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Dos maneras de pensar teológicamente en la modernidad: Andrés Torres Queiruga y Olegario González de Cardedal

El interlocutor preferido por O. Gz. de Cardedal y A. Torres Queiruga es el mismo: es el ilustrado amante de la libertad y partidario de una razón autonomizada de cualquier autoridad o revelación y que pide ser tratado como un adulto, libre y racional

Queiruga y Olegario

La próxima intervención de Andrés Torres Queiruga en el seminario de Santiago de Compostela, con ocasión de la fiesta de Santo Tomás, y la sobreactuación de Infovaticana condenando tal presencia, han reforzado mi convicción de que la mejor manera de salir al paso de este tipo de reacciones es aportando -más allá de descalificaciones- información veraz y contrastada. Por eso, ofrezco al lector que lo desee el debate, mantenido hace ya algún tiempo, entre Andrés Torres Queiruga y Olegario González de Cardedal. Con ello espero aportar -supongo que ingenuamente- un poco de sensatez en medio de este tipo de reacciones, en mi opinión, obcecadas, por pasionales y autoritarias.

1.- La verdad, la bondad y la belleza

 Creo necesario indicar, en primer lugar, que hay, por lo menos, tres legítimas y “ortodoxas” maneras de asomarse y hablar del misterio de Dios revelado en Jesús (“unum”): desde la verdad (“verum”), desde la belleza (“pulchrum”) y desde la bondad (“bonum”).

Verdad, bondad y belleza

Son accesos legítimos y complementarios, a la vez que necesitados de articulación entre sí. Son legítimos, en primer lugar, porque acentúan un aspecto del misterio de Dios a partir del modo como se revela: como verdad, como vida y como camino. Y son complementarios porque ninguno de ellos –por sí mismo- es capaz de traer al concepto o a la experiencia dicho misterio.

Les guste o no a los de Infovaticana, “esto va a misa”, por lo menos, a la que se celebra en el día de Santo Tomás en cualquier Facultad de teología del mundo. Me gustaría que también en la que se pueda celebrar en Infovaticana.

Cuando esto último -lo de la complementariedad- no es tenido en cuenta, se corre el riesgo de incurrir en extrapolaciones. Así, por ejemplo, un decantamiento exclusivo por la verdad sin ninguna articulación con la “verdad” que arroja el acceso a la belleza o a la bondad del misterio de Dios presenta muchas dificultades para evitar el docetismo. Y una apuesta unilateral por la belleza que no contemple la “belleza” a la que están más atentos los partidarios de una perspectiva noética (verdad) o práxica (bondad) tendrá muchas dificultades para eludir el esteticismo y el fideísmo. Y lo mismo hay que decir de un decantamiento absolutizante por la bondad sin atender debidamente a la “bondad” de la verdad y de la belleza: tendrá muchísimas dificultades para eludir el riesgo de incurrir en pelagianismo.

Toda legítima acentuación teológica en la atención del misterio de Dios y de su revelación está necesitada de articulación con las restantes perspectivas. Solo así se formulará una propuesta que sea medianamente respetuosa con el misterio de Dios revelado en Jesús. Y sólo así el misterio de Dios seguirá siendo vida, camino y verdad, a la vez que misterio inatrapable, del que, a pesar de ello, se puede hablar.

Ratzinger, teólogo

Por tanto, el riesgo del fundamentalismo (las famosas “herejías” o, mejor dicho, las extrapolaciones) no es algo a lo que tengan que estar atentos solo algunos teólogos, sino todos; incluidos los que son fuente de inspiración de Infovaticana. De ahí la importancia de la “articulación”, palabra y actitud fundamental en todo pensamiento católico; algo que nada tiene que ver -así me lo parece- con perspectivas tan autoritativas y sobradas como carentes de argumentos y del debido respeto al misterio de Dios entregado en Jesús.

