"Hacer espacio": León XIV y la esclava sudanesa Josefina Bakhita
Como Josefina Bakhita, "la historia de la Iglesia y de la humanidad […] no la escriben quienes dan la impresión de vencer al imponerse y ocupar el espacio, sino quienes "hacen espacio": León XIV en París, en la Maison Bakhita
La historia conserva nombres ligados al poder y otros que permanecen porque fueron pronunciados desde los márgenes. El de Josefina Bakhita pertenece a estos últimos. Nacida en Darfur hacia 1869, fue secuestrada siendo niña y vendida varias veces como esclava. Sus captores le impusieron un nombre que no era el suyo: Bakhita, «afortunada».
La ironía resulta estremecedora. A aquella niña, privada de su familia, de su libertad y de su identidad, le impusieron un nombre que terminaría adquiriendo un significado inesperado. Bakhita quedó asociada a una mujer que recuperó su libertad, a una historia capaz de sobreponerse a la violencia sufrida y, finalmente, a una santa cuya memoria atraviesa el tiempo y sigue interrogando al presente.
León XIV ha vuelto sobre ella en París el 26 de septiembre de 2026, en la Maison Bakhita, un centro de acogida e integración social. El lugar convierte la memoria en presencia: el nombre de una mujer a la que le fue arrebatada la libertad preside hoy una casa dedicada a acompañar a quienes viven distintas formas de vulnerabilidad. El Papa ha unido esta memoria con una idea particularmente significativa: «La historia de la Iglesia y de la humanidad […] no la escriben quienes dan la impresión de vencer al imponerse y ocupar el espacio, sino quienes “hacen espacio”, establecen procesos de paz, generan confianza y fomentan la vida».
La expresión ilumina de manera singular la historia de Bakhita. A ella le habían ocupado todo el espacio de su existencia: otros decidieron su nombre, su destino, sus desplazamientos y hasta el uso de su cuerpo. Su historia posterior puede leerse como el regreso de una persona al espacio que nadie tenía derecho a arrebatarle.
En Magnifica humanitas, León XIV formula el principio que sostiene este planteamiento: «Su dignidad no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña» (n. 50). Aquí puede concentrarse toda la cuestión. Bakhita había sido tratada como una cosa, valorada por su utilidad y sometida a un precio.
El cristianismo afirma que nada de eso determina quién es una persona. La esclavitud pudo disponer de su cuerpo, pero no de su condición de persona. Esta afirmación permite leer toda su historia sin reducirla a la categoría de víctima: aquello que otros hicieron con Bakhita no tuvo la última palabra sobre quién era.
Aquí comienza precisamente la cuestión que Bakhita plantea a la Iglesia actual. ¿Qué hace una comunidad cristiana con la memoria de una mujer que fue víctima de la trata, extranjera, pobre y arrancada de su tierra? La respuesta no puede limitarse a conservar su imagen en un altar. Si su nombre vuelve hoy a los discursos de la Iglesia, tiene que servir para reconocer a las Bakhitas contemporáneas: mujeres explotadas, migrantes vulnerables, víctimas de trata, trabajadoras sometidas, mujeres que viven bajo violencia o que permanecen invisibles porque carecen de recursos para hacer oír su voz. La memoria cristiana deja de ser verdadera cuando se convierte en contemplación sin consecuencias. Bakhita obliga a pasar del recuerdo a la responsabilidad.
También por eso resulta importante que León XIV haya relacionado expresamente a Bakhita con la cuestión de la mujer. En la Maison Bakhita afirmó que su nombre «nos invita a reconocer el papel fundamental de las mujeres en la construcción de una civilización del amor». Y en Magnifica humanitas sostiene que no basta afirmar la igualdad de hombres y mujeres: es necesario traducirla «en decisiones concretas, en las leyes, en el acceso al trabajo, a la instrucción, a las responsabilidades sociales y políticas, en el modo en el que la sociedad escucha y valora el aporte de las mujeres» (n. 57).
