Inteligencia artificial y humanismo cristiano, o cómo incorporar la IA a un mundo más humano
La primera encíclica de un pontificado suele hablar de quién es el papa que la escribe, ayuda a comprender sus preocupaciones y orientaciones teológicas y dibuja cuál son sus preocupaciones pastorales.
Magnifica Humanitas, del Papa León XIV, lo inserta en la tradición humanista que desde el Concilio Vaticano II ha sido la línea permanente de todo el magisterio pontificio.
El papa León ve a la humanidad de nuevo en otra encrucijada, como en la que se encontró en el momento de la Revolución Industrial a la que respondió su predecesor León XIII con Rerum Novarum. O como la que se encontraba la humanidad en los años sesenta cuando el enorme desarrollo económico no llegaba por igual a todos los pueblos; a la que respondió Pablo VI con Populorum Progressio. O la crisis ecológica que intenta iluminar Francisco con Laudato Si. Por citar solo tres hitos de estos últimos años.
Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano. Significa sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable y, por tanto, habitable, restableciendo en ella la pluralidad de las culturas humanas y de las formas de vida
Todas estas situaciones de la historia reciente de la humanidad tienen un punto en común. En esos momentos de la historia se corre “el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto” (MH, 1). Es lo mismo que decía Paul Poupard en el año 1967, en un edición francesa de la encíclica Populorum Progressio, donde escribía: “Esta muy claro: PP es la contestación, en nombre del Evangelio, a un mundo inhumano”. Se puede decir lo mismo de Magnifica Humanitas.
Desde esta clave hermenéutica de la encíclica de León XIV tiene un doble nivel de lectura. Por una parte, ¿qué es lo que en este momento está haciendo al mundo más inhumano?; por otra, ¿qué visión de Dios y del hombre puede aportar la Iglesia a este momento de la historia para caminar hacia un mundo más humano?
Un mundo inhumano
A la primera pregunta, la que trata sobre las fuerzas deshumanizadoras del momento presente, León XIV no responde que la Inteligencia Artificial sea una de ellas por su propia estructura. Esta herramienta tecnológica, cuyo funcionamiento describe con enorme acierto (97-99) sin necesidad de una comparación con la inteligencia humana (como hacia Antiqua et nova), no es por sí misma deshumanizadora. Al contrario, es una valiosa ayuda que requiere atención (MH 100). Ahora bien, la IA diseñada y utilizada bajo las premisas del paradigma tecnocrático se transforma en una poderosa herramienta de deshumanización.
La tecnocracia se apoya en la convicción de la que ya habló Heidegger de que la tecnología moderna asegura “poder ilimitado para calcular, planificar y moldear todas las cosas”, de tal manera que se genera un círculo vicioso y la mejora tecnológica se convierte en el fin de los propios avances tecnológicos, dejando de lado a las personas.
El papa León propone la Doctrina Social de la Iglesia como antídoto frente a las lógicas de la tecnocracia y sus hijos naturales como son el transhumanismo y el posthumanismo (MH 109).
En esta misma línea, añade su impronta propia: “Desarmar la IA significa sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es sólo militar, sino económica y cognitiva. Es la carrera por el algoritmo más eficaz y por el banco de datos más amplio, para consolidar una ventaja geopolítica o comercial sobre todos los demás. Desarmar quiere decir romper esta equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano. Significa sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable y, por tanto, habitable, restableciendo en ella la pluralidad de las culturas humanas y de las formas de vida” (MH 110).
Afirmada la visión positiva que el Papa León tiene sobre la IA, no es menos cierto que describe en qué campos se puede desplegar su potencia deshumanizadora: la verdad, el trabajo y la libertad, descritos en el capítulo IV; y el poder, también en su dimensión militar, del que habla en el capítulo V.
Caminando hacia un mundo más humano
A la segunda pregunta, sobre la aportación del mensaje evangélico a la construcción de un mundo más humano, la encíclica de León XIV se suma a la tradición humanista del magisterio reciente que tiene su punto álgido en Gaudium et Spes 22 y que continua Pablo VI, Juan Pablo II en Redemptor Hominis, Benedicto XVI en Caritas in Veritate y Francisco en Evangelii Gaudium.
El humanismo integral, propuesto por el Concilio y desarrollado por el magisterio posterior por Karl Rahner, piensa al hombre como una asíntota, la línea recta que, prolongada hacia el infinito, se acerca progresivamente a una curva sin llegar nunca a encontrarla.
La asíntota es Cristo y la curva el hombre. Creado a imagen de Dios –de Cristo–tiende a asemejarse a él. En los dos puntos infinitos –Creación y Redención- el hombre se encuentra con Cristo. Por eso es Cristo el que revela al hombre la verdad sobre el propio hombre y el dinamismo de la existencia humana es proceso de asemejamiento del hombre a Cristo en el acto redentor. Por creación somos imagen de Cristo y en el despliegue de nuestra existencia debemos asemejarnos a Cristo redentor.
Este es el humanismo cristiano, este es el verdadero desarrollo humano, el que lleva al hombre hasta el infinito. Este el verdadero sentido de la expresión “más humano” (MH 127).
Sobre esta base León XIV ofrece una respuesta teológica a la tecnocracia y al uso de la IA bajo su influjo: “Aquí se encuentra la diferencia radical respecto a los sueños prometeicos: lo que salva lo humano no es la autosuficiencia potenciada, sino una relación que libera, una comunión que transforma. Frente a esto, una tecnología que clasifica y optimiza lo que ya existe puede ser, sin querer, un obstáculo al cambio y al crecimiento. Para un algoritmo, el error es algo que hay que corregir; para una persona, puede ser el inicio de un cambio profundo. El futuro de una persona no es calculable, sino que está confiado a su libertad ―elevada por la inagotable gracia divina― y a las relaciones que cultiva” (MH 128).
Un humanismo que acoge a la ciencia
En definitiva, lo que el papa León propone para este momento de la historia, con la ayuda de la expresión agustiniana de las dos ciudades, es un humanismo que “no rechaza la ciencia ni la técnica, sino que las asume con gratitud y realismo, y las sitúa “con los pies en la tierra” dentro de una vocación más alta. La inteligencia creativa del ser humano es un don que puede aliviar sufrimientos y abrir nuevas posibilidades, pero debe permanecer ordenada al bien común, a la justicia, al cuidado de los frágiles y de la creación” (MH 129).
Sobre este humanismo se construye lo que Pablo VI denominó civilización de amor, a lo que León XIV añade: “Hoy debemos recuperar con fuerza esta visión: la civilización del amor no es una utopía ingenua, sino un proyecto exigente. Consiste en traducir la caridad en estructuras de justicia, en dar cuerpo institucional a la fraternidad y en considerar al otro —ya sea persona o pueblo— como un aliado necesario para la construcción del bien común” (MH 186).