Figari, como Maciel: ¿morirá sin pedir perdón?
El pederasta más famoso de Perú es visitado por la periodista que más detesta
(Jugo).- El sábado 21 de marzo estuve frente al pederasta más emblemático de Perú, Luis Fernando Figari. Mi objetivo era entregarle un sobre con los testimonios impresos de las múltiples personas que lo han denunciado por abusos sexuales, físicos y psicológicos y solicitarle una entrevista.
Este encuentro era una cuestión pendiente por muchos años. Suponía cerrar un ciclo que empezó con la primera denuncia contra él de José Enrique Escardó, en el año 2000, y que tuvo su punto culminante el 14 de abril de 2025, con la supresión de la secta que Figari fundó en Perú.
Llegar hasta él no fue fácil. Sus más fanáticos seguidores habían tratado de ocultarlo vergonzosamente de la opinión pública peruana desde 2010, cuando dejó el cargo de Superior General. Más tarde, en 2017, cuando el Vaticano le impuso sanciones disciplinarias, incluyendo la prohibición de regresar a Perú y restricciones a su contacto con miembros del Sodalicio, lo escondieron en Italia.
Al entonces superior general del Sodalicio, Alessandro Moroni, quien hoy vive felizmente casado en Chile, se le escapó que Figari estaba en San Giovanni Rotondo. Martin Scheuch, víctima del Sodalicio y metódico donde los haya, escribió el 17 de agosto de 2024 en su blog Las líneas torcidas de Dios: “¿Seguirá viviendo en San Giovanni Rotondo u otra localidad italiana con todos los gastos pagados por el Sodalicio?”.
En efecto, Figari vive en la casa de reposo para ancianos Casa Padre Pío, de San Giovanni Rotondo, en la Via Maria Pyle, 71013; un lugar amplio y con espacios acogedores para los ancianos, donde son atendidos por los mejores expertos sanitarios del país.
Llegué a la casa de ancianos donde vive Figari a la hora establecida para las visitas. En el ingreso pregunté por él. Muy amablemente me confirmaron que vivía ahí, me abrieron la puerta de la casa y dejé el carro en el estacionamiento.
No iba sola. Una amiga del lugar lo registraba todo con discreción. Yo, con nerviosismo y sentimientos de rabia y dolor después de ocho años de persecución judicial del Sodalicio contra mí, portaba con las manos sudorosas un sobre con los testimonios impresos de los cientos de víctimas de Figari. En su cubierta había escrito “Para Luis Fernando Figari, de Paola Ugaz de Perú”.
Una visita inesperada para Figari
El italo-peruano Figari está en “Palazzina Ricci”, primer piso. Nos indicaron el camino. Al llegar, encuentras un letrero que dice “Figari”. Tocamos el timbre. La persona que lo cuida, que habla español, nos abrió y autorizó el ingreso.
Figari estaba extendido sobre la cama. Le vi con mucho más peso que la última vez. Apenas me vio, le cambió el rostro: “¿Qué haces acá?”, me espetó. “Quiero entrevistarlo”, le dije. “No”, respondió Figari, al tiempo que añadió: “Ten la bondad de retirarte”.
Figari estaba extendido sobre la cama. Le vi con mucho más peso que la última vez. Apenas me vio, le cambió el rostro: “¿Qué haces acá?”, me espetó. “Quiero entrevistarlo”, le dije. “No”, respondió Figari, al tiempo que añadió: “Ten la bondad de retirarte”
“¿Por qué no quiere hablar de las víctimas?”, insistí. “Por favor, retírate, estoy enfermo. Tengo asma, me siento mal. Ten la caridad de retirarte”, dijo Figari un poco alterado. Me despedí y me fui.
Conociendo cómo las gasta el Sodalicio, todo el intercambio con Figari debe estar grabado en video, así como mi ingreso y salida de la casa de reposo, una fundación de Iglesia supervisada por organismos de la Santa Sede.
Hace diez años, en octubre del 2016, entrevisté a Luis Fernando Figari a la salida de la embajada del Perú en Roma y en aquella ocasión negó que existieran víctimas del Sodalicio. Se declaró “inocente” y subrayó que era un enfermo de cáncer terminal
2016: el año del cancer terminal
Hace diez años, en octubre del 2016, entrevisté a Luis Fernando Figari a la salida de la embajada del Perú en Roma y en aquella ocasión negó que existieran víctimas del Sodalicio. Se declaró “inocente” y subrayó que era un enfermo de cáncer terminal.
