Ceuta suspende a España: La democracia ante la alambrada
"Ceuta necesita orden, medios, seguridad, cooperación internacional y una política migratoria seria. La humanidad sin organización puede convertirse en caos; pero la organización sin humanidad se llama de otra manera: crueldad administrativa"
El niño que detuvo la frontera
Tiene doce años. Llora mientras unos soldados lo conducen hacia Marruecos. Suplica que no lo devuelvan.
Unos vecinos advierten que es menor. La marcha se detiene. El niño queda bajo custodia de la Guardia Civil.
La escena desnuda la crisis de Ceuta: la frontera procedía a devolver al extranjero; la ciudadanía tuvo que rescatar al niño que llevaba entre las manos.
Después llegaron las identificaciones, los centros desbordados, las disputas entre administraciones y el habitual reparto de culpas. Todos defendían la legalidad, la seguridad y hasta los derechos humanos. El niño, mientras tanto, sigue siendo menor.
Ceuta no solo examina nuestra política migratoria. Examina la educación democrática de España y la humanidad que todavía creemos conservar.
Cuando educar era desobedecer
La Institución Libre de Enseñanza nació en 1876 en una España que también poseía leyes, parlamento y discursos solemnes. La Restauración había conseguido una admirable estabilidad: gobernaban alternativamente los mismos, las elecciones producían el resultado previsto y los caciques evitaban a los ciudadanos la incomodidad de decidir.
Cuando varios profesores se negaron a someter la enseñanza a los dogmas oficiales, fueron apartados de sus cátedras. Francisco Giner de los Ríos, Gumersindo de Azcárate y Nicolás Salmerón, a quienes pronto se sumarían figuras como Manuel Bartolomé Cossío y Joaquín Costa, respondieron fundando una institución educativa independiente. No organizaron una tertulia televisiva —la época tenía todavía algunas carencias— ni crearon una plataforma denominada “España Libre de Verdad”. Fundaron una escuela.
Era necesario formar personas libres, capaces de pensar, investigar, observar la realidad y convivir con quienes no compartían sus ideas
Habían comprendido que el atraso del país no se solucionaba solamente cambiando gobiernos. Era necesario formar personas libres, capaces de pensar, investigar, observar la realidad y convivir con quienes no compartían sus ideas. Frente a la enseñanza memorística, defendieron la experiencia; frente al dogma, la ciencia; frente a la obediencia, la conciencia; frente al encierro, la naturaleza y el contacto directo con la vida.
La Institución no quería fabricar alumnos que repitieran correctamente la opinión del maestro, quería ciudadanos que pudieran discutirla razonadamente. Una pretensión peligrosa entonces y tampoco tranquilizadora ahora.
De los viejos dogmas a los nuevos algoritmos
España ha cambiado profundamente desde 1876. Tenemos democracia, educación universal, universidades, libertad religiosa y una Constitución que reconoce la dignidad y los derechos fundamentales. Sería absurdo negar este progreso.
Pero Ceuta nos obliga a preguntar qué hemos hecho con él.
Nunca hubo tantos ciudadanos escolarizados ni tantos titulados universitarios. Sin embargo, basta una crisis migratoria para que una parte de la conversación pública retroceda varios cursos. Los seres humanos se convierten en “avalancha”; los menores, en “carga”; la solidaridad, en “efecto llamada”; y los derechos, en una molesta asignatura optativa.
Las redes sociales cumplen eficazmente su función pedagógica: cada ciudadano encuentra allí exactamente los prejuicios que llevaba de casa, pero confirmados por un desconocido con muchos seguidores. Antes el dogma descendía desde la cátedra o el púlpito; ahora llega al teléfono acompañado de música Tic-Toc y un rótulo que dice: “Esto no te lo cuentan”.
La Institución Libre de Enseñanza defendía observar antes de juzgar, contrastar antes de afirmar y pensar antes de obedecer. Aplicado a Ceuta, eso obligaría a distinguir entre controlar una frontera y deshumanizar a quien la cruza; entre regular la inmigración y utilizar al inmigrante como enemigo; entre exigir responsabilidad a Marruecos y descargar sobre los menores nuestra impotencia diplomática.
La democracia junto a la alambrada
Una democracia no demuestra su calidad cuando protege a los poderosos. Para eso cualquier régimen encuentra funcionarios disponibles. Se demuestra cuando reconoce los derechos de quien llega solo, sin voto, sin dinero y sin posibilidad de devolver el favor.
