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El idioma de las instituciones

Serie «Reparación y memoria»

"Cierro el expediente y pienso en todas las palabras que aprendí durante aquellos meses. Algunas ya casi no las utilizo. Otras permanecerán conmigo"

El idioma de las instituciones

Las instituciones hablan un idioma que aprendemos demasiado tarde. 

Yo tardé unos minutos en contar algunas cosas y varias décadas en poder contarlas. 

Cuando finalmente lo hice, descubrí que aquello que para mí eran recuerdos, miedo, nombres, habitaciones y silencios tenía que convertirse en otra cosa. 

En hechos. 

Fechas. 

Documentos. 

Antecedentes. 

Alegaciones. 

Resoluciones. 

No me pareció injusto. 

Me pareció extraño. 

Yo contaba una vida. 

Ellos tenían que convertirla en un expediente. 

Leí uno de aquellos documentos despacio. 

Hablaba de mí. 

Reconocí las fechas. Reconocí algunos nombres. Reconocí los hechos. 

Pero había palabras que no reconocía. 

«Expediente». 

«Alegaciones». 

«Documentación aportada». 

«Valoración». 

«Resolución». 

Seguí leyendo. 

Todo era correcto. 

Y, sin embargo, tuve durante unos instantes la extraña sensación de estar leyendo la vida de otro. Donde yo recordaba una habitación, había un hecho. 

Donde recordaba miedo, había una declaración. 

Donde había un muchacho, había una víctima. 

Donde habían transcurrido décadas, había un expediente

No era frialdad.

Era traducción. 

El documento no mentía. 

Ese era precisamente el problema: decía la verdad de una manera en la que yo nunca la habría contado. 

Las instituciones necesitan traducir las vidas para poder administrarlas. 

El problema comienza cuando olvidamos que, debajo de esa traducción, sigue estando la lengua original. 

Poco a poco fui aprendiendo aquel idioma. 

No era difícil. 

Era preciso. 

Cada palabra tenía una función. 

Hechos. 

Para una institución, los hechos son aquello que puede establecerse, comprobarse, relacionarse con una fecha o sostenerse mediante un testimonio. 

Para mí eran otra cosa. 

Eran recuerdos

Algunos nítidos. Otros incompletos. Una habitación. Una voz. Un gesto. El miedo que puede sobrevivir a todos los calendarios. 

Documentación. 

Para ellos eran papeles. 

Para mí era memoria convertida en prueba.

Cada documento tenía una fecha, un membrete, una firma. 

Pero detrás de algunos había años enteros. 

Plazos. 

Un plazo comienza un día y termina otro. 

La espera no. 

Valoración. 

Una palabra prudente. 

Había personas que debían estudiar lo ocurrido, contrastarlo, decidir qué podía considerarse acreditado. 

Yo comprendía que tenían que hacerlo. 

Pero resulta extraño saber que algo que uno lleva toda la vida sabiendo tiene que ser valorado por alguien que acaba de conocerlo.

Víctima. 

Esta fue quizá la palabra más difícil. 

Durante muchos años no necesité utilizarla para saber lo que había ocurrido. Era yo. 

Con mi nombre. 

Con mi edad. 

Con una vida que había continuado. 

Después descubrí que aquella palabra era necesaria. No para sustituir mi nombre, sino para reconocer algo que durante demasiado tiempo no había tenido reconocimiento. 

Y finalmente: 

Resolución. 

Para una institución, una resolución es el documento con el que termina una parte del procedimiento. 

Para quien ha esperado puede ser algo completamente distinto. 

Puede ser una frase que tarda décadas en llegar. 

Una frase que, traducida otra vez al idioma de quien esperaba, dice:

Te creemos. 

Con el tiempo comprendí que las palabras de una institución no pesan lo mismo a ambos lados de una mesa. 

Quien escribe «pendiente» puede estar describiendo simplemente el estado de un procedimiento. Quien lee «pendiente» puede llevar cuarenta años esperando. 

Palabras como «documentación insuficiente» pueden señalar simplemente una carencia. Quien las recibe puede escuchar algo distinto: 

Todavía no basta. 

No hay necesariamente crueldad en esa distancia. 

A veces ni siquiera hay indiferencia. 

Hay dos personas situadas a cada lado de una palabra. 

Una la escribe. 

Otra la recibe. 

Y la palabra no significa exactamente lo mismo para las dos. 

Poco a poco comprendí otra particularidad de aquel idioma. 

Cada respuesta podía contener una pregunta. 

Cada documento podía necesitar otro documento. 

