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Jornada Mundial del Enfermo

La Iglesia y la sociedad de Candela y Liliana

No debería hacer falta que un tren descarrilara o que se inundaran ciudades y pueblos enteros para darnos cuenta que cada día, cada momento que vivimos, es único y que estamos rodeados de pequeños milagros que nos suceden a diario. Estos milagros llevan nombre de mujer y de niña

Esperanza obstinada

Nos estamos acostumbrando a pensar que las cosas no funcionan. Creemos que todo es producto del caos alimentado a partir de los parámetros políticos de enfrentamiento y de polarización que los partidos políticos imprimen a diario. Vivimos en una sociedad que en las cuestiones importantes muestra una ceguera suicida. Pensemos en problemas como la vivienda, la salud mental, los problemas de convivencia y violencia, la IA y las consecuencias de las redes sociales en la juventud o las diferencias sociales. Todos ellos están sustentados por un mismo hilo conductor: nadie dice nada y nada propone nada. Estamos ante un solar que, probablemente, va a condenar a las próximas generaciones.

Ahora bien, y duele decirlo, porque sólo aprendemos a golpes, las tragedias son las responsables de que avancemos al mostrar el otro lado de la sociedad, de las gentes, de los pueblos, con el convencimiento, todavía, que la luz es más fuerte y potente que la corrupción, el enfrentamiento o la polarización

Cuando sobrevine la tragedia, lo no esperado, nos caemos del caballo y nos damos golpes en el pecho acerca de lo que olvidamos y jamás deberíamos olvidar. De pronto, somos conscientes de nuestra desnudez, de nuestra radical vulnerabilidad, de nuestra flaqueza, puesto que el recorrido entre la vida y la muerte depende de un hilo muy fino. Un ilustre periodista de las mañanas expresaba estos días la frase de una viuda: “La muerte no escribe a lápiz”. No se puede borrar, no podemos volver. La muerte no permite los premios de consolación, ya que sus ausencias son irreversibles y sus huellas imborrables. Es sólo en estas situaciones límite, como las calificaban Karl Jaspers y Víctor Frankl, cuando reparamos en el poder de los rostros y de las miradas. En esta sociedad materialista donde atisba la muerte como el final de todo, vive, de forma paradójica, como si fuésemos inmortales. Tantas guerras, tanta opresión, tantas propiedades, tanto poder, tanto señalamiento para imponer y saciar nuestras ansias de dominio y relevancia. Sin embargo, como recordaba Francisco, “nunca se ha visto un camión de mudanzas detrás de un entierro”.

Accidente de tren en Adamuz

De alguna forma, la muerte nos aterra, nos descoloca, porque vivimos sin sentido. Deberíamos darnos cuenta que los accidentes y las tragedias siempre van a pasar porque forman parte de nuestro paisaje vital. Cuando se dan suele venirme a la memoria una reflexión que Sogyal Rimpoché hace en El libro tibetano de la vida y la muerte: “Imaginad como sería el mundo si pudiéramos insuflar a nuestra existencia un carácter sagrado, si el acompañamiento en los últimos instantes de la vida estuviera iluminado por un profundo respeto a la muerte y si consideráramos la vida y la muerte como un todo inseparable”. La humanidad está a la espera de esta revolución tranquila. En su lado más profundo anida la cuestión más importante de la existencia humana: de qué forma consideramos la vida y cuidamos a los vivos. No debería hacer falta que un tren descarrilara o que se inundaran bajo las aguas ciudades y pueblos enteros, con danas o sin ellas, y se llevara decenas de vidas por delante para darnos cuenta que cada día, cada momento que vivimos, es único y que estamos rodeados de pequeños milagros que nos suceden a diario.

Estos milagros llevan nombre de mujer y de niña, Liliana y Candela. La primera ya la conocen. Saltó a los medios por su memorable intervención en la acción de gracias de la misa funeral por las víctimas del accidente de Adamuz el pasado 29 de enero. Descolocó a las autoridades. De pronto, fue como si todos estuviésemos ahí, a su lado. Nos vimos representados, porque expresó lo que muchas personas llevamos dentro y no es otra cosa que un hartazgo frente a la manipulación y la utilización constante y torticera de nuestros poderosos, de un signo y de otro, de querer enfrentarnos con debates y temas que ni existen ni se les espera. Y lo hizo desde un púlpito, con un Cristo a su vera, en casa del Dios que se hace presente, que nos acompaña, que viene Él a nosotros, no por un ejercicio de meditación o reflexión, sino por una muestra de amor incondicional hacia todos y cada uno de nosotros. Siempre resonarán en nuestra alma las siguientes palabras: 

“Gracias a nuestra diócesis por este funeral, el único funeral que cabía en esta despedida, pues la única presidencia que queremos a nuestro lado es la del Dios que hoy aquí se ha hecho presente en el pan y el vino, bajo la mirada de su Madre, en su advocación cinteña. Huelva es una tierra mariana, Andalucía es un pueblo creyente y es abrazando su cruz donde encontramos mayor consuelo”.