2.- Tres teologos veritativos: J. Ratzinger, A. Torres Queiruga o W. Pannenberg

Y por si lo dicho hasta ahora les pareciera irrelevante, quiero recordarles que lo normal es que también en el seno de todas y de cada una de las perspectivas teológicas (la veritativa, la estética y la práxica) afloren diferentes –y complementarias- acentuaciones de la misma revelación y del misterio de Dios. Tal es el caso, por ejemplo, de las aportaciones de J. Ratzinger, A. Torres Queiruga o W. Pannenberg.

Es cierto –en conformidad con lo que sostenía J. Ratzinger- que en la revelación de Dios en Jesús irrumpe y se entrega la verdad que orienta e ilumina la existencia humana y el mundo. El conocer teológico consiste en un “recordar” que se activa ante la revelación histórica de Dios.

Pero también es cierto que el sujeto ilustrado o moderno puede dar razón de la revelación en la medida en que ayuda a traerlas a la luz con el auxilio de la razón y de la historia. Para A. Torres Queiruga conocer es “actualizar” en el presente la verdad entregada en Jesús.

Y es igualmente cierto que la persona humana está racionalmente capacitada para encontrar anticipaciones o huellas de la presencia de Dios en su propia vida y en la historia. Es la tesis de “la revelación como historia” que defiende W. Pannenberg porque entiende que conocer es “anticipar” la verdad que sólo se conocerá al final de los tiempos en toda su plenitud.

Andrés Torres Queiruga

Por tanto, J. Ratzinger, W. Pannenberg y A. Torres Queiruga tienen en común su aproximación veritativa a la revelación, sin que tal constatación impida reconocer la existencia de puntos de partida y acentos propios en cada uno de ellos.

Obviamente, esta adscripción a una misma perspectiva teológica no elimina ni diluye las legítimas diferencias entre ellos ni con otros teólogos más sensibles a las perspectivas estética o práxica. Un ejemplo de ello es el debate que ha mantenido Andrés Torres Queiruga con J. I. González Faus, B. Forte y O. González de Cardedal.

Y como no quiero aburrir más al lector, traigo, a quien pretenda continuar leyendo, el diálogo mantenido entre Andrés Torres Queiruga y Olegario González de Cardedal, dejando para otra ocasión y momento los ricos y fecundos debates críticos mantenidos con J. I. González Faus sobre cómo conciliar la existencia del mal y un Dios razonablemente “moderno” y con B. Forte, entre otros puntos, sobre la oración de petición, la gratuidad de la salvación, el silencio o la (im)posibilidad de los milagros.

3.- El debate de A. Torres. Queiruga con O. González de Cardedal

Para el teólogo abulense, la aportación de Andrés Torres Queiruga acaba desembocando en “una lectura intelectualista del cristianismo” y en “una religión de la ilustración, donde la razón analítica descubridora de la realidad lo es casi todo”.

Olegario González de Cardedal

Principio de contradicción versus principio de identidad

O. Gz. de Cardedal apunta, en primer lugar, que en la propuesta del teólogo gallego se pueden apreciar intuiciones lúcidas, pero también la desaparición de toda tensión dialéctica entre el mensaje y el mensajero y una nula atención a la desproporción entre el Evangelio y el mediador que le presenta. Y cuando no se es sensible a semejante distancia y desproporción, desaparece la garantía de la libertad y de la fe.

El teólogo gallego reconoce que le resulta difícil de comprender esta afirmación. No se reconoce, de ninguna manera, en ella. Y más cuando –como es su caso- ha dedicado toda su vida a reflexionar sobre el misterio divino tal como se ha revelado en Jesucristo, “con la intención de ayudar a que su comprensión y su vivencia sean un poco más accesibles en las condiciones de la cultura actual”.

¿Reducción o legítima pluralidad?

Seguidamente, O. Gz. de Cardedal alaba el manifiesto interés de A. Torres Queiruga por superar los dualismos entre naturaleza y gracia, historia del mundo e historia de la salvación o religión natural y religiones históricas que lastran la comprensión cristiana. Sin embargo, semejante interés no llega a buen puerto porque lo que acaba haciendo es reducir –intentando reinsertar- la historia particular de Jesús en la naturaleza universal de la humanidad; la palabra específica de Israel y de Cristo en el horizonte de toda la historia humana; la salvación -derivada de la acción del Espíritu Santo dentro de la Iglesia- en las búsquedas y descubrimientos de la cultura y de las diferentes religiones.