Hoy puedo afirmar que, para sus 78 años de edad y la vida de excesos que llevó a lo largo de su edad adulta, se le ve bien de salud y responde con lucidez a las preguntas. El cáncer que presuntamente lo aquejaba en el 2016 ya no lo afecta más. Será un milagro del Padre Pío, dirán siempre los sodálites de la vieja escuela.
Figari vive tranquilo en su exilio de oro porque la justicia en Perú dejó de seguir el caso en el que se le investigaba como líder de una organización abusiva y sectaria.
Figari vive tranquilo en su exilio de oro porque la justicia en Perú dejó de seguir el caso en el que se le investigaba como líder de una organización abusiva y sectaria
“El que obedece no se equivoca”
Desde finales de la década del ochenta, el fundador del Sodalicio Luis Fernando Figari contó con un grupo de jovencitos a su servicio a quienes maltrató por años con la anuencia de los principales líderes sodálites. Son los tristemente célebres “esclavos de Figari”.
Ellos son testigos de cuán lejos estaba Figari de cultivar las virtudes y enseñanzas católicas que con mano férrea le exigía a su grupo. Este grupo de jóvenes sodálites al servicio de Figari vivieron por años en un régimen de terror donde, además de atender como sirvientes las 24 horas del día al líder religioso, debían lidiar con sus cambios de humor y agresividad física y verbal. Como otros adeptos a sectas destructivas, eran víctimas de una forma de servidumbre moderna delictiva.
Este grupo de cuidadores peruanos de tez blanca y ojos claros, seleccionados con esmero por Figari, lo cuidaban, le cocinaban alimentos “especiales”, atendían sus pedidos a cualquier hora del día o de la noche, velaban su sueño, se ocupaban del lavado de su ropa o corrían por Lima como locos para satisfacer cuanto antes los caprichos de su ‘gurú’. La reducción a servidumbre, en Italia, es un delito según el art. 600 del Código Penal de ese país que, además, prescribe más allá de los 20 años. He tomado atenta nota.
Cuando aquel grupo se quejó ante Jaime Baertl, Juan Carlos Len y otros, se toparon con una pared de omertámafiosa. Fue incluso hasta peor, porque el dirigente sodálite Eduardo Regal hizo circular una carta, escrita en 1993, que les hacía leer más de 50 veces al día. “Tengamos siempre la certeza de que al obedecer nunca nos equivocamos”.
Esta carta era leída en esas madrugadas del horror por aquellos jóvenes sometidos a las órdenes de Figari. Ellos, los “escogidos”, con sus cuerpos atléticos moldeados por una vida ascética atroz en el siniestro campo de concentración de San Bartolo, tenían que asistir con escándalo al espectáculo de su “dios” en la Tierra que veía toda la noche películas ligeras y comía comida chatarra.
Un narcisista está por encima del bien y del mal y todo puede ser interpretado según el cristal con el que lo mire él. Un día le dijo a sus seguidores: “¿Creen qué es inmoral poner el falo encima de la mesa? El mal solo esta en sus ojos. ¿Solo será inmoral si se miran con morbo el hecho?. A ver, quién se atreve a poner su falo encima de esta mesa”, señaló Figari con una sonrisa de medio lado. De inmediato, Ignacio Blanco, su preferido —quien se casó en segundas nupcias con la polémica influencer “católica” Giuliana Caccia—, se bajó el pantalón y puso su órgano encima de la mesa, hecho que fue aplaudido a rabiar por Figari.
“Estado de necesidad”
El hecho de que se conociera que era un abusador sexual lo tenía obsesionado. Por eso se encerraba durante horas en su escritorio con un código penal peruano de la década de los setenta. En sus últimos días como Superior General, Figari repetía una y otra vez la frase “el estado de necesidad”.
