Mossèn Pepe Insa, apóstol de la juventud en tiempos de crisis de la Acción Católica
"Ayer murió en Tortosa a los 92 años de edad. Se fue como vivió, con discreción. Fueron meses difíciles en los cuales experimentó muchos consuelos, como la explosión de esperanza que hemos vivido en España con León XIV. 'También con este Papa estamos en buenas manos', me confió, recordando con una chispa de luz en los ojos que alguna vez Francisco le llamó por teléfono"
Los años setenta constituyeron uno de los periodos de mayor efervescencia en la historia reciente de la Iglesia en España. Después del profundo trauma de la Guerra Civil y de las décadas de aislamiento político que la siguieron, la recepción del Concilio Vaticano II encontró a buena parte del pueblo de Dios poco preparado para asumir la magnitud de la renovación que se estaba gestando. Nuevas corrientes teológicas, una comprensión de la Iglesia más teológica y menos jurídica, profundos cambios culturales y una sociedad que comenzaba a transformarse aceleradamente configuraban un escenario inédito.
El Concilio no fue un acontecimiento surgido de la nada. Más que un simple soplo de aire fresco, fue el vendaval de gracia que la Iglesia necesitaba. Pero era también el fruto maduro de un largo proceso de renovación espiritual e intelectual que había comenzado muchas décadas antes.
El descubrimiento del laicado
Desde finales del siglo XIX, diversos movimientos fueron preparando ese despertar eclesial. El movimiento litúrgico, impulsado por Dom Prosper Guéranger, ayudó a los fieles a redescubrir la liturgia como participación activa en el misterio pascual de Cristo. Paralelamente, la renovación bíblica, patrística y ecuménica fue configurando una comprensión más profunda de la Iglesia como Pueblo de Dios llamado a una única misión evangelizadora.
En ese mismo contexto, León XIII abrió un camino decisivo con la encíclica Rerum Novarum (1891), al impulsar el compromiso social de los católicos ante la cuestión obrera. Sobre ese fundamento surgiría progresivamente la Acción Católica, que encontraría su configuración definitiva bajo san Pío X y, sobre todo, Pío XI.
La Acción Católica se caracterizaría por ser laical, organizada, formativa, misionera y socialmente orientada a la transformación de la sociedad en coordinación estrecha con la jerarquía
Concebida como el apostolado organizado de los laicos en estrecha comunión con la jerarquía, la Acción Católica desempeñó un papel fundamental en el despertar de la conciencia apostólica de miles de hombres y mujeres llamados a santificar las realidades temporales desde dentro. La Acción Católica se caracterizaría por ser laical, organizada, formativa, misionera y socialmente orientada a la transformación de la sociedad en coordinación estrecha con la jerarquía.
Las tensiones preconciliares y la crisis de la Acción Católic
Sin embargo, los años inmediatamente anteriores al Concilio fueron también testigos de importantes tensiones. No toda crisis fue “postconciliar”. De hecho, la acelerada secularización, fenómeno que Europa occidental empezó a experimentar en la inmediata postguerra mundial, coincidió con una profunda renovación de la reflexión teológica sobre la Iglesia y sobre la vocación de los laicos.
Autores como Yves-Marie Congar, desde su “eclesiología total” (1932-1937) y, en especial, su gran obra Jalons pour une theologie du laïcat (1953), contribuyeron decisivamente a fundamentar teológicamente la participación de todos los bautizados en la misión de Cristo, ofreciendo una comprensión mucho más rica de la corresponsabilidad eclesial que acabaría cristalizando en la constitución Lumen gentium.
Congar describió al laico en positivo (nunca más sería el “no clérigo”), subrayando la participación de todos los bautizados a la triple función de Cristo
El soporte teológico para el estatuto del laicado que ofrecía Congar era sólido: este teólogo describió al laico en positivo (nunca más sería el “no clérigo”), subrayando la participación de todos los bautizados a la triple función de Cristo y diseñando el anuncio profético del Evangelio. Pero este armazón presentaba también muchos límites, cada vez más contestados: Jalons contraponía la estructura a la vida eclesial; primaba el servicio ministerial sobre el apostólico; su metodología escolástica dificultaba asimilar otras adquisiciones teológicas.
