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León XIV y el amanecer de la paz justa: hacia el ocaso de la guerra justa

"La reflexión cristiana parece desplazarse progresivamente del ius ad bellum al ius ad pacem; del derecho excepcional a hacer la guerra al derecho originario de todos los pueblos a vivir en una paz fundada en la justicia, la solidaridad, la fraternidad y el reconocimiento efectivo de la dignidad de toda persona"

Paz

Las primeras intervenciones magisteriales de León XIV muestran que el itinerario inaugurado por Pablo VI ha alcanzado una nueva madurez. No constituyen un cambio de dirección, sino la culminación de un proceso doctrinal que, desde hace más de sesenta años, ha ido desplazando progresivamente el centro de gravedad de la reflexión moral de la Iglesia: ya no desde la pregunta acerca de las condiciones que podrían hacer justa una guerra, sino desde la convicción evangélica de que la verdadera tarea de la humanidad consiste en hacerla cada vez más imposible.

Paz

No es casual que el nuevo pontífice inaugurara su ministerio con las mismas palabras que Cristo resucitado dirigió a los discípulos encerrados en el cenáculo: «La paz esté con vosotros» (Jn 20, 19. En ese saludo se encuentra condensado todo un programa teológico. La primera palabra del Resucitado no es una llamada a la represalia contra quienes lo crucificaron ni una reivindicación de la fuerza para restaurar la justicia. Es el don gratuito de la paz. La Iglesia descubre así que la paz no constituye simplemente un ideal ético ni un objetivo político especialmente deseable, sino la primera manifestación histórica de la victoria de Dios sobre el pecado y sobre la violencia. La paz es el nombre que adopta la redención cuando entra en la historia.

Desde esta clave cristológica debe leerse su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2026, significativamente titulado «La paz esté con vosotros. Hacia una paz desarmada y desarmante». Con una formulación de extraordinaria densidad teológica, León XIV propone una categoría destinada, probablemente, a convertirse en una referencia del magisterio contemporáneo. La paz ha de ser desarmada, porque no puede seguir edificándose sobre la lógica del miedo, de la amenaza permanente o de la capacidad de destrucción recíproca. Una paz sostenida por la disuasión militar continúa siendo rehén de la violencia que pretende contener. Mientras el equilibrio internacional repose sobre el temor, la guerra permanecerá latente incluso en los períodos de aparente estabilidad.

Pero la paz ha de ser también desarmante. No porque ignore el drama del mal ni porque proponga un pacifismo ingenuo incapaz de afrontar la injusticia, sino porque manifiesta una fuerza distinta de la fuerza. Es la potencia transformadora del Evangelio, que rompe la espiral de la violencia no mediante una superioridad bélica, sino mediante la autoridad de la verdad, de la justicia, del perdón y de la misericordia. La cruz constituye aquí el paradigma definitivo. Dios no derrota el odio reproduciendo el odio; no vence la violencia con una violencia mayor. La vence revelando una forma nueva de poder: el amor que reconcilia sin destruir al enemigo. La paz cristiana es verdaderamente desarmante porque desarma el corazón antes que las manos y convierte al adversario nuevamente en hermano.

Con ello, León XIV desplaza el problema de la guerra hacia su raíz más profunda: la antropología. La guerra no comienza cuando se movilizan los ejércitos ni cuando estallan las primeras explosiones. Comienza mucho antes, cuando el otro deja de ser percibido como persona y pasa a convertirse en amenaza; cuando la diferencia se transforma en enemistad; cuando el miedo sustituye a la confianza y la propaganda reemplaza a la verdad. Antes de la fabricación de las armas existe siempre una fabricación cultural del enemigo. Antes de destruir ciudades se destruye la dignidad moral del adversario. Por ello, el verdadero desarme no consiste únicamente en reducir arsenales —aunque ello siga siendo una exigencia moral inaplazable—, sino en desmontar la antropología del enemigo sobre la que toda guerra termina edificándose. Desarmar los corazones se convierte así en la condición indispensable para desarmar las naciones.