Esta expresión era bien conocida entre los jóvenes efebos que rodeaban al líder fundador. Figari se refería a ella como a la ayuda “desinteresada” que se debía proporcionar a cualquier líder religioso cuando necesitaba satisfacer sus deseos homosexuales. Así lo explicó en una de esas madrugadas limeñas acompañadas de películas y abultada alimentación.
Revisando el código penal y repitiendo que estaba en “estado de necesidad”, Figari pasó de respetado líder fundador del Sodalicio a gurú seboso, “comechado” investigado por pederastia y abusos sexuales, físicos y verbales.
Una tarea pendiente
Desde que el papa Francisco firmó la supresión del Sodalicio el 14 de enero del 2025, quien escribe tenía como pendiente la tarea de buscar a Figari y darle la oportunidad de explicar sus fechorías, esperando que en estos años se hubiera arrepentido y, ya en paz, estuviera preparándose para rendir cuentas ante Dios.
Yo quería entender lo que hizo y dejó de hacer, y también los por qué, los muchos por qué. Tengo curiosidad periodística por los apoyos políticos y empresariales que tuvo. Especialmente, por el rol del sacerdote Jaime Baertl, quien lo sacrificó en 2010 para salvar el negocio de la gallina de los huevos de oro del Sodalicio repartido en 4 offshore y una galaxia de sociedades.
Quería preguntarle por el rol en su vida del secretario personal, Ignacio Blanco, con el que vivió durante más de 18 años y del que solo se separó en 2017 cuando lo obligó el Vaticano. Quería que me explicara el rol de su otro secretario, Daniel Murguía, expulsado en 2007 por un intercambio sexual con un niño de 11 años, o el del entregado canonista y espía amateur de la organización, Gonzalo Flores Santana.
Me interesaba saber también del hacker y todoterreno, Erwin Scheuch; de la traición de Eduardo Regal, de los enterradores del Sodalicio José David Correa, Juan Carlos Boldt y José Antonio Dávila; del enlace del Sodalicio con los medios de comunicación, Willy Ackerman, y de su compinche Gonzalo Valderrama; de los lobbistas sodálites ante la Curia Romana, articulados por Enrique Elías, y de los millones de dólares con los que habrán comprado voluntades.
Nada de esto fue posible porque Figari no está acostumbrado a rendir cuentas a nadie, y su círculo de cercanos tampoco. Ellos son los “sinvergüenzas” del Sodalicio, que eran conscientes de este relato —o cuentazo— y, sobre todo, de que de él se vivía bien. Otras motivaciones tienen los “fanatizados”, es decir, los seguidores que hasta hoy no quieren salir a un mundo exterior que no les entiende. Ellos aprendieron a odiar “cristianamente” a todo aquel que dudara de su secta: a periodistas de investigación, y peor si eran mujeres; a los religiosos que los investigaron, a los papas que los sancionaron. Todos son, para ellos, enemigos a los que hay que atacar con campañas de desprestigio y desinformación.
La casa del Padre Pío
Esta historia es la historia de una periodista que aún busca respuestas a sus preguntas. Pero no quisiera acabar este artículo sin una última pregunta. Siendo la “Casa del Padre Pío” en la que está Figari una fundación supervisada por el Vaticano, ¿acaso hubo un acuerdo con el entonces comisario ad nutum Joseph Tobin para esconderlo en San Giovanni Rotondo?
Figari está tranquilo. El dinero del Sodalicio sigue fluyendo en grandes cantidades para mantenerlo escondido entre los olivares del Gargano, a veinte kilometros de uno de los santuarios mas famosos dedicados a San Miguel Arcángel, sin rendir cuentas ante la justicia y a sus víctimas.
La justicia peruana, matoneada por los estudios de abogados más poderosos del país, impidió que, desde noviembre de 2017 a agosto de 2019, se le diera audiencia para evaluar las pruebas contra él. La llegada de la pandemia del 2020 empantanó todo.
Cayó el telón. La manta de protección que cubría a Figari saltó por los aires. Lo encontrarán, en horario de visita, en la Casa Padre Pío de San Giovanni Rotondo, mientras el Vaticano no haga algo al respecto. Las víctimas, a falta de justicia humana, solo esperan la justicia divina del arcángel San Miguel. Mientras tanto, el rey, ensimismado en su perversión moral, está desnudo (metafóricamente hablando, para mi tranquilidad).