Ceuta necesita orden, medios, seguridad, cooperación internacional y una política migratoria seria. Defender la dignidad humana no significa abrir las fronteras sin condiciones ni negar los problemas reales de convivencia, alojamiento y atención sanitaria. La humanidad sin organización puede convertirse en caos; pero la organización sin humanidad se llama de otra manera: crueldad administrativa.
La oposición debe controlar al Gobierno, denunciar la improvisación y exigir responsabilidades. Esa es su función democrática. Pero convertir el miedo en programa político, llenar las calles de odio y xenofobia… no protege a España: la envilece
La saturación de los servicios ceutíesexige solidaridad del conjunto de España. Los menores no pueden depender del código postal por el que entraron ni transformarse en paquetes administrativos que las comunidades autónomas se devuelven con acuse de recibo. Resulta enternecedor escuchar a casi todos los partidos políticos y gobiernos invocar “el interés superior del menor” mientras miran de reojo la calculadora electoral.
La oposición debe controlar al Gobierno, denunciar la improvisación y exigir responsabilidades. Esa es su función democrática. Pero convertir el miedo en programa político, llenar las calles de odio y xenofobia, visitar Ceuta no para ofrecer soluciones, sino para acrecentar la agresividad de sus pacíficos ciudadanos, atribuir al extranjero todos nuestros males o presentar la compasión como ingenuidad no protege a España: la envilece.
Y el Gobierno tampoco puede ocultar su falta de previsión detrás de un vocabulario humanitario y una diplomacia desconocida por la mayoría del pueblo. Los derechos necesitan plazas de acogida, personal, presupuesto y coordinación. Pero también respuesta verídica a las preguntas de la ciudadanía. La fraternidad administrativa comienza cuando alguien responde al teléfono.
El cristianismo también pasa el control fronterizo
En esta crisis, el cristianismo español se juega algo más importante que su presencia pública: su credibilidad.
Durante demasiado tiempo, una parte de la Iglesia confundió el Evangelio con el orden establecido, la fe con la obediencia y la unidad religiosa con la uniformidad nacional. La Institución Libre de Enseñanza nació, en buena medida, frente a esa España confesional que vigilaba las conciencias con más diligencia que la pobreza.
El Evangelio ofrece una orientación incómodamente sencilla: «Fui extranjero y me acogisteis». No dice: «Fui extranjero, comprobaron mi rentabilidad económica y, cuando descubrieron que me necesitaban para mantener su bienestar, consultaron las encuestas y me distribuyeron proporcionalmente»
Hoy muchas comunidades cristianas, parroquias y organizaciones sociales acogen migrantes, proporcionan alimentos, asesoramiento jurídico y compañía. Representan uno de los rostros más dignos de la Iglesia. Pero otra parte del cristianismo parece más preocupada por defender la “civilización cristiana” que por reconocer al ser humano concreto que llama a su puerta.
El Evangelio ofrece una orientación incómodamente sencilla: «Fui extranjero y me acogisteis». No dice: «Fui extranjero, comprobaron mi rentabilidad económica y, cuando descubrieron que me necesitaban para mantener su bienestar, consultaron las encuestas y me distribuyeron proporcionalmente». Tampoco convierte la acogida en sentimentalismo irresponsable. Exige mirar al otro como persona y organizar la sociedad desde la dignidad de quienes menos pueden defenderse.
Jesús puso a un niño en medio. Nosotros hemos puesto en medio el reparto competencial.
La nota pendiente
La Institución Libre de Enseñanza quiso formar personas libres. La democracia prometió convertir esa libertad en igualdad de derechos. El Evangelio colocó al extranjero, al pobre y al niño en el centro. Ceuta reúne ahora esas tres tradiciones y nos pregunta qué queda realmente de ellas.
No basta con enseñar derechos humanos en la escuela, proclamarlos en el Parlamento y predicarlos los domingos. Hay que reconocerlos el lunes, cuando llegan mojados, asustados y sin documentación.
España ha aprobado numerosas leyes educativas, ratificado solemnes tratados internacionales y escuchado incontables homilías sobre el buen samaritano. El expediente académico, sin embargo, sigue abierto: sobresaliente en declaraciones, notable en vigilancia fronteriza, manifiestamente mejorable en cooperación y todavía pendiente en justa humanidad.
Por fortuna, la democracia —como la educación y como el Evangelio— admite conversión. Pero convendría no dejarla siempre para septiembre.