Hazte socio/a
Última hora
El abuso espiritual y el 'giro católico' de la generación Z

Cuando la conversión corre el riesgo de convertirse en contenido

¿Estamos viviendo un despertar… o estamos aprendiendo a consumir experiencias religiosas con la misma lógica con la que consumimos todo lo demás?... preguntas y desafíos a la luz de Cor ad cor loquitur

Concierto de Hakuna el pasado 22 de diciembre en la Puerta del Sol

La publicación de la nota doctrinal Cor ad cor loquitur (“El corazón habla al corazón”) por parte de la Conferencia Episcopal Española llega en un momento especialmente significativo.

Se habla de un “despertar religioso”, especialmente entre jóvenes. Vemos adoraciones multitudinarias, testimonios de conversión que se viralizan, encuentros con cientos de asistentes, fenómenos musicales,  retiros, calendarios formativos completos durante meses. La estética está cuidada, la comunicación es eficaz, las redes sociales multiplican el alcance. Algo, sin duda, se está moviendo.

La nota no niega este dinamismo. No desconfía de la emoción ni pretende apagar el entusiasmo. Sin embargo, introduce una advertencia serena pero profunda: el riesgo de reducir la afectividad a mera emoción y convertir la intensidad subjetiva en criterio espiritual. Y me surge un peligro: ¿estamos viviendo un despertar… o estamos aprendiendo a consumir experiencias religiosas con la misma lógica con la que consumimos todo lo demás?

La cultura del impacto

Vivimos en una sociedad donde lo que conmueve parece automáticamente verdadero. Si emociona, es auténtico. Si moviliza, es significativo. Si congrega a muchos, debe ser bueno.

Esa lógica cultural puede trasladarse sin apenas filtros al ámbito religioso. Y entonces comienzan los desplazamientos sutiles: lo multitudinario se interpreta como confirmación divina; el impacto afectivo se identifica con presencia indiscutible del “señor”; el líder que conmueve, adquiere una autoridad difícil de cuestionar; y, quien plantea preguntas, puede ser percibido como frío, escéptico o falto de fe... y hasta envidioso.

Lo multitudinario se interpreta como confirmación divina; el impacto afectivo se identifica con presencia indiscutible del “señor”; el líder que conmueve, adquiere una autoridad difícil de cuestionar; y, quien plantea preguntas, puede ser percibido como frío, escéptico o falto de fe... y hasta envidioso

No se trata de negar la emoción. La tradición cristiana siempre ha reconocido su lugar en la experiencia creyente. Pero nunca la ha elevado a criterio último. La fe no se mide por la intensidad del momento, sino por su capacidad de sostenerse en el tiempo, integrar la razón y abrirse a la comunión eclesial. Es una cuestión de proceso.

Retiros de Emaús

Otro punto delicado que merece reflexión,  es el modelo de autoridad que se puede llegar a configurar en algunos contextos. Muchos hemos expresado críticas hacia formas de jerarquía percibidas como rígidas o clericales. Sin embargo, cabe preguntarse si no estamos asistiendo, en determinados casos, al surgimiento de nuevas jerarquías “eclesiales”, ahora de carácter carismático y laical. Antes, la autoridad se vinculaba al ministerio ordenado y a estructuras claras. Hoy se puede vincular, a quién genera mayor impacto emocional, al número de seguidores, al alcance digital o al éxito de los eventos. Se pasa así de una obediencia estructural a una adhesión por fascinación. La fascinación es poderosa porque no se vive como imposición, sino como atracción libremente asumida. Pero precisamente por eso puede resultar menos visible su capacidad de condicionar.

¿Existe un espacio real para disentir? ¿Se aceptan correcciones? ¿Las decisiones se dialogan o se presentan como revelaciones incuestionables? ¿La crítica se acoge como oportunidad de discernimiento o como falta de fe?

