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Un año sin el Papa Francisco: RD te recuerda

Francisco: Entre el Evangelio y las trincheras

Un año sin el papa Francisco

Un recuerdo agradecido, con un par de peros y el legado para León XIV

Papa Francisco

21 de abril de 2025: un año sin la sonrisa de Buenos Aires

Hace un año que Jorge Mario Bergoglio cerró los ojos por última vez. El mundo, mientras tanto, no ha aprendido mucho. Siguen las guerras de trincheras y de misiles, la política convertida en espectáculo del insulto, la ley doblándose ante el más fuerte. En ese paisaje de escombros democráticos, la figura del Papa Francisco se nos aparece como un viejo profeta con zapatos ortopédicos: incómodo, contradictorio, pero inconfundiblemente evangélico.

Hoy, en su primer aniversario, toca recordarlo con cariño… y con esa ironía que a él tanto le gustaba. Porque Francisco fue el primero en reírse de sí mismo: “Si el Señor no me quiere, ¡que me avise! Pero de momento, aquí sigo, dando la lata”.

La reforma a paso de tortuga… pero con látigo contra la pederastia

Se le pedía velocidad de vértigo y él respondía con prudencia de jesuita. La reforma de la Curia fue más una poda lenta que una tala radical. Muchos suspiraban por un papa cirujano; él resultó ser un geriatra paciente. Pero donde no hubo titubeos fue en el frente de los abusos. “Cero tolerancia” no fue un eslogan: fue una espada. Derribó privilegios, recibió renuncias, abrió archivos secretos. Le llovieron críticas desde dentro —los famosos cinco o seis cardenales que le hacían la oposición sistemática—, esos señores de púrpura que veían en cada gesto suyo una herejía. Francisco los llamaba “los apóstoles del no”, y solía añadir con media sonrisa: “Si no se opusieran a mí, me preocuparía. Sería señal de que no estoy molestando a nadie”.

Bertomeu y Scicluna
Frente de los abusos, 'cero tolerancia' no fue un eslogan: fue una espada

El misterio de la "resurrección de la carne" y el Loco de Dios

Aquí toca el pero mayor. Hubo un asunto teológico —el de la resurrección de la carne en el Loco de Dios— sobre el que Francisco nunca dio una respuesta clara. Los expertos esperaban una encíclica; los fieles, una palabra luminosa; los críticos, una condena. Él guardó silencio. ¿Prudencia? ¿Agenda saturada? ¿O simple desinterés por un debate que olía a sacristía polvorienta? Sea como fuere, ese eco sin respuesta quedó flotando como una pregunta sin padre que respondiera. Y en eso, Francisco nos dejó con la miel en los labios. “No todo hay que decirlo”, repetía. Pero a veces, don Jorge, hacerlo hubiera sido más evangélico que callar.

¿Prudencia? ¿Agenda saturada? ¿O simple desinterés por un debate que olía a sacristía polvorienta?

Conservador en el fondo, revolucionario en el gesto

Paradoja: su doctrina moral era, en lo grueso, conservadora. Nada de cambios radicales en la sexualidad o el sacerdocio femenino. Pero su sabor evangélico —esa manera de hablar de pobres, refugiados y excluidos— convertía lo conservador en subversivo. Porque no es lo mismo defender la familia tradicional desde un palacio que hacerlo mientras lavas los pies a una madre soltera. “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma de encierro”. Ahí está su grandeza: no cambió las reglas, pero cambió el aire.

Contra la guerra y la ley del más fuerte

Mientras los poderosos jugaban al riesgo geopolítico, Francisco alzó la voz —no siempre escuchada— contra la estupidez de las armas. “La guerra es una derrota”, repetía hasta la afonía. Condenó la invasión de Ucrania, lloró por Gaza, recibió a familias de ambos bandos. Su pacifismo no fue ingenuo: sabía que hay que negociar con lobos, pero también que el lobo solo entiende de mandíbulas. Por eso su posición moral fue tan firme como frágil: denunció sin temor, pero también tendió puentes donde otros veían abismos. “Construir la paz es un arte de artesanos, no de generales”.

El papa mostrando una bandera de Ucrania | Ettore Ferrari/Efe

Y fue aquí, en el terreno de la injusticia estructural, donde soltó una de sus frases más incómodas, esa que le valió el odio de los mercados y el aplauso de los olvidados: “Esta economía mata”. No era un eslogan, era una autopsia. Señaló con dedo de profeta —y con humor negro de confesor— que el capitalismo sin rostro, el que trata a las personas como desechos, el que celebra la ley del más fuerte mientras cierra las puertas de los hospitales y abre las de las guerras, es un sistema homicida. Lo dijo en 2013, lo repitió hasta el final, y cada vez que lo decía los cinco o seis cardenales del capirucho rojo torcían el gesto, como si hubieran olido azufre. Pero él sonreía: “Que no les guste no significa que no sea verdad”.

La sinodalidad: su gran regalo

¿Cómo celebrar su memoria? Poniendo en marcha lo que él más amó: una Iglesia que camina unida. La sinodalidad no fue un método, fue su testamento espiritual. Escuchar, discernir, no tener miedo a la diversidad. Ese es el rito que debemos repetir cada 21 de abril: reunirnos en asambleas reales, no en coreografías de poder.

Pero también hubo cosas que no trató. La participación plena de la mujer en los ministerios, la reforma profunda del celibato opcional, la revisión de ciertos dogmas económicos… Quedaron en el tintero. “El tiempo es superior al espacio”, solía decir. Quizá nos pidió que termináramos su tarea.

El tiempo es superior al espacio

León XIV: el león que hereda una jaula abierta

Y ahora llega León XIV, su sucesor. Un papa de perfil más bajo, más teólogo que pastor, más biblioteca que calle. Francisco dejó dicho —con ese humor que lo caracterizaba—: “Que el que venga no tenga miedo a oler a oveja, pero que también sepa leer a los padres de la Iglesia”. León XIV ha prometido continuar la sinodalidad, aunque con su propio acento. Los cinco o seis cardenales de cresta roja ya se frotan las manos pensando que vuelve el orden antiguo. Pero el legado de Francisco es tozudo: una vez que abres las ventanas, ya no puedes volver a cerrarlas sin que entre el aire frío.

León XIV

Un brindis con mate y sonrisa pícara

Así que hoy, 21 de abril de 2025, brindemos con mate —como a él le gustaba— por Francisco. Por su prudencia exasperante y su valentía puntual. Por sus silencios incómodos y sus palabras de fuego. Por enseñarnos que se puede ser conservador en las formas y revolucionario en las entrañas. “La realidad es más importante que la idea”, decía. Pues eso: vivamos la realidad de su recuerdo sin idealizarlo, pero también sin amargarnos.

Y si alguien pregunta por la resurrección de la carne en el Loco de Dios… digámosle con una pizca de ironía: “Pregúntele a Francisco. Nosotros, de momento, estamos aprendiendo a resucitar la esperanza en este mundo tan loco, pero tan de Dios”.

Francisco tomando mate

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