El cristianismo y los símbolos de los pueblos
"El encuentro del cristianismo con otras culturas a veces provoca rechazo por desconocer la inculturación. Sin embargo, este encuentro con su herencia simbólica celebra que toda la creación encuentra su plenitud en Dios. Propongo algunas breves reflexiones sobre la cuestión"
El encuentro del cristianismo con los mundos simbólicos de las culturas suele generar cierto tipo de rechazo que parece reflejar un desconocimiento de las dinámicas internas del proceso de inculturación. Dinámicas que siempre han estado presentes en la asunción del evangelio por aquellos pueblos que recibieron a Cristo y que, en América Latina, han sido decisivas para la constitución de una identidad religiosa arraigada, que se transmite a través de celebraciones, cantos, danzas, arte. Este arraigo tiene que ver con la valiente osadía de muchos misioneros y misioneras, a la vez que con la estructura simbólica precedente de las culturas que se encontraron con el Evangelio. Pero, hay quienes juzgan al diálogo con el mundo simbólico de la Pacha mama en los pueblos andinos, o con el agua, los animales y la selva, en las culturas amazónicas, como actitudes desviadas e idolátricas.
Como no debemos ignorar la riqueza compleja del mundo simbólico que surge de este encuentro propongo algunas breves reflexiones sobre la cuestión.
Cuando uno lee el relato maya kiché del Popol Vuh (Libro del consejo) se sorprende al constatar que a diferencia del famoso mito babilónico de Marduk y Tiamat, donde la creación es originada por la lucha de poder entre los dioses y surge de los despojos de las divinidades vencidas, en el relato mesoamericano el Creador, cuya naturaleza está constituida por grandes sabios, «consultando entre sí y meditando; se pusieron de acuerdo, juntaron sus palabras y su pensamiento. Entonces se manifestó con claridad, mientras meditaban, que cuando amaneciera debía aparecer el hombre…». La creación de la tierra es realizada por la palabra del Creador y su obra encuentra perfección con la creación del hombre: «Hágase así! ¡Que se llene el vacío! ¡Que esta agua se retire y desocupe el espacio, que surja la tierra y que se afirme! Así dijeron. ¡Que aclare, que amanezca en el cielo y en la tierra! No habrá gloria ni grandeza en nuestra creación y formación hasta que exista la criatura humana, el hombre formado. Así dijeron. Luego la tierra fue creada por ellos. Así fue en verdad como se hizo la creación de la tierra: —-Tierra!, dijeron, y al instante fue hecha».
En la cosmogonía del mundo andino, el dios creador, Viracocha, talla a los hombres y luego crea y ordena la tierra. Al poner luz sobre todas las cosas culmina su creación de la humanidad. Al igual que en el relato Bíblico, el hombre y la mujer tienen una misión frente a todas las cosas que el Creador ha hecho. Pone allí a la humanidad para que dé a conocer su mensaje de sabiduría. La tierra será la combinación del espacio y del tiempo y su celebración el reconocimiento de que la misión de la humanidad queda trunca si no se refiere a ella con la gratitud de algo que le ha sido dado. La codicia de querer someterla será el origen del mal y del desequilibrio y un gran diluvio buscará recrear el orden original.
Encontramos en estos dos grandes relatos americanos una profunda consideración de la sacralidad de la tierra vinculada al acto sabio de un dios creador. El origen de la celebración de la tierra como madre se encuentra en estas grandes narraciones.
Esta lógica, presente en la inculturación del evangelio en los pueblos del nuevo mundo, sin embargo, puede encontrarse también allí donde el evangelio se ha vuelto cultura y ha permanecido como identidad comunitaria a través de los siglos.
El cristianismo, en su expansión por el anuncio de la Palabra, en los distinto pueblos que rodeaban el Mediterráneo, asumió elementos simbólicos que pertenecían a lo que se ha llamado “el mundo pagano”. Alguno de esos simbolismos se volvieron parte de un formato cultural desde el cual el cristianismo se dio a conocer, sobre todo luego del arribo del europeo a tierras americanas.