Las palabras de la joven Liliana en el funeral de Adamuz

La divisiones mediáticas y partidistas se evaporaron. Una lección en toda regla. Es posible otra sociedad y otra Iglesia, claro que sí, la de la ayuda, la del compromiso y la de la solidaridad, la de las botas impregnadas de barro que vimos en la Dana de Valencia en octubre del 2024. La cuestión de fondo es que tengamos que despertar al amparo de una tragedia. La historia se repite, no aprendemos, siempre caemos en el mismo agujero, nos volvemos a levantar y nos volvemos a caer. Vivimos en una sociedad sin luz, oscura, y se necesitan faros de esperanza que iluminen nuestra vida desde el amor y la entrega. Lilian, recordando a su madre fallecida en el tren, nos recordó la necesidad de darse, hasta la extenuación, como único camino de humanidad y dignidad. No cabe alternativa alguna. La historia ya nos ha enseñado en demasía su rostro destructor y deshumanizante:

“Yo tendría algo más de pocos años cuando un día le pregunté a mi madre: ‘Mami, ¿tú cuánto dinero ganas? Supongo que sería algo que hablábamos entre chiquillos. ‘Lo justo cariño’ -me dijo ella- ‘porque lo que queda en mi cuenta a final de mes no es mío’. ‘¿Y de quién es, mamá?’, le pregunté porque no lo comprendía. ‘De los demás’, me dijo ella”.

Y a continuación nos recordó, mirando de frente a nuestra clase política, que lo que se perdió en aquellos vagones no respondía a una cifra fría, aséptica, sino vagones llenos de esperanzas, de ilusiones, sueños y virtudes. Despertemos de una vez, dejemos los clichés, los bandos y las bandas, y argumentemos, con el corazón, sabiendo que por encima de etiquetas y colores somos personas, con necesidades, en búsqueda de aquello que nos dota de sentido y significado. Y es ahí donde tiene que aparecer la Iglesia y la sociedad que está latente, que parece no estar, en silencio, pero que siempre acompaña, que se da en cuerpo y alma. Me siento orgulloso como cristiano y católico de esa Iglesia que acoge, que está con las víctimas desde el minuto uno -ojalá hiciese siempre igual sin distinguir tipo de víctimas. Una Iglesia como un hospital de campaña, que cura las heridas y nuestras magulladuras diarias y cotidianas. 

Temporal

Y casi sin esperarlo, mientras todavía estábamos en Adamuz y sus alrededores, una implacable y casi eterna lluvia nos volvió a despertar y situarnos en tierras andaluzas. En estos días, qué nos van a decir a los valencianos, nos hemos sentido con el agua al cuello, convirtiéndonos en vecinos y hermanos de Jerez de la Frontera, Grazalema, San Roque, Ubrique… Este domingo pasado ante el evangelio en el que Jesús nos señala a cada uno de nosotros como responsables de ser luz y sal ante un mundo insensible y desnortado, tuve la suerte en Torrent, una de las zonas cero de la Dana de Valencia, de escuchar una homilía donde su protagonista fue una niña, Candela, de seis años, que vive en una pedanía de Jerez de la Frontera. Su casa está sumergida a causa de la crecida del Guadalete y está acogida en casa de unos familiares sin ser muy consciente de lo que pasa. Pero su relato, su visión, nos puede ayudar a entender la importancia de ir más allá de la realidad, para transformarla, para no sucumbir a la moda del señalamiento, la persecución y la violencia. El padre Martín Alexis de la Iglesia de los Dominicos de Torrent lo expresaba con estas palabras:

Vivo como Bob Esponja y con un poco de suerte es posible que me encuentre con la sirenita

Su nombre, Candela, significa luz, festividad que acabamos de celebrar, y representa la inocencia, no violada todavía por esa madurez del mundo que borra todo aquello que no se adapta ni asume sus principios y postulados. Jesús repite en el evangelio que nos convirtamos en niños porque necesitan del cuidado de sus padres y de sus madres, se muestran débiles y vulnerables. Hoy el mundo y la sociedad se bastan así mismos. Ya no requieren de Dios porque pueden decidir de forma impune el destino de personas y pueblos enteros. Liliana y Candela son una inspiración para una Iglesia verdaderamente cristológica, servidora de Jesús y el evangelio, de forma profunda y radical, no de siglas ni corrientes ideológicas de moda. Jamás nos deberíamos postrar ante todo aquello que no sea la cruz, símbolo de alegría y esperanza desde el sufrimiento humano y de una inocencia única que todavía cree en la bondad y la fraternidad entre las personas. Así sea.

La fuerza de la bondad

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