Meditación sobre Pentecostés: El Espíritu sopla donde quiere
La Biblia es un libro bien sellado, y su interpretación un arte difícil. Hasta el Renacimiento predominaba la antigua doctrina de los Padres sobre el cuádruple sentido, según la cual los textos podían interpretarse combinando el sentido literal con el alegórico (también místico), el moral y el escatológico. Con la hermenéutica bíblica «científica» se ha desarrollado un conjunto de herramientas para el análisis de la historia y del «contexto vital» de los textos, pero no se ha encontrado respuesta a la pregunta fundamental sobre el «sentido» para nosotros hoy, aquí y ahora. Muchos predicadores, con la cabeza llena de exégesis bíblica, se sienten a menudo desorientados cuando, al interpretar los textos, deben encender en los oyentes el fuego de la transformación del mundo y de las personas en el sentido del Reino de Dios, es decir, el fuego del Espíritu Santo: Al principio del mundo, él «se cernía sobre la faz de las aguas» (Gn 1,2); su sabiduría no ha dejado de desplegarse «con vigor de un confín a otro» (Sab 8,1).
¿Sopla el Espíritu sobre todo «en la Iglesia»?
Para los cristianos, Jesús de Nazaret era un hombre lleno del Espíritu e «Hijo de Dios». Él prometió a los suyos el poder del Espíritu Santo (Hch 1,8), y cuando este vino sobre ellos «se llenaron todos de Espíritu Santo» (Hch 2,4). Sin embargo, el Señor también había dicho que «el viento (del Espíritu) sopla donde quiere» (Jn 3,8); y había dado las gracias a su «Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños» (Mt 11,25). No obstante, en la historia de la Iglesia surgió una mentalidad que limitaba, por así decirlo, de manera institucional el soplo del Espíritu Santo: aunque sopla en todo el mundo, lo hace sobre todo «en la Iglesia» y, dentro de ella, especialmente a través de los representantes institucionales, que son los que mejor pueden descifrar el sentido de la Sagrada Escritura. Por eso, el teólogo Melchor Cano, en su obra «De locis theologicis» (1563), se distanció del protestantismo, que quería entregar la Biblia al pueblo, diciendo: «La Iglesia guarda, pues, ambas cosas y siempre las guardará: tanto la Palabra como el Espíritu de la Palabra». La paloma del Espíritu Santo, como símbolo de la «Cátedra de Pedro» en Roma, es una imagen representativa de ello.
Es cierto que el dogma de la infalibilidad es un tema teológicamente complejo como para poder tratarlo en esta breve reflexión. Sin embargo, es evidente que no puede entenderse en el sentido de que el Papa pueda decidir sobre la fe y la moral por capricho, como un gobernante absolutista del Antiguo Régimen. No, ni siquiera un Papa puede, con su autoridad, cambiar la fe de la Iglesia, sino solo constatar y proclamar en qué cree esta —lo cual requiere no solo la asistencia del Espíritu Santo, sino también la prudencia necesaria para discernir los espíritus en el Pueblo de Dios.
Lo perdido de vista
Con esta cuasi institucionalización del soplo del Espíritu Santo, la tensión entre universalismo y particularismo se ha resuelto a favor de este último, cuando el Espíritu sopla entonces sobre todo «en la Iglesia». Así, la Iglesia católica a menudo tuvo dificultades cuando se enfrentó a la «profecía ajena» en el mundo moderno (derechos humanos, libertad religiosa, movimiento obrero, movimiento feminista…) o a la acción del Espíritu en otras confesiones y religiones. Del mismo modo, a la sombra del clericalismo se ha perdido la conciencia de que el Espíritu habla a menudo a través de los pequeños y los sencillos (los «laicos» en el lenguaje eclesiástico hasta el Concilio Vaticano II). Y, por último, a veces se ha olvidado que el arte de la interpretación bíblica incluye la consideración de la Biblia «en su totalidad», porque algunas afirmaciones se explican a través de otras, si se respeta el principio de que, al interpretar la Biblia, como al interpretar cualquier texto importante (por ejemplo, en filosofía o en derecho), debemos evitar lo «absurdo».
¿Atar las manos del Señor?
