Detective de su propia infancia (Dedicado a la víctima del expediente D94 JRG. Y a todas las víctimas)

"¿Debe permanecer para siempre oculto el nombre de quien fue declarado responsable por una institución después de una investigación completa? ¿O existe también un deber de memoria?"

Abusos
Abusos | José Rivela
José Rivela Rivela
08 ago 2026 - 10:52

Los detectives de las novelas negras buscan personas desaparecidas.

Yo tuve que buscar un nombre.

No porque la Policía hubiera fracasado.

Ni porque existiera una conspiración.

Abusos
Abusos | José Rivela

Simplemente porque habían pasado demasiados años.

El tiempo tiene una manera muy eficaz de borrar las huellas.

Los expedientes se archivan.

Los testigos mueren.

Los recuerdos cambian de domicilio.

Y los culpables terminan convirtiéndose en una sombra sin rostro.

Durante mucho tiempo solo recordaba un nombre.

Mariano.

Nada más.

No recordaba apellidos.

Ni destinos.

Ni fechas exactas.

Solo un nombre que aparecía y desaparecía como una luz lejana en mitad de la niebla.

Podría parecer poca cosa.

Pero en una investigación, a veces toda la verdad depende precisamente de una palabra.

Comencé a buscar.

Abusos
Abusos | José Rivela

No porque me gustara investigar.

Porque nadie parecía hacerlo por mí.

Cada documento llevaba a otro documento.

Cada conversación abría una puerta.

Cada archivo obligaba a formular una nueva pregunta.

Descubrí entonces algo que jamás imaginé.

Las víctimas no solo tienen que recordar.

Muchas veces también tienen que investigar.

Mientras otros reconstruyen delitos recientes mediante pruebas científicas, algunas víctimas de abusos reconstruyen medio siglo de memoria utilizando únicamente papeles olvidados, fotografías antiguas, archivos dispersos y una paciencia que nadie debería exigirles.

Poco a poco, el rompecabezas comenzó a cerrarse.

El nombre dejó de ser únicamente Mariano.

Aparecieron los apellidos.

Los destinos.

Las fechas.

Las responsabilidades.

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Y un día llegó la confirmación oficial.

«Así es»

Solo dos palabras.

Dos palabras que devolvían realidad a una memoria que durante décadas había convivido con la duda.

No produjeron alegría.

Produjeron descanso.

Porque la verdad, incluso cuando duele, pesa menos que la incertidumbre.

A partir de ese momento comprendí que el expediente ya no dependía únicamente del recuerdo.

Había documentos.

Había informes.

Había pruebas.

Había una identidad.

Y, finalmente, una Comisión terminó reconociendo la veracidad de los hechos.

La investigación había terminado.

Pero entonces apareció otra pregunta.

Una pregunta más difícil que la primera.

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Abusos | José Rivela

Si una institución reconoce oficialmente quién fue el agresor…

¿qué ocurre después con ese nombre?

No planteo una respuesta.

Planteo una reflexión.

La reparación pertenece a la víctima.

Pero la memoria pertenece también a la sociedad.

¿Debe permanecer para siempre oculto el nombre de quien fue declarado responsable por una institución después de una investigación completa?

¿O existe también un deber de memoria?

No escribo estas líneas movido por el deseo de castigar a un muerto.

Los muertos ya no pueden defenderse.

Ni tampoco responder.

Escribo pensando en otra cosa.

En las futuras víctimas.

En la historia.

En la responsabilidad de las instituciones respecto a su propia memoria.

Las sociedades conservan el nombre de quienes construyeron hospitales.

De quienes fundaron colegios.

De quienes dirigieron diócesis.

De quienes hicieron el bien.

¿Por qué resulta tan difícil afrontar también el recuerdo de quienes traicionaron precisamente aquello que representaban?

No para alimentar el escándalo.

Sino para que la verdad quede completa.

Porque el olvido nunca ha protegido a las víctimas.

Solo ha protegido al silencio.

Mientras preparaba el expediente comprendí que había aprendido un oficio inesperado.

No era escritor.

No era abogado.

No era policía.

Abusos
Abusos | José Rivela

Me había convertido, sin quererlo, en detective de mi propia infancia.

Ningún niño debería crecer para terminar investigando aquello que los adultos no supieron proteger.

Y, sin embargo, muchos lo hacen.

Buscan nombres.

Fechas.

Fotografías.

Testigos.

Cartas.

Archivos.

Como si cada documento recuperado fuera una pieza arrancada al olvido.

Quizá la verdadera novela negra no sea aquella donde un detective descubre al culpable.

Quizá sea aquella en la que la víctima tiene que convertirse en detective para poder demostrar que decía la verdad.

Y esa es una novela que ninguna persona debería verse obligada a escribir.

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