Baste para reconocer este proceso algunos ejemplos. Cómo no recordar el delfín, considerado por los pueblos navegantes del mundo antiguo como un pez amigo, salvador, que conducía a los marinos desorientados hacia la costa. Los pisos que se conservan en muchos de los antiguos puertos mediterráneos, como el de Ostia, lo representan profusamente. Los navegantes consideraban a este cetáceo como benefactor y signo de bendición. No es extraño entonces que en la medida que el cristianismo se arraigó entre estas comunidades el delfín pasara a representar a Cristo salvador, cercano, amigo custodio y protector de la vida. Esa concesión simbólica resultó de que, la significación encerrada en todo símbolo, posee la particularidad de existir en una tensión polar que es capaz de superar el encierro de la materialidad y dirigirse hacia una plenitud a la que tiende toda genuina significación. La relación interior entre símbolo y significación, constitutiva de toda auténtica representación, lleva a que se adopte, la materialidad (el delfín en el ejemplo aludido) como expresión de una significación llevada a plenitud. Cristo será el verdadero amigo que salva. Aquí, el proceso de la representación figurativa posee analogía al lenguaje oral pues «como determinados conceptos en el lenguaje hablado deben ser adoptados en un primer momento por aquel que quiere expresarse en este lenguaje (...) así en el arte cristiana penetraron y penetran diversas formas figurativas preexistentes». Y por ello «los cristianos primitivos (...) aprovecharon la memoria histórica, cultural y religiosa de la zona del mare nostrum para reconducir los temas iconográficos, propios de ese ámbito cultural al pensamiento básico del mensaje cristiano». Sin embargo esta expresividad no fue el simple aprovechamiento de elementos figurativos preexistentes, sino el resultado de lo que conocemos como inculturación: una cultura que asume a Cristo y manifiesta su adhesión a Él con lo más genuino de su identidad comunitaria. Todo el mundo simbólico precedente es elevado a un nuevo destino como resultado del encuentro con Jesucristo, pero sin perder su estructura significante originaria. Es así como en el célebre Physiologus (probablemente redactado en Alejandría entre los siglos III y IV), encontramos numerosas alusiones a figuras animales precristianas que pasarán a expresar el misterio de Cristo Salvador. El unicornio, que remite a una leyenda según la cual, éste animal mitológico, sólo podrá reposar si se recuesta sobre el regazo de una virgen pura, representará la encarnación. O la leyenda del pelícano, que alimenta con su propia sangre a sus polluelos, que será asumido como símbolo de Cristo Salvador. A partir del siglo VI, con las Etimologías de Isidoro de Sevilla, el Physiologus, texto de factura griega, entrará en el mundo latino ejerciendo una influencia determinante en el imaginario simbólico medieval.
Su inmensa propuesta figurativa incidió en la perspectiva orgánica de la célebre Phisica de Hildegarda de Bingen, quien además contó con él para su comprensión del universo en relación a la obra de la Salvación. El Physiologus, entonces, no es una obra de curiosidades legendarias, sino una propuesta de que todo el cosmos y las comprensiones que de él tienen las diversas culturas, guarda la presencia del Logos creador. De este modo, la comprensión del mártir San Justino sobre las semillas del Verbo, decisiva para poner en diálogo la cultura griega con el evangelio, será traducida al lenguaje de la imagen. En la vida del cosmos, los ciclos naturales, los principios de la naturaleza, la fuerza del agua del aire del fuego y de la tierra se encuentra la sabiduría de Dios (Cf. Sab. 13).
Uno de los ejemplos más impactantes de este proceso lo encontramos en la Cripta de San Magno, en la Catedral de Anagni, en Italia. La ciudad es célebre por el conocido conflicto entre Felipe el Hermoso de Francia y el papa Bonifacio VIII. Sciarra Colonna, en nombre del monarca galo, entrará a la ciudad y asaltará al palacio donde se encontraba el papa, a quién abofeteó, según narran las historias de la época. En esa ciudad, que fue en reiteradas ocasiones sede papal, fueron canonizados en 1174 San Bernardo de Claraval y Santa Clara de Asís en 1255, en 1243 fue elegido Papa Inocencio IV, y en 1160 fue excomulgado Federico Barbarroja.