Esto lo experimentó en carne propia santa Teresa de Jesús (1515-1582), una persona llena del Espíritu. El teólogo fray Luis de León escribió en 1588 en el prólogo a la primera edición de sus obras: «y no dudo sino que habla el Espíritu Santo en ella en muchos lugares, y que le regía la pluma, y la mano». Pero en vida tuvo que lidiar en numerosas ocasiones con la desconfianza por parte de la institución. Esta defendía una interpretación particular de la Biblia, según la cual no es proprio de una mujer enseñar, «sino aprender en silencio, como escribe el apóstol Pablo». De santa Teresa podemos aprender que no debemos intentar atar las manos del Señor y de su Espíritu. Cuando, en referencia al apóstol Pablo, el clero y los teólogos la ponían en su sitio una y otra vez por ser solo una mujer, ella escuchó en una visión interior estas palabras consoladoras del Señor: «Diles que no sigan por sola una parte de la Escritura, que miren otras, y que si podrán por ventura atarme las manos».
Ante la necesaria reforma de la Iglesia en nuestro tiempo, deberíamos preguntarnos también si esta no avanza porque algunos intentan una y otra vez atarle al Señor las manos. El Espíritu de Dios «sopla donde quiere»… pero percibir su «ruido» (Jn 3,8) es un arte difícil: Para ello se necesita la virtud espiritual fundamental de la «humildad», el «don del discernimiento de los espíritus» y, cuando se trata de estructuras de poder, también «héroes de la retirada» entre quienes llevan las riendas y podrían «desclericalizar» la Iglesia desde arriba.
En la fuerza del Espíritu Santo
Un héroe de la retirada, al que, sin embargo, le faltó en última instancia el valor para tomar las decisiones necesarias, fue el papa Francisco. En su homilía durante la Santa Misa en Santa Marta del 6 de julio de 2013, nos había animado a «no tener miedo a la novedad del Evangelio, a no tener miedo a la renovación que el Espíritu Santo obra en nosotros, a no tener miedo a la renovación de las estructuras. La Iglesia es libre. El Espíritu Santo la guía».
Con referencia a san Juan de la Cruz, nos invitó en “Evangelii gaudium” (2013) al descubrimiento contemplativo y permanente de los tesoros escondidos en Cristo. San Juan de la Cruz recomienda que fijemos los ojos únicamente en Cristo, es decir, en el Jesús «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). Para él, «todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento de Dios» (Col 2,3) están tan profundamente ocultos en Cristo que «por más misterios y maravillas que han descubierto los santos doctores y entendido las santas almas en este estado de vida, les quedó todo lo más por decir y aun por entender». Por eso, cuando la Iglesia se sumerge contemplativamente en Cristo y comprende los signos de los tiempos en la fuerza del Espíritu, puede descubrir siempre algo nuevo y reformarse o reorientarse en el sentido de una tradición viva. Como es bien sabido, Juan XXIII dijo: «No es el Evangelio el que cambia, sino que nosotros empezamos a comprenderlo mejor».
¿Acaso rezamos demasiado poco?
¿Qué nos pasa a los cristianos, sobre todo a los teólogos, al clero y a los obispos? ¿Acaso rezamos demasiado poco de forma contemplativa, si descubrimos tan pocas cosas nuevas en Cristo y en la Sagrada Escritura para nuestro tiempo, mientras el mundo está en llamas, la Iglesia y la teología pierden credibilidad y la evangelización se vuelve así más difícil? ¿Qué pensarán de nosotros al final de este siglo? ¿No se nos reprochará sobre la reforma de la Iglesia que no nos hayamos atrevidido a dar el salto adelante, que, como dijo el cardenal milanés Carlo Maria Martini, lleva más de doscientos años pendiente? El problema esencial de la reforma de la Iglesia es este: ¿entendemos la historia de la Iglesia como el mero desarrollo material de la sustancia o del tesoro de los orígenes, de modo que la evolución solo es posible en continuidad con la tradición, con pequeñas discontinuidades en lo secundario, o es la Iglesia, ante los signos de los tiempos, también libre para inaugurar nuevas tradiciones, porque en la fuerza del Espíritu podemos sacar a la luz algo nuevo (Mt 13,52) de los tesoros ocultos en Cristo para el bien de la evangelización?
La respuesta a esta pregunta no puede posponerse con la creación de nuevos grupos de trabajo y comisiones que no se ajustan al pluralismo teológico y al final dicen lo que se quería escuchar. Hay que afrontar esta cuestión fundamental sobre la comprensión de la tradición. ¿Se trata de preservar las cenizas o de salvar el fuego, como advertía Gilbert Keith Chesterton?
*Mariano Delgado es catedrático emérito de Historia de la Iglesia en la Facultad de teología de la Universidad de Friburgo (Suiza), donde fue dos veces Decano.