Esta última expresión merece una atención especial: escuchar y valorar. Aplicada a la Iglesia, plantea una cuestión que va más allá de la distribución de tareas. Preguntasi las mujeres participan realmente en el discernimiento de la comunidad, si su experiencia es tomada en serio, si su palabra tiene capacidad de orientar decisiones y si la Iglesia sabe dejarse interpelar por aquello que ellas han vivido y pensado.
La historia de Bakhita resulta particularmente elocuente porque durante años nadie escuchó su voz. Otros decidieron su nombre, su destino y el uso de su cuerpo. La esclavitud fue también una forma radical de silenciamiento. Por eso su posterior reconocimiento como mujer, creyente y testigo contiene una inversión profunda: aquella a la que se quiso reducir al silencio terminó convirtiéndose en una voz.
La Iglesia actual puede leer aquí algo más que una historia edificante. Puede preguntarse si sabe escuchar a las mujeres antes de hablar sobre ellas; si las reconoce únicamente por los servicios que prestan o también por su capacidad de pensar, discernir, enseñar, investigar, acompañar y asumir responsabilidades; si la presencia femenina modifica realmente la vida de las comunidades o simplemente ayuda a mantenerlas en funcionamiento.
Esta cuestión resulta especialmente relevante porque las mujeres sostienen una parte inmensa de la vida concreta de la Iglesia: catequesis, educación, acción social, acompañamiento, liturgia, administración, misión, atención a enfermos y mayores, trabajo con migrantes y tantas otras tareas. Pero reconocer ese servicio no debería convertirse en una manera de evitar la pregunta más profunda.
La Maison Bakhita resulta significativaporque su nombre no designa un monumento a una mujer del pasado, sino una casa abierta a personas concretas del presente
No basta decir que las mujeres son indispensables si después su palabra tiene un peso menor que su trabajo. No basta agradecer su entrega si no se escucha su criterio. Y tampoco basta hablar de «protagonismo femenino» si la Iglesia no está dispuesta a revisar aquellos modos de pensar y de organizarse que pueden convertir a quienes sirven en invisibles. Bakhita introduce precisamente esa pregunta incómoda: ¿qué significa hacer espacio para una mujer?
En su discurso en la Maison Bakhita, León XIV sitúa la cuestión más allá de la distribución de funciones cuando habla de «hacer espacio». Se trata de crear condiciones para que otros puedan participar, aportar su experiencia y asumir responsabilidades, dejando que su presencia contribuya también a renovar la vida de la comunidad.
Aplicado a la Iglesia, significa crear comunidades en las que la mujer no sea solamente destinataria de una misión diseñada por otros, sino sujeto responsable de la misión. No se trata de repetir categorías ya conocidas, sino de reconocer que una Iglesia que escucha a las mujeres escucha también una parte de la experiencia humana que necesita para comprender mejor el mundo al que anuncia el Evangelio. La experiencia de la maternidad, de la vulnerabilidad, de la violencia, de la educación, del cuidado, de la migración, de la pobreza o de la responsabilidad profesional no pertenece exclusivamente a las mujeres, pero muchas mujeres la conocen desde dentro y pueden aportar a la Iglesia una mirada que ninguna estructura puede sustituir.
La conexión con la trata hace todavía más urgente esta reflexión. León XIV ha advertido sobre las nuevas formas de esclavitud y ha señalado la especial vulnerabilidad de mujeres y niños. Durante su visita a España dirigió a mujeres víctimas de trata una frase que parece atravesar el tiempo hasta alcanzar a Bakhita: «Si otros pusieron precio a tu cuerpo, Dios no ha dejado nunca de mirarte como alguien invaluable» (Discurso, Puerto de Arguineguín, Gran Canaria, 11 de junio de 2026).
La Iglesia no puede escuchar esta frase y quedarse únicamente en la compasión. Tiene que preguntarse por las condiciones económicas, sociales y culturales que permiten que determinadas personas sean convertidas en mercancía; por las rutas migratorias en las que aumenta la vulnerabilidad; por las redes de explotación; y por la capacidad real de las comunidades cristianas para ofrecer acogida, protección y acompañamiento.