El edificio más notable de la ciudad es su catedral con su cripta, ambas construidas entre los años 1071 y 1104. Más tarde, esta cripta, fue decorada de un modo tan magistral que es llamada “la Sixtina medieval”. En sus frescos es representada toda la historia de la salvación integrando esta gran visión propuesta ya en el Physiologus. El hombre es representado en su creación rodeado de los principios de la naturaleza, expuestos por la filosofía griega, el aire, el agua, la tierra, el fuego. En el ser humano, todo el cosmos encuentra su síntesis.
Sorprendente y maravillosa es la representación de Cristo Señor del cosmos, de un modo que hoy nos resultaría muy extraño. Encontramos en una bóveda, dispuestos en forma circular, los animales del zoodíaco, ya no como fuerzas autónomas sino referidas a Cristo Señor de todo. Será bastante frecuente en la iconografía medieval encontrar imágenes del Pantocrátor en medio del círculo zoodiacal. Esto puede dar la sensación de concesión al paganismo si olvidamos la doctrina de San Justino y el modo como el cristianismo eleva el mundo propio de las culturas, poniéndolo en dirección a Dios Creador y Salvador. Esto es posible porque «el movimiento del símbolo es un movimiento de sentido a sentido, que supone la estructura expresiva y designativa del signo: de un sentido patente se pasa analógicamente a un sentido latente. Este doble sentido es lo que Ricoeur llama la densidad semántica del símbolo». Ese sentido latente puede ser recreado por una sobredeterminación, conservando su estructura y su designación primera. Por ello el zoodíaco, que representa el cosmos, designará ahora al cosmos creado y salvado por Cristo el Señor. La vida que habita en el cosmos es entonces ahora comprendida como llena del Logos que tiene a Dios como su principio.
En este mismo sentido, la madre tierra, cuya presencia designa nutrición y vida, será un lugar de celebración de los dones que permanentemente nos da Dios y debemos cuidar respetando su sacralidad. No la poseemos como un botín, es un lugar para andar descalzos, lleno de misterio, sagrado, como nos recuerda el papa Francisco en Laudato Si´. Celebrarlos en referencia a Cristo los ubica en una nueva perspectiva de significación teológica.
Es importante tener en cuenta que en estos símbolos no nos encontramos frente a una imagen de Baal, cuya significación se agota en lo representado sin posibilidad de abrirse a otra referencialidad más que la del dios del Asia menor. La referencia a él incluye una designación última. No puede ser resignificado. Sin embargo, los ejemplos anteriormente aludidos nos ubican en el plano de aquello que puede encontrar una nueva referencia de sentido a partir de una nueva finalidad: Dios creador, salvador, santificador, el Dios de Jesucristo.
Hay además simbolismos de diversa densidad significativa debido a la fuerza y legitimidad que tiene lo que expresan. Esos simbolismos son pasibles de una transignificación muy superior. Sabemos la presencia decisiva que tienen el pan y el vino en la celebración cristiana. Se convertirán en Pan de vida y Cáliz de salvación. También el agua o el fuego o el aceite. Esto es claro en el caso de los sacramentos, que “significando causan”, y donde la materia es elevada a un nivel que anticipa la Pascua de toda la creación. También la tierra posee una significación hondísima: es tierra lo que toma Yavé para crearnos, es barro también lo que toma el dios en el mito andino para hacernos. La tierra representa el origen, aquello de dónde hemos sido nacidos.
Todos estos elementos de la naturaleza se referencian a elementos vitales y han sido asumidos en la existencia cristiana con una fuerza estructurante de nuestra vida celebrativa.
La tierra para los pueblos andinos, que han recibido el evangelio, no es divina, es don. Pero posee una realidad cuya significación sagrada abarca todos los ámbitos de la vida. Capaz de una resignificación que la sitúe en una orientación simbólica de plenitud y redención. Viven rodeados de ella, las montañas abrazan sus comunidades, su fecundidad, atravesada también por la aridez y la escasez, manifiesta bendición y don de Dios. Unir su presencia ancestral en la vida de estos pueblos al misterio de Cristo, entonces, lejos de la idolatría, es la celebración confiada de que Dios nos ha creado y salvado, que de Él viene la vida y en Él toda la creación encuentra su plenitud.
