¿Debe hablar el Papa a los políticos?
"La respuesta quizá se encuentre en una experiencia repetida en la historia: las sociedades no se construyen desde acuerdos absolutos, sino desde puntos de encuentro parciales… Y la verdad de un mensaje no depende de la conducta de quien lo escuche"
Tras el reciente discurso del Papa ante las cámaras legislativas, escuché una reacción que probablemente comparten muchas personas. «¿Para qué sirve que los políticos le aplaudan si después aprueban leyes contrarias a lo que él defiende? ¿No es pura hipocresía?».
La objeción merece ser tomada en serio. Es cierto que existe una distancia frecuente entre los discursos y las decisiones políticas. También es cierto que algunos aplausos pueden responder más a la cortesía institucional que a una verdadera adhesión a las ideas expresadas. Sin embargo, de ahí no se deduce que la presencia del Papa ante los representantes públicos sea inútil. Más bien sucede lo contrario.
Si las convicciones morales solo se expresaran entre quienes ya las comparten, la sociedad quedaría dividida en compartimentos estancos incapaces de comunicarse entre sí. El valor de una intervención pública no consiste únicamente en convencer a quienes están de acuerdo, sino precisamente en interpelar a quienes piensan de otra manera.
La tradición cristiana nunca entendió la fe como un mensaje reservado a un grupo cerrado, sino como una propuesta dirigida a toda la sociedad
La historia ofrece numerosos ejemplos. Jesús no habló solo a sus discípulos. Dialogó con fariseos, publicanos, autoridades religiosas y representantes del poder romano. San Pablo discutió con filósofos paganos en Atenas. La tradición cristiana nunca entendió la fe como un mensaje reservado a un grupo cerrado, sino como una propuesta dirigida a toda la sociedad.
Algunos consideran ingenuo este planteamiento. Argumentan que muchos dirigentes políticos defienden posiciones incompatibles con aspectos esenciales de la doctrina católica, especialmente en cuestiones como el aborto o la eutanasia. ¿Qué sentido tiene entonces dirigirse a ellos?
La respuesta quizá se encuentre en una experiencia repetida a lo largo de la historia: las sociedades no se construyen desde acuerdos absolutos, sino desde puntos de encuentro parciales. No es necesario compartir todas las convicciones para colaborar en objetivos comunes.
La Madre Teresa de Calcuta comprendió bien esta realidad. Aunque mantuvo siempre una posición firme en defensa de la vida, no rechazó dialogar con personas que pensaban de manera distinta. Buscó espacios de cooperación para ayudar a mujeres en dificultad, atender a los más pobres y aliviar sufrimientos concretos. Entendía que el desacuerdo no obliga a romper el diálogo.
En el fondo, la alternativa al encuentro no es la coherencia perfecta, sino el aislamiento. Si la Iglesia hablara únicamente a los católicos practicantes y los responsables políticos escucharan solo a quienes comparten sus programas, el resultado sería una sociedad más polarizada y menos capaz de afrontar sus desafíos comunes.
Además, existe una cuestión que suele pasarse por alto. La verdad de un mensaje no depende de la conducta de quien lo escucha. Cuando un médico aconseja abandonar hábitos perjudiciales, nadie considera inútil su consejo porque algunos pacientes no lo sigan. Del mismo modo, una llamada a la dignidad humana, a la solidaridad o al cuidado de los más vulnerables no pierde valor porque quienes la reciben no estén siempre a la altura de ella.
Por eso resulta significativo que un Papa sea escuchado en una institución política. No porque vaya a transformar de inmediato las leyes ni porque los aplausos garanticen cambios concretos, sino porque recuerda que la política necesita algo más que gestión de intereses. Necesita una reflexión ética sobre la persona, la justicia, la convivencia y el bien común.
Una democracia sana no se caracteriza porque todos piensen igual, sino porque quienes piensan distinto siguen siendo capaces de escucharse
Quizá algunos de quienes aplaudieron no compartan muchas de las propuestas del Papa. Quizá otros sí. Lo importante es que, durante unos minutos, una voz moral pudo dirigirse a quienes tienen la responsabilidad de tomar decisiones que afectan a millones de personas.
Y eso nunca es irrelevante.
Una democracia sana no se caracteriza porque todos piensen igual, sino porque quienes piensan distinto siguen siendo capaces de escucharse. En tiempos de polarización creciente, el diálogo entre la fe, la cultura y la política no es un problema que deba evitarse. Es una necesidad que conviene proteger.
Porque una sociedad que deja de dialogar termina dejando de comprenderse a sí misma.