No se trata de sospechar de todo lo que está emergiendo, sería no confiar en que el Espíritu sigue soplando y mostrándonos “signos de los tiempos”.  Muchas personas realizan una labor evangelizadora valiosa, aprovechando también las nuevas tecnologías. La cuestión es si cuando formamos parte de esos grupos, y no nos “cierran” determinadas cosas ¿existe un espacio real para disentir? ¿Se aceptan correcciones? ¿Las decisiones se dialogan o se presentan como revelaciones incuestionables? ¿La crítica se acoge como oportunidad de discernimiento o como falta de fe? Cuando estas preguntas no pueden formularse sin generar incomodidad o sospecha, conviene detenerse.

La emoción moviliza. Lo sabe el mundo político y lo sabe el mercado. También, el ámbito religioso. La generación constante de intensidad afectiva crea cohesión, identidad y pertenencia. Pero si la experiencia de fe depende de esa intensidad, puede generarse una forma de dependencia del estímulo..

Leída desde este contexto, Cor ad cor loquitur no es un freno al dinamismo juvenil ni una sospecha hacia los nuevos movimientos. Es una invitación a la madurez y al discernimiento. La fe adulta puede emocionar profundamente. Puede vivir conversiones intensas. Pero no convierte la intensidad en criterio último de verdad, tampoco a quien la guía, y no identifica multitud con autenticidad.

San Juan de la Cruz, ya nos advertía de la necesidad de purificar los afectos: no para negarlos, sino para ordenarlos. Es necesario pasar las pasiones por la razón, eso es lo que nos hace verdaderamente humanos. La emoción forma parte del camino espiritual, pero necesita ser integrada en un proceso que incluya razón, libertad y comunión eclesial. Y a partir de eso podemos transmitir nuestra experiencia, “decid si por vosotros ha pasado”, como diría el santo carmelita.

Quizá la pregunta que este momento nos plantea no sea si asistimos a un auténtico despertar espiritual o simplemente a un ciclo más dentro de la lógica cultural de las tendencias. Tal vez la cuestión más exigente sea otra: ¿qué tipo de testimonio queremos ofrecer como iglesia en medio de este escenario?

El verdadero cor ad cor loquitur no produce masas homogéneas ni identidades cerradas; suscita conciencias libres. Y una conciencia libre es aquella que puede amar a la Iglesia sin abdicar del discernimiento, emocionarse sin renunciar a la profundidad, pertenecer sin disolverse en la estética del grupo

Porque el verdadero cor ad cor loquitur no produce masas homogéneas ni identidades cerradas; suscita conciencias libres. Y una conciencia libre es aquella que puede amar a la Iglesia sin abdicar del discernimiento, emocionarse sin renunciar a la profundidad, pertenecer sin disolverse en la estética del grupo.

El desafío, entonces, no parece estar en la emoción en sí misma —que forma parte constitutiva de la experiencia humana y religiosa—, sino en su posible instrumentalización. Cuando la emoción se convierte en criterio último de autenticidad, corre el riesgo de ser capturada por dinámicas narcisistas: necesidad de impacto, de visibilidad, de validación constante.

En una cultura atravesada por la lógica de la marca y del rendimiento simbólico, también lo religioso puede deslizarse hacia esa forma. Y ahí surge la pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando Dios empieza a ser presentado como propuesta identitaria de consumo? ¿Qué sucede cuando la conversión se narra en formatos que replican la gramática del producto?

En ese punto, el “corazón al corazón” se ve amenazado. Porque el corazón no habla para posicionarse ni para viralizarse. Habla para encontrarse, para transformar en silencio, para sostener procesos largos.

Cuando Dios se convierte en marca y la conversión en contenido, el corazón deja de hablar al corazón… y empieza, silenciosamente, a hablarle al algoritmo.

Y en este año jubilar sanjuanista, el santo y doctor de la Iglesia, nos recuerda que “el lenguaje que Dios más oye solo es el callado amor”.

También te puede interesar

Lo último