En su réplica, Andrés Torres Queiruga, indica que la aportación teológica de O. Gz. de Cardedal está presidida por el interés en mostrar la continuidad de la tradición cristiana a lo largo de la historia y por poner de relieve su riqueza cultural. Es una pretensión digna de respeto, y hasta de elogio. Sin embargo, la suya -la de O. Gz de Cardedal- es una pretensión que tiene muchas dificultades para no acabar subrayando –a veces, desmedidamente- los contrastes entre “la cultura de la fe” y “la cultura de la increencia”. Y lo que es más preocupante: corre un alto riesgo de identificar su propia aportación teológica con “la” teología e, incluso, con la misma “fe” de la Iglesia.

A diferencia del teólogo abulense, mi punto de partida -señala A. Torres Queiruga- es el terremoto a que ha sometido el proyecto moderno la mayor parte de los cimientos fundamentales en los que se forjaron la teología patrística y la escolástica medieval. Obviamente, la adopción de semejante punto de partida no pasa –y menos, necesariamente- por la asunción de una actitud acrítica ante la modernidad, sino por el reconocimiento de que algunas adquisiciones traídas por la ilustración son irreversibles. Y por la convicción de que se pone a la fe en peligro mortal cuando no se las tiene presentes.

Y lo hago tratando de recuperar en lo posible la experiencia original que los alimenta. Es una tarea en la que estoy empeñado diferenciando claramente el nivel de la fe y el de su interpretación teológica. Así pues, no pretendo realizar una deconstrucción de la comprensión tradicional sin antes haber encontrado una respuesta constructiva que, a la vez que “repiensa” el contenido de lo traído por la tradición, “recupera” su experiencia originaria y la hace significativa en la actualidad.

Panenberg

Por tanto, no hay desprecio alguno de la tradición, sino un esfuerzo por insuflar vida y hacer accesible su riqueza salvadora en el marco de nuestra cultura. Consecuentemente, carece de objetividad la valoración general de O. Gz. de Cardedal y rechazo la imagen falsa que transmite de mi aportación teológica.

Revelación y diálogo interreligioso

El teólogo abulense aborda, en tercer lugar, la concepción que tiene A. Torres Queiruga de la revelación y su incidencia en el diálogo interreligioso. Para el teólogo gallego –señala O. Gz. de Cardedal- la revelación no es un dictado milagroso, sino “un caer en la cuenta” de la Presencia fundante y siempre activa: “Dios estaba aquí y yo no lo sabía”. Se trata de una presencia que está “ahí” y que es descubierta –más tarde o más temprano- por un profeta o por un fundador. Esto último es algo secundario. Lo realmente relevante es que Dios está “ahí” queriendo manifestarse a todos con idéntico amor. Éste es el dato capital. A su luz hay que entender el papel que A. Torres Queiruga concede al anuncio como “mayéutica”.

Pero ahí no acaba todo. La propuesta de A. Torres Queiruga no pasa únicamente por reinterpretar la revelación sino por una revisión de los misterios fundamentales del cristianismo (Trinidad, encarnación, eucaristía, gracia, escatología); misterios que quedan en una suspensión de juicio hasta que les toque el turno de la revisión. Sin embargo, el vuelco que implica esta pretensión es muy radical y los problemas que genera son “demasiado graves como para resolverse tan fácilmente, como una primera lectura de este autor sugiere”.

En toda la crítica de O. Gz. de Cardedal no hay –señala A. Torres Queiruga- ni una sola palabra sobre el arco de bóveda que ayuda a comprender y hace inteligible lo que es el corazón de la revelación cristiana tal y como él la entiende y propone: la creación por amor y la infinita ternura del amor de Dios que se da a todos sin restricciones ni favoritismos.