Y detrás de cada trámite parecía existir, con toda lógica, el trámite siguiente. Un expediente puede llegar a saber muchas cosas de una persona sin haberla visto nunca desayunar.

Quizá por eso las instituciones deberían aprender no solo a elegir bien sus palabras, sino también a imaginar cómo llegan. 

Porque una carta administrativa no termina cuando alguien la firma. 

Termina cuando alguien la lee. 

Y quien la lee no siempre está leyendo un papel. 

A veces está leyendo qué piensa el mundo de aquello que le ocurrió. 

Durante mucho tiempo pensé que las instituciones necesitaban aprender el idioma de las víctimas. Ahora no estoy tan seguro. 

Una institución necesita conservar su rigor, sus procedimientos, sus comprobaciones y hasta cierta distancia. 

Lo que necesita aprender es algo más difícil: 

a no confundir la distancia con la indiferencia.

Se puede pedir una prueba con delicadeza. 

Se puede comunicar una demora sin olvidar que alguien está esperando. 

No hace falta abandonar el idioma de las instituciones. 

Basta con que, de vez en cuando, dentro de él pueda escucharse una voz humana. Y un día el idioma cambió. 

No porque desaparecieran los términos administrativos. 

Seguían allí. 

Había un expediente, una valoración, una resolución. 

Pero entre aquellas palabras apareció algo que llevaba mucho tiempo esperando. Reconocimiento. 

Leí despacio. 

Volví atrás. 

Leí otra vez. 

Durante meses había intentado aprender el idioma de las instituciones. Había aportado documentos, respondido preguntas, aclarado fechas. 

Ahora ocurría algo inesperado.

Ya no tenía que traducirme yo. 

La institución había hecho el camino hasta mí. 

Había estudiado lo ocurrido. 

Lo había contrastado. 

Lo había valorado. 

Y había llegado a una conclusión favorable. 

Aquello seguía escrito en el lenguaje de una resolución. 

Pero yo lo leí en otro idioma. 

No decía literalmente: 

Te creemos. 

Pero aquellas eran, para mí, algunas de las palabras que había detrás. 

Por primera vez, el lenguaje administrativo y el lenguaje de mi memoria no estaban enfrentados. Decían lo mismo de dos maneras distintas. 

No sentí que una institución me devolviera el pasado. 

Nadie puede hacerlo.

Tampoco pensé que unas páginas pudieran reparar por sí solas lo ocurrido. La reparación no consiste en eso. 

Consiste, quizá, en que después de tantos años una persona deje de estar sola sosteniendo la verdad de su propia historia. 

Hasta entonces yo sabía. 

Desde aquel momento, alguien más lo sabía conmigo. 

Las instituciones necesitan sus palabras. 

La justicia necesita procedimientos y las decisiones necesitan fundamento. No escribiría una sola línea contra eso. 

Lo que sí he aprendido es que todavía nos falta una lengua. 

La lengua de la reparación. 

No consiste en abandonar el rigor. 

Consiste en recordar que el rigor habla con personas. 

Una institución puede pedir un documento sin hacer sentir a quien lo envía que vuelve a justificar su existencia.

Puede comunicar una demora sin convertir unos días en una eternidad silenciosa. La diferencia no siempre está en las palabras. 

A veces está en el tono. 

A veces en el tiempo. 

A veces en una llamada. 

A veces en un correo que simplemente dice: 

Seguimos aquí. 

Porque el silencio también es un idioma. 

Y, cuando dura demasiado, termina diciendo cosas que nadie quería decir. Durante el silencio, el expediente seguía existiendo en alguna parte. 

Yo también. 

La reparación empieza mucho antes de una indemnización y termina mucho después de una resolución. 

Empieza cuando alguien escucha. 

Quizá reparar consista precisamente en conseguir que, durante un momento, los dos idiomas puedan encontrarse. 

Que cuando alguien diga: 

—Esto me ocurrió. 

al otro lado no haya únicamente alguien que sepa dónde archivarlo. 

Que haya alguien capaz de comprender lo que acaba de escuchar. 

Después vendrán los documentos. 

Las comprobaciones. 

Los plazos. 

Las valoraciones. 

La resolución. 

Todo eso tendrá que existir. 

Pero antes hubo una persona contando algo que quizá llevaba media vida intentando contar. Y después seguirá habiendo una persona. 

Cierro el expediente y pienso en todas las palabras que aprendí durante aquellos meses. Algunas ya casi no las utilizo. 

Otras permanecerán conmigo.

Pero hay una que no pertenece a ningún formulario. 

Es una palabra muy antigua. 

La conocía antes de que empezara todo. 

Escuchar.

(El anterior artículo de José Rivela: 'La sala de espera'

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