La misa radial: cuando la radio es un altar
"En este tiempo quien preside la misa radial casi de manera innegociable –porque le llena el alma- excepto fuerza mayor, es el cardenal Ángel Rossi, arzobispo de Córdoba"
En la Córdoba argentina, la de la Nueva Andalucía, cada domingo desde hace cerca de 40 años y a las ocho en punto de la mañana, luego de la señal identificatoria, Cadena 3 –otrora LV3 Radio Córdoba- transmite en vivo la celebración de la misa.
Es que esta radio del interior con llegada a todo el país y a todo el mundo, reconocida intérprete de las necesidades, problemáticas e inquietudes de sus oyentes y muy cercana a su centenario, en algún momento de ese tiempo ofreció el espacio para ser pionera en aquello de acercarse a quienes, tantos, que por diversas razones no pueden asistir personalmente al acontecimiento central de la fe católica: la celebración de la Eucaristía.
Cuentan los más andados que fue casi inmediata la aceptación de esa audiencia pura, rebotando el dato de la misa de LV3 por hospitales, localidades serranas o carentes de sacerdotes, hogares, asentamientos y por supuesto, cárceles.
De hecho fue también desde el principio en que se constituyó en una de las franjas horarias más escuchadas.
A tal punto que en determinado momento los directores de turno vieron concluida esa etapa de “donación de aire”, decidiendo levantar el espacio.
La pausa se extendió apenas un par de semanas. El reclamo fue tan fuerte y resonante que con la sensibilidad del caso y reconociendo el error, la misa radial volvió a escucharse cada domingo a las ocho de la mañana, inmediatamente después de la señal identificatoria.
En este tiempo quien preside la misa radial casi de manera innegociable –porque le llena el alma- excepto fuerza mayor, es el cardenal Ángel Rossi, arzobispo de Córdoba.
Cada comunidad es notificada y se encarga de todo, incluso del ministerio de música, variado en calidades pero siempre dispuesto y al servicio, que responde a un equipo diocesano formado para esa tarea específica: guiar y coordinar la misa radial.
Hace apenas unas horas -estamos iniciando la semana del 21 de septiembre- trascendió un escrito de uno de esos oyentes de hoy, que resultó ser comunicador de algún lugar del centro-sur del país. No lo menciona en su escrito pero el prefijo de su teléfono celular así lo indica.
Aún conociendo de la modestia y entrega del padre Rossi y más dispuesto a pedir perdón que solicitarle permiso, me veo en la obligación de compartir ese escrito.
Aclaro, no es un piropo al cardenal Rossi ni una alabanza a su persona. Es reconocer el valor siempre inconmensurable, de la misa radial que pone al aire la radio donde trabajo hace más de tres décadas, y que como cristiano me enorgullece y emociona. Disfrutemos.
“La radio es un altar. Son las ocho de la mañana del domingo. En algún de Córdoba, en una parroquia o en una pequeña capilla, todo está preparado para comenzar la misa. Pero esa mañana el templo es mucho más grande de lo que muestran sus paredes.
Porque afuera es otra asamblea.
Está en Córdoba, en Buenos Aires, en Mendoza, en el norte y en Ushuaia. En medio de las sierras, en un puesto rural, en un hospital, en una cárcel, en un auto que recorre alguna ruta o en una cocina donde comienza a calentarse el agua para el mate. Quizás también en algún lugar tan recóndito donde no llega la señal del celular, pero una vieja radio todavía consigue atrapar una frecuencia.
Entonces escuchamos la voz del cardenal Ángel Rossi:
- Buenos días.
Y respondemos:
- Buenos días, monseñor.
Quizás nadie escuche nuestra respuesta, No importa. Miles estamos haciendo lo mismo. La radio es un altar cuando Rossi nos dice su “Buenos días” y cuando desde miles de lugares le respondemos.
- En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, dice inmediatamente.
Y sin dudar nos hacemos la señal de la cruz donde estemos.
La radio es un altar cuando miles de manos que no podemos ver trazan al mismo tiempo la misma cruz. No vemos el altar ni a quienes ocupan los bancos de la iglesia. Pero estamos ahí. Porque no estamos escuchando una misa. Estamos en misa.
La radio es un altar cuando responde la asamblea “Y con tu espíritu”. O cuando todos decimos: “Amén”. Cuando aclamamos. Cuando una respuesta que nace adentro de un templo también somos nosotros.
La radio es un altar cuando llega la Palabra. Escuchamos las lecturas y luego el Salmo. El lector proclama los versos y nosotros repetimos la antífona. Algunos a viva voz. Otros la susrran. Otros solamente la repiten con el pensamiento. No podemos escucharnos entre nosotros pero sabemos que estamos rezando juntos.
Y la radio es un altar cuando cantamos … o intentamos cantar. Seguimos al coro que también tuvo que madrugar porque Cadena 3 transmite desde su parroquia o su capilla. Algunos conocemos la canción. Otros apenas el estribillo. Algunos hasta desafinamos. No importa. Me gusta pensar que Dios nos quiere tanto que cuando intentamos alabarlo, Él escucha cantos maravillosos, aunque solamente cantemos para adentro. Ese coro no lo sabe, pero miles de voces lo están acompañando.
Llega el Evangelio. Y después, la homilía. Entonces aparece ese Rossi campechano y cercano. No habla desde una cátedra. Habla desde el corazón, desde las cosas que nos pasan. Puede aparecer (algún texto de) Doña Jovita. Una historia sencilla de cualquier pueblo. Puede aparecer Francisco, su amigo, y esa manera de hablarnos de un Dios misericordioso, que perdona como solo una madre sabe perdonar. Rossi va desgranando el Evangelio, y aquellas escenas de hace dos mil años empiezan a parecerse a las cosas que nos sucedieron esta misma semana. Y pensaos: “Esto me lo está diciendo a mi”.