Pablo VI en la ONU

La paz entendida como don pascual y como principio de la convivencia humana encuentra una traducción concreta en la insistencia de León XIV por fortalecer el derecho internacional, la diplomacia, las instituciones multilaterales y la corresponsabilidad entre los pueblos. La paz no puede quedar abandonada al precario equilibrio de las potencias ni a la lógica de la correlación de fuerzas. Cuando el derecho cede ante el poder, la guerra deja de ser una excepción para convertirse nuevamente en un instrumento ordinario de la política. La verdadera seguridad no nace de la acumulación indefinida de armamento, sino de la confianza recíproca, de la justicia y del reconocimiento efectivo de una fraternidad universal que ninguna frontera puede abolir.

En esta misma línea resulta especialmente significativa su afirmación de que «la guerra nunca es digna del hombre, y nunca será bendecida por Dios» (Homilía, 26 de junio de 2026). No se trata únicamente de rechazar la utilización religiosa de la violencia, sino de recordar una verdad teológica fundamental: Dios jamás puede ser invocado para legitimar aquello que destruye la comunión para la que Él mismo creó a la humanidad. Toda pretensión de santificar la guerra constituye, en el fondo, una forma de idolatría, porque sustituye al Dios revelado en Jesucristo por un dios fabricado a la medida de los intereses nacionales, ideológicos o económicos.

Todo ello permite comprender que el desarrollo doctrinal iniciado por Pablo VI posee una coherencia interna mucho más profunda de lo que podría parecer a primera vista. Pablo VI lanzó el gran grito profético: «¡Nunca más la guerra!» (Discurso pronunciado en la Asamblea General de la ONU, 4 de octubre de 1965). Juan Pablo II la definió como «una derrota de la humanidad» (Discurso pronunciado al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, 13 de enero de 2003). Benedicto XVI mostró que no existe paz verdadera allí donde la verdad y la justicia han sido sacrificadas. Francisco dio un paso decisivo al afirmar que, en las condiciones históricas actuales, resulta «muy difícil» sostener los criterios tradicionales de una guerra justa (Fratelli tutti, n. 258) y propuso la fraternidad universal como principio estructurador de la vida internacional. León XIV parece recoger todas estas intuiciones y conducirlas hacia una síntesis superior: la paz ya no aparece solamente como una exigencia moral entre otras, sino como la categoría desde la cual debe ser reinterpretada toda la reflexión cristiana sobre la guerra.

Puede sostenerse, por ello, que el magisterio contemporáneo está llevando a cabo uno de los desarrollos doctrinales más significativos de la doctrina social de la Iglesia. No niega retrospectivamente la verdad de la teoría clásica de la guerra justa, elaborada en un contexto histórico profundamente distinto, sino que reconoce que el objeto moral sobre el que aquella doctrina recaía ha cambiado radicalmente. La guerra tecnológica, globalizada, indiscriminada y potencialmente capaz de comprometer el futuro mismo de la humanidad ya no es la guerra que conocieron Agustín de Hipona o Tomás de Aquino. El inmenso poder destructivo de las armas contemporáneas, la creciente afectación de la población civil, la interdependencia planetaria y la conciencia cada vez más viva de la dignidad universal de la persona hacen que las condiciones tradicionales de la guerra justa resulten, en la práctica, extraordinariamente difíciles —cuando no imposibles— de verificar.

Sin embargo, este desarrollo no supone un abandono de san Agustín, sino una comprensión más plena de su pensamiento. Es cierto que el obispo de Hipona elaboró las bases de la teoría de la guerra justa, intentando limitar moralmente el recurso a la violencia en una época convulsa del Imperio romano. Pero el mismo Agustín dejó escrito un principio que hoy resuena con extraordinaria actualidad y que, de algún modo, anticipa la orientación del magisterio contemporáneo: «dar muerte a la guerra con la palabra y el alcanzar y conseguir la paz con la paz, y no con la guerra, es mayor gloria que dada a los hombres con la espada» (Carta 229, 2). En esta afirmación no sólo aparece una preferencia prudencial por la negociación frente al combate; se expresa una auténtica jerarquía moral. La victoria más perfecta no consiste en vencer al enemigo, sino en vencer la guerra misma. La paz alcanzada mediante la paz posee una excelencia ética y espiritual infinitamente superior a cualquier paz impuesta por la fuerza de las armas.