Como tampoco hay una palabra sobre el modo de afrontar la aparente discriminación que supone la particularidad de la revelación bíblica y la infinita ternura del amor divino a toda la humanidad: las oscuridades y hasta retrasos de la letra bíblica no son fruto de una posible tacañería por parte de Dios, sino señales, más bien, de la paciencia infinita de su amor en “lucha amorosa” por superar la incapacidad constitutiva y las resistencias culpables de la finitud humana.

Queiruga entrevistado por Vidal

Uno de los retos teológicos más importantes en la actualidad es el que invita a pensar cómo es posible confesar la centralidad de Cristo sin estar obligados a pensar que Dios abandona al resto de la humanidad. El reconocimiento de que en la Biblia también hay “defectos” y limitaciones inevitables –como fruto que son del tiempo en que se escribe y de la historia humana- no empaña su avance hasta el misterio luminoso y su culminación en el Abba de Cristo Jesús. Es así como se propicia un dialogo respetuoso, abierto y fraternal con las demás religiones.

Y, finalmente, tampoco hay una palabra sobre su pretensión de superar una mentalidad extrinsecista de la revelación que ayude en el diálogo con la cultura y sirva de apoyo a la vivencia íntima del creyente. Se trata de una pretensión que canaliza con la ayuda de la expresión “mayéutica histórica". Histórica, para acentuar su carácter de libre y gratuita iniciativa divina. Y mayéutica, a pesar de todo, porque la palabra revelada nos llega de la historia, pero no nos aliena. Más bien, hace de comadrona que ayuda a dar a luz la verdad última de nuestro ser y del ser del mundo en cuanto creados, sustentados, promovidos e iluminados por la presencia amorosa y salvadora de Dios.

El “caer en la cuenta de algo o Alguien” y el “mero caer en la cuenta”

Finalmente, O. Gz. de Cardedal recuerda que –frente a la propuesta del teólogo gallego- la “comisión episcopal de la fe ha excluido una comprensión de la revelación cristiana como ‘un caer en la cuenta de’”.

Andrés Torres Queiruga responde que el teólogo abulense se olvida de algo muy importante: que el documento citado habla repetidamente de “mero” caer en la cuenta, algo que no refleja en absoluto la concepción que él tiene de la revelación como mayéutica histórica. Tachar su concepción de la revelación de puro y simple subjetivismo es algo infundado e imposible porque “yo siempre he hablado y hablo de caer en la cuenta de la presencia viva y reveladora de Dios”.

Libro de Queiruga

Por tanto, es imposible que la revelación como mayéutica sea algo meramente subjetivo ya que consiste en un “caer en la cuenta de algo”. Obviamente, se trata de un “caer en la cuenta” que es imposible si no existe ese “algo”. Con palabras del mismo teólogo gallego: “yo siempre he hablado y hablo de caer en la cuenta de la presencia viva y reveladora de Dios”, algo que está en las antípodas de toda concepción subjetivista de la revelación

4.- Diferentes y complementarios interlocutores

El interlocutor preferido por O. Gz. de Cardedal y A. Torres Queiruga es el mismo: es el ilustrado amante de la libertad y partidario de una razón autonomizada de cualquier autoridad o revelación y que pide ser tratado como un adulto, libre y racional.

El interés de O. Gz. de Cardedal le lleva a centrar su esfuerzo en mostrar críticamente la fragilidad de la pretensión ilustrada: la salvación como autosalvación –viene a sostener- tiene que vérselas, al final, con la muerte como dramático fracaso de la pretensión moderna.

Andrés Torres Queiruga prefiere mostrar no tanto la inconsistencia de la pretensión ilustrada cuanto la cercanía con la revelación de un Dios que quiere la plena realización del ser humano y no su condenación. Y que, por ello, también rema a favor de su mayoría de edad intelectual y personal y le ayuda a dar nombre a lo que germinalmente está presente en él.

Recomendación final

Queda en manos del lector interesado y no “ideologizado”, primero, leer a los autores directamente. Espero que estas líneas contribuyan a ello. Y, en segundo lugar, hacerse con un juicio que, aparcando las salidas de tono como las de Infovaticana, le permitan asomarse a éste -y otros debates- con argumentos. Es lo que amigablemente le recomiendo.

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