Estos problemas doctrinales mal resueltos provocaron que durante los años cincuenta y sesenta, en numerosos países europeos, la Acción Católica viviera una profunda crisis de identidad. En España, ese proceso se manifestó con especial intensidad solo durante la década de los setenta, cuando la recepción del Concilio coincidió con la transición política y con un intenso debate sobre la presencia de los cristianos en la vida pública. No siempre resultó sencillo discernir hasta dónde llegaba el legítimo compromiso temporal de los laicos y dónde comenzaba el riesgo de reducir la misión evangelizadora de la Iglesia a un proyecto meramente político o sociológico.
Fue precisamente en ese contexto cuando algunos sacerdotes supieron leer los signos de los tiempos con singular lucidez. Lejos de encerrarse en la nostalgia o de dejarse arrastrar por las polarizaciones del momento, optaron por volver a lo esencial: anunciar a Jesucristo y formar apóstoles.
Mossèn Pepe Insa, un apóstol de la juventud para tiempos de crisis
En 1973, en medio de una fuerte tensión eclesial provocada por el compromiso político asumido por muchos dirigentes de la Acción Católica en Tortosa, mossèn Pepe Insa Pallarés recibió una tarea particularmente delicada de parte del entonces joven obispo de la diócesis, Ricardo María Carles: reconstruir, más que reorganizar, una Acción Católica local capaz de vivir con fidelidad las intuiciones del Concilio sobre la identidad y misión de los laicos.
Mossèn Pepe comprendió que aquella renovación no podía comenzar por las estructuras. Debía empezar por el corazón. El “Patronato Escolar Obrero de la Sagrada Familia” de la calle Mercaderes de Tortosa se convirtió en una verdadera escuela de vida cristiana.
Allí los jóvenes no encontraban, en primer lugar, una organización, sino una experiencia: descubrir que Cristo los amaba personalmente. Cada muchacho y cada muchacha era recibido por mossèn Pepe como un don de Dios. Nadie quedaba descartado. Nadie era definido por sus heridas, por sus fracasos o por sus errores. Todos podían descubrir que eran hijos amados del Padre.
Quizá esa sensibilidad estaba marcada también por su propia biografía. Había perdido a su madre siendo muy joven. Aquella experiencia de orfandad repercutió seguramente en su carácter, pero no endureció su corazón; al contrario, lo hizo particularmente capaz de transmitir una certeza que acompañaría toda su vida sacerdotal: pase lo que pase, la bendición del Padre permanece para siempre sobre cada uno de sus hijos e hijas.
El “Moviment de Joves Cristians” de Tortosa y la reformulación de la Acción Católica
La Iglesia que Mossèn Pepe ayudaba a descubrir a los jóvenes no era una institución lejana ni meramente sociológica, sino una realidad viva, sacramental y profundamente encarnada en la historia. No pretendía reconstruir estructuras, sino regenerar la vida cristiana de los jóvenes desde su raíz. Dado que la comunidad cristiana no se reducía al templo, sino que se manifestaba en cada bautizado como “piedra viva” del único Cuerpo de Cristo, quiso que sus jóvenes tuvieran una experiencia personal de Cristo y su conciencia fuera formada integralmente.
Mossèn Pepe dedicó tiempo a los jóvenes. Con pasión. Después de una larga jornada como profesor de religión del Instituto Joaquín Bau, a media tarde empezaba su tarea de consiliario de grupos de jóvenes en el “Patro”. Los fines de semana, múltiples encuentros en la montaña, Els Ports, donde la naturaleza facilitaba la admiración y el asombro ante el Dios de la vida.
En el local del “Patro”, entre reuniones, obras de teatro, fiestas, conferencias formativas, brotaba una convicción firme, que él repetía con sencillez y sin dramatismo: la fidelidad a la Iglesia no es negociable. No como adhesión ciega a una