A la luz de esta intuición agustiniana puede comprenderse mejor el desarrollo del magisterio desde Pablo VI. La Iglesia no abandona la tradición; retorna a su inspiración más profunda. La teoría de la guerra justa nunca fue una apología de la guerra, sino un dramático esfuerzo por contenerla. Hoy, cuando las condiciones históricas han transformado radicalmente la naturaleza de los conflictos armados, ese mismo esfuerzo por limitar la violencia conduce, con una lógica casi inevitable, hacia una presunción moral cada vez más radical contra toda guerra. Lo que en Agustín era una excepción cuidadosamente delimitada, el desarrollo histórico ha terminado convirtiéndolo prácticamente en un límite infranqueable.

En este sentido, el magisterio reciente parece orientarse hacia una presunción moral prácticamente absoluta contra toda guerra. No porque toda forma imaginable de legítima defensa haya sido formalmente abolida, sino porque la Iglesia percibe con creciente claridad que la guerra moderna constituye casi siempre una negación objetiva del bien común universal, una ruptura de la fraternidad entre los pueblos y una herida infligida al designio creador y reconciliador de Dios. La cuestión decisiva ya no consiste en determinar bajo qué circunstancias podría llegar a ser justa una guerra, sino en discernir cómo construir un orden internacional en el que la guerra deje definitivamente de ser concebida como un recurso legítimo de la política.

Aquí se perfila quizá el horizonte más fecundo del desarrollo doctrinal contemporáneo. La reflexión cristiana parece desplazarse progresivamente del ius ad bellum al ius ad pacem; del derecho excepcional a hacer la guerra al derecho originario de todos los pueblos a vivir en una paz fundada en la justicia, la solidaridad, la fraternidad y el reconocimiento efectivo de la dignidad de toda persona. No se trata únicamente de un cambio de énfasis pastoral, sino de una profundización en la inteligencia del Evangelio. La Iglesia no abandona la tradición: la conduce hacia su plenitud, iluminada por la conciencia histórica de una humanidad que posee hoy capacidad suficiente para destruirse a sí misma y, precisamente por ello, una responsabilidad inédita para salvaguardar la vida común.

Tal vez sea éste el signo más profético del magisterio desde Pablo VI hasta León XIV. La Iglesia ya no pretende humanizar la guerra; pretende hacerla moralmente impensable. No busca perfeccionar los criterios que permitan justificar excepcionalmente el recurso a las armas, sino anunciar con creciente claridad que el futuro de la humanidad sólo podrá edificarse sobre la fuerza reconciliadora del derecho, de la fraternidad y de la paz. El horizonte ya no es la guerra justa, sino la paz justa; no la legitimación excepcional de la violencia, sino la progresiva deslegitimación moral de toda guerra como instrumento ordinario de la política. En esa dirección convergen, con una coherencia cada vez más luminosa, las voces de Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco y León XIV.

Paqz

El grito de Pablo VI —«¡Nunca más la guerra!»— deja así de ser una exhortación para convertirse en una auténtica categoría doctrinal: la historia del magisterio no avanza hacia una teoría más refinada de la guerra justa, sino hacia una verdadera teología de la paz, en la que la victoria definitiva no consiste en derrotar al enemigo, sino, como ya intuía san Agustín, en «dar muerte a la guerra con la palabra» y anticipar, en la historia, la promesa escatológica del profeta: «De las espadas forjarán arados y de las lanzas podaderas; no alzará la espada nación contra nación ni se adiestrarán más para la guerra» (Is 2,4).

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