La radio es un altar cuando una homilía pronunciada a cientos de kilómetros parece haber sido preparada especialmente para nosotros. Rossi sabe que no predica solamente para quienes tiene enfrente. Sabe que la radio llevará sus palabras hasta un cerro, un hospital, una cárcel, un puesto en el campo, un auto en la ruta o algún lugar que ni siquiera imagina. Porque uno sabe desde donde habla por la radio, pero nunca termina de saber hasta dónde puede llegar su voz.
La radio es un altar cuando rezamos por los nuestros. Por nuestros hijos y nuestros nietos. Por quienes están cerca y por aquellos que están tan lejos que hace tiempo no podemos abrazar.
La radio es un altar cuando pedimos por nuestros familiares y amigos enfermos. Los nombramos en silencio y los ponemos en las manos de Dios.
Y también cuando le decimos a alguien que está lejos: “escuchá la misa el domingo”.
Puede estar en otra provincia o en otro país. A las ocho encendemos la radio y sabemos que durante esa hora estaremos rezando juntos.
Llega la liturgia de la Eucaristía. El pan y el vino están sobre el altar. No podemos verlos. Tenemos que imaginarlos. Ese es uno de los secretos de este medio: la televisión muestra; la radio nos obliga a construir con la imaginación aquello que no podemos ver. Imaginamos el templo, el altar, a Rossi, al pan y al cáliz.
Pero no imaginamos la fe. La vivimos.
Y llega la consagración.
La radio es un altar cuando dejamos por unos instantes todo lo que estamos haciendo. El mate puede esperar. El trabajo puede esperar. Miramos la radio como si pudiésemos atravesarla con los ojos e inclinamos la cabeza.
De otro lado, sobre el altar, el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo. Y en miles de lugares se hace silencio.
La radio es un altar cuando miles de personas, cada una en su lugar, contemplamos al mismo tiempo el misterio de la presencia de Cristo.
Después llega el Padrenuestro. La radio es un altar cuando imaginariamente nos tomamos de las manos. La mano de quien escucha en Córdoba se encuentra con la de quien está en Buenos Aires. La de quien está acompañado con la de quien está completamente solo. “Padre nuestro que estás en el cielo…” Y por un instante ya no sabemos dónde termina nuestra casa y dónde comienza el templo.
Llega la paz. La radio es un altar cuando buscamos a quien tenemos cerca para decirle “la paz sea contigo”. Y si estamos solos pensamos en alguien que está lejos, en alguien a quien quisiéramos abrazar. Tal vez en alguien con quien necesitamos reconciliarnos.
Después llega la comunión. Los fieles se acercan a recibir el Cuerpo de Jesús. Nosotros estamos del otro lado de la radio. No podemos recibirlo sacramentalmente a través de una transmisión. Pero no quedamos afuera. La pandemia, entre tantas otras cosas dolorosas, hizo que muchos redescubriéramos la comunión espiritual. Mientras los fieles comulgan, desde la transmisión acompañan con una oración a quienes estamos lejos. La escuchamos. La hacemos nuestra. Y desde nuestra casa recibimos espiritualmente a Jesún.
La radio es un altar cuando no podemos acercarnos físicamente al altar, pero podemos abrir el corazón.
La misa se acerca al final. Rossi imparte la bendición. Y hacemos algo extraño y profundamente radial: miramos el apareto. Sí: miramos la radio. como si Rossi pudiera vernos. Inclinamos la cabeza y recibimos su bendición para nosotros, nuestra familia, nuestros hijos, nuestros nietos; para quienes están lejos y para ese enfermo por quien estuvimos rezando.
La radio es un altar cuando levantamos la cabeza después de la bendición y sentimos que podemos continuar con nuestro domingo.
La misa termina. Y pienso también en quienes hicieron posible esa hora. En las autoridades de Cadena 3 que alguna vez decidideron pones esta misa al aire y en quienes siguen sosteniéndola. En los productores, técnicos y operadores que madrugan cada domingo, llegan a una parroquia o una capilla, instalan equipos, prueban micrófonos y hacen posible que a las ocho Rossi pueda decir: “Buenos días”, y nosotros podamos escucharlo. Pienso en las parroquias que abren sus puertas. En los sacerdotes, lectores, servidores y en ese coro que también madrugó.
La radio es un altar también gracias a esas manos que no vemos. Son cerca de las nueve. Volvemos al mate, al desayuno, a los animales, a la ruta, a la familia, al descanso, al domingo.
La radio fue un altar cuando respondimos, cuando escuchamos la Palabra, cuando cantamos, cuando rezamos por los nuestros. Fue un altar cuando llegó la consagración e inclinamos la cabeza. Cuando rezamos el Padrenuestro. Cuando nos dimos la paz. Cuando recibimos espiritualmente a Jesús. Y cuando recibimos la bendición.
Durante toda la semana esa misma radio nos trae noticias, música, goles, discusiones, alegrías y tristezas.
Pero los domingos por la mañana hace algo diferente: acerca. Acerca una voz. Acerca una oración. Acerca a quien está lejos. Acompaña a quien está solo. Y une a personas que quizás nunca se vieron y nunca se conocerán. Una inmensa parroquia sin paredes. Un templo sin puertas.
Por eso cada domingo a las ocho, Cadena 3 deja durante una hora de ser solamente una frecuencia.
Porque no estamos solamente escuchando una misa. Estamos en misa. Y la radio es un altar.”
Claudio Andiarena. Periodista y locutor nacional. Comunicador católico