cómo lo hacéis?
¿Cómo dormís sabiendo que detrás de cada contrato hay carne sangriente?
¿Que detrás de cada firma hay una escuela vacía, un hospital demolido, un rostro borrado?
¿Cómo podéis llamar «mercado» a lo que, ante Dios, tiene el nombre más simple y terrible: pecado?
No os hablo como juez.
No tengo tribunales que abrir.
Os hablo como hombre y pastor.
Como creyente herido por la ferocidad de estos tiempos.
Como obispo que siente en lo más profundo de su ser el grito de Cristo aún crucificado en los pueblos humillados, en las ciudades devastadas, en los cuerpos sin nombre que el mar devuelve y la guerra esconde.
Porque el Crucifijo hoy tiene las manos de civiles sepultados bajo las bombas.
Tiene los ojos abiertos de niños que no pueden nombrar el horror.
Tiene los rostros de mujeres que aferran fotografías en lugar de abrazar a sus hijos.
Tiene la sed de los refugiados, el miedo de los ancianos, el temblor de quienes ya no tienen hogar ni siquiera un idioma para expresar su dolor.
Y vosotros, mercaderes de la muerte, seguís pasando bajo esa cruz como antaño lo hicieron los soldados, repartiéndose las vestiduras de los condenados.
Solo que hoy no echáis a suertes una túnica:
echáis a suertes pueblos enteros.
Apostáis por fronteras, resentimientos, escaladas, conflictos armados.
Y mientras tanto, al miedo llamáis paz, a la dominación llamáis orden, a una amenaza permanente llamáis seguridad.
Pero no hay seguridad donde se siembra la muerte.
No hay futuro donde se eduque a los jóvenes para que sospechen.
No hay justicia si la riqueza de unos pocos se basa en el luto de muchos.
Y no habrá paz mientras la guerra siga siendo una inversión aceptable.
El Evangelio, sin embargo, no negocia.
El Evangelio no bendice las industrias de destrucción.
El Evangelio no se acostumbra a los muertos.
El Evangelio no tolera que el dolor se convierta en estadísticas ni que las masacres se consuman en los comentarios cansados de un noticiero.
El Evangelio pone a un niño en el centro.
Siempre.
Y cuando un niño está en el centro, todos vuestros argumentos se desmoronan.
Las doctrinas militares, las alianzas oportunistas, las justificaciones geopolíticas y el
lenguaje técnico con el que ocultáis vuestra vergüenza se desmoronan.
Porque ante un niño asesinado, ya no hay derecha ni izquierda, Este ni Oeste, amigo o enemigo:
solo existe el abismo.
Os pido, pues, no solo que os detengáis.
Os pido que se conviertáis.
Sí, convertidos.
Una palabra antigua, una palabra escandalosa, una palabra necesaria.
Convertirse significa dejar de pensar que todo tiene un precio.
Significa reconocer que la vida humana es sagrada, o de lo contrario dejará de ser humana.
Significa escapar de la lógica del lucro y entrar en la de la protección.
Significa tener el coraje, finalmente, de perder dinero para salvar a la gente.
Que tengáis una sacudida.
Solo una, pero una sincera.
Dejad que las lágrimas que habéis reprimido os alcancen.
Dejad que los nombres de los muertos entren en vuestras salas de juntas.
Dejad que una madre venga a perturbar vuestras cuentas.
Dejad que el Evangelio arruine vuestra paz.
Porque no hay paz sin el desarme del corazón,
y no hay desarme del corazón mientras la mano siga aferrada al lucro.
La guerra no comienza cuando cae la primera bomba.
Empieza mucho antes:
cuando el hermano se convierte en un obstáculo,
cuando el pobre se vuelve irrelevante,
cuando la compasión se considera ingenua,
cuando la economía deja de servir a la vida y decide usarla.
Sin embargo, no os escribo para llevaros a la desesperación.
Os escribo porque hay una salida incluso para vosotros.
Dios nunca deja de llamar, ni siquiera a las puertas más seguras.
Para vostros también hay una oportunidad de redención.
Para vosotros también hay un Viernes Santo que puede abrir la Pascua.
Pero tenéis que descender.
Bajar de los pedestales del poder, de los lenguajes que absuelven, de las salas donde se planea la muerte sin olor ni rostro.
Tenéis que volver a ser hombres.
Ante gerentes, accionistas, estrategas, intermediarios: hombres.
Hombres capaces de vergüenza y, por lo tanto, de verdad.
Sueño con el día en que vuestras fábricas cambien de vocación.
Cuando el hierro no se convierta en bala, sino en arado,
cuando el ingenio no sirva para perfeccionar la ofensa, sino para proteger la vida,
cuando el capital se gaste en sanar, educar, reconstruir, acoger.
Sueño con el día en que la palabra «ganancia» ya no rime con «funeral».
Y sé que algunos sonreirán, llamando a todo esto ingenuidad.
Pero la única verdadera ingenuidad hoy es creer que la guerra salva.
La única verdadera locura es pensar que podemos seguir incendiando el mundo sin quemarnos con él.
El único realismo posible, ahora, es la paz.
Por eso, os confío una pregunta que espero no os dejará en paz:
¿Cuánta sangre os basta?
¿Cuánto dolor debe soportar la historia para que comprendáis que no traficáis con bienes, sino con niños, madres, rostros, carne amada por Dios?
Deténganse.
Antes de que sea demasiado tarde para el pueblo.
Antes de que sea demasiado tarde para ustedes.
Deténganse y escuchad el Evangelio de la paz, que no grita sino que insiste, que no aplasta sino que convierte, que no humilla sino que llama por su nombre.
Escuchad a Cristo, desarmado y veraz, que sigue diciendo:
«Bienaventurados los que trabajan por la paz».
No los que calculan la guerra.
No los que garantizan el equilibrio armado.
No los que venden el miedo.
Los que trabajan por la paz.
El mundo necesita manos que levanten, no manos que armen.
Necesita conciencias alertas, no ganancias ciegas.
Necesita profetas, no mercaderes.
Y nosotros, la Iglesia del Evangelio, no nos quedaremos callados.
No por ideología, sino por fidelidad.
No por ingenuidad, sino por obediencia a Cristo.
No porque ignoremos la complejidad de la historia, sino porque conocemos el valor infinito de cada vida.
A vosotros, mercaderes de la muerte, os digo la última palabra no como una condena, sino como una súplica:
Devolved el futuro.
Devolved el aliento.
Devolved los hijos a sus madres, los padres a sus hogares, los sueños a la tierra.
Devolvedos a vuestra humanidad.
La paz os juzgará.
Pero, si la desearéis, la paz aún puede salvaros.
Con dolor, con esperanza, con el Evangelio en la mano
† don Mimmo Cardenal Battaglia
Arzobispo metropolitano de Nápoles
(Traducción de Lorenzo Tommaselli)