Ahí Bakhita deja de ser una figura del pasado y se convierte en una prueba para la Iglesia del presente. La pregunta no es cuánto sabemos de ella, sino qué reconocemos cuando encontramos hoy a una mujer que llega huyendo de la violencia, que ha sido explotada, que no conoce la lengua, que carece de documentos o que no sabe dónde acudir.
Una Iglesia fiel a Bakhita debería ser capaz de reconocer en esa mujer no un problema administrativo, una carga social o una destinataria de asistencia, sino una persona cuya historia merece ser escuchada. La Maison Bakhita resulta significativa precisamente por eso: su nombre no designa un monumento a una mujer del pasado, sino una casa abierta a personas concretas del presente.
La memoria solo se vuelve fecunda cuando modifica la mirada y, con ella, las prácticas
Y ahora aparece la cuestión más profunda. Una Iglesia corre el riesgo de conservar una memoria sin dejarse interpelar por ella: celebrar a Bakhita, hablar de su santidad y recordar su sufrimiento mientras sigue escuchando insuficientemente a las mujeres que tiene delante. La denuncia de la trata pierde fuerza cuando permanece distante de las comunidades y no alcanza sus expresiones concretas. También la acogida pierde sentido cuando existen espacios en los que algunas personas nunca llegan a sentirse verdaderamente en casa. La memoria solo se vuelve fecunda cuando modifica la mirada y, con ella, las prácticas.
Por eso la expresión de León XIV —«hacer espacio»— adquiere una fuerza especial cuando se la aplica a la Iglesia. Hacer espacio para las mujeres significa escuchar su palabra y reconocer su responsabilidad. Hacer espacio para las víctimas significa no reducirlas a su herida. Hacer espacio para los migrantes significa permitir que dejen de ser únicamente receptores de ayuda y puedan convertirse también en miembros activos de la comunidad. Hacer espacio para los pobres significa no hablar siempre en su nombre. Y hacer espacio para quienes han quedado en los márgenes significa aceptar que su presencia puede cambiar el centro.
La actualidad de Josefina Bakhita está ahí. Su historia pertenece al pasado, pero la pregunta que deja pertenece al presente… León XIV ha encontrado en Bakhita una figura desde la que mirar estas preguntas. Quizá su memoria pueda ayudar también a la Iglesia a recorrer un camino todavía pendiente
Bakhita, la niña a la que le quitaron hasta el nombre, terminó dando nombre a una casa donde otros pueden recuperar un lugar. Esa paradoja contiene quizá una imagen precisa de lo que la Iglesia está llamada a ser. No una institución que simplemente habla de quienes están fuera, sino una comunidad capaz de abrir puertas, escuchar historias y compartir responsabilidades. No una Iglesia que se limita a proteger a las mujeres, sino una Iglesia dispuesta a escuchar lo que las mujeres tienen que decirle. No una Iglesia que conserva a Bakhita como memoria piadosa, sino una Iglesia que reconoce, en las mujeres vulnerables de hoy, la pregunta que aquella esclava sudanesa sigue planteando.
La actualidad de Josefina Bakhita está ahí. Su historia pertenece al pasado, pero la pregunta que deja pertenece al presente: ¿a quién estamos viendo sin escuchar?, ¿a quién queremos ayudar sin dejarle participar?, ¿qué espacio estamos dispuestos a abrir para que otros puedan aportar?
La actualidad de Josefina Bakhita está ahí. Su historia pertenece al pasado, pero la pregunta que deja pertenece al presente
León XIV ha encontrado en Bakhita una figura desde la que mirar estas preguntas. Quizá su memoria pueda ayudar también a la Iglesia a recorrer un camino todavía pendiente: pasar de hablar sobre las mujeres a escucharlas, de agradecer sus servicios a reconocer su responsabilidad y de abrirles espacios a compartir con ellas la responsabilidad de construirlos. Porque reconocer a las mujeres no consiste solo en darles un lugar, sino en dejar que su voz transforme la manera en que la Iglesia se comprende y se sitúa ante el mundo.