¿Tiene la Iglesia española un problema de comunicación?
"La pregunta puede resultar incómoda, pero creo que merece un debate sereno, especialmente entre quienes nos dedicamos profesionalmente a la comunicación. Quizá la cuestión no sea cuánto comunica la Iglesia, sino cómo comunica"
La pregunta puede resultar incómoda, pero creo que merece un debate sereno, especialmente entre quienes nos dedicamos profesionalmente a la comunicación.
La Iglesia española tiene una realidad social de enorme dimensión. La Memoria de Actividades 2024 de la Conferencia Episcopal recoge 22.922 parroquias, 9.648 misioneros, 2.527 centros educativos, más de 8,2 millones de personas que acuden regularmente a misa y casi cuatro millones de personas atendidas en sus centros sanitarios y asistenciales. Más de 6.000 centros están dedicados a combatir la pobreza.
También ha avanzado en transparencia: el 80% de las diócesis ha participado ya en procesos de mejora de la rendición de cuentas y la Memoria anual es auditada externamente.
Y, sin embargo, existe una paradoja: la dimensión de lo que la Iglesia hace no siempre parece corresponderse con la percepción que una parte de la sociedad tiene de la institución.
Aquí está, a mi juicio, el verdadero debate. Quizá la cuestión no sea cuánto comunica la Iglesia, sino cómo comunica.
La propia Iglesia parece haber detectado el problema. En el encuentro de las Comisiones Episcopales de Comunicación de España y Portugal celebrado en 2025 se afirmó que el lenguaje eclesial debe ser claro para la opinión pública, cercano a la vida cotidiana y capaz de responder a las preguntas de la sociedad actual.
Es una reflexión especialmente importante. Porque una institución puede tener una enorme cantidad de información y, al mismo tiempo, no conseguir comunicar eficazmente su realidad.
¿Habla la Iglesia demasiado desde sus estructuras y demasiado poco desde las personas? ¿Utiliza un lenguaje comprensible para quienes no forman parte de ella?
¿Cuenta suficientemente las historias de quienes trabajan en sus colegios, hospitales, parroquias, misiones y proyectos sociales?
¿Está realmente allí donde se produce hoy la conversación pública? La respuesta a esta última pregunta es especialmente relevante cuando hablamos de jóvenes.
La Iglesia española ha creado un área específica de comunicación digital y reconoce que necesita contenidos atractivos, formatos actuales y un lenguaje familiar. También está impulsando la figura de los llamados misioneros digitales, entendiendo las redes como un espacio real de encuentro, escucha y diálogo.
Es un paso importante. Pero probablemente insuficiente si la comunicación digital se entiende únicamente como trasladar a Instagram, TikTok, YouTube o un podcast el mismo lenguaje utilizado en una comunicación institucional.
El reto digital no consiste solamente en estar en las redes. Consiste encomprender la cultura de las redes.
Y aquí quizá encontremos una de las principales asignaturas pendientes: pasar de una comunicación pensada fundamentalmente para quienes ya están dentro a una comunicación capaz de dialogar con quienes están fuera.
No se trata de rebajar el mensaje, sino de hacerlo comprensible. No se trata de comunicar más, sino de escuchar más. No se trata solamente de defender la reputación institucional, sino de construir confianza.
Y no se trata de sustituir la comunicación institucional, imprescindible en una organización de esta dimensión, sino de complementarla con algo que la sociedad entiende especialmente bien: personas, testimonios e historias reales.
Hay además un fenómeno que debería hacer pensar. Según un estudio reciente del Pew Research Center, España es uno de los países analizados donde más personas han abandonado la identidad católica con la que fueron educadas: un 34% de los adultos declara haber dejado de identificarse como católico después de haber sido criado como tal. En Italia el porcentaje es del 22% y en Francia del 26%.
No es un dato que pueda explicarse únicamente por la comunicación. Sería simplista afirmarlo. Hay factores culturales, sociales, generacionales y religiosos mucho más profundos.
Pero sí debería llevarnos a una pregunta comunicativa: ¿Está la Iglesia española consiguiendo explicar su mensaje, sus valores y su acción a las nuevas generaciones en los códigos culturales en los que esas generaciones se relacionan?
La comparación internacional puede ser, precisamente, una buena manera de analizarlo sin prejuicios.
España no está sola ante este desafío. La secularización afecta a buena parte de Europa. Pero las respuestas comunicativas no son necesariamente iguales.
Por eso creo que la Iglesia española debería abrir también un debate interno sobre su comunicación.
Un debate que incluya a obispos, sacerdotes, religiosos, laicos, jóvenes y, sobre todo, profesionales de la comunicación.
Porque quizá la Iglesia tenga uno de los mayores problemas de comunicación que puede tener una institución: tener muchísimo que contar y no conseguir que suficiente gente quiera escucharlo.
Y quizá también tenga una extraordinaria oportunidad. La Iglesia dispone de miles de personas, millones de historias, una enorme presencia territorial y una actividad social, educativa, cultural y asistencial de una dimensión difícilmente comparable.
La pregunta ya no debería ser solamente qué comunica la Iglesia. La pregunta debería ser: ¿Cómo puede la Iglesia comunicarse mejor con la sociedad a la que quiere servir?
Creo que merece la pena abrir ese debate. En próximos artículos abordaré, en tres entregas más, cómo a mi juicio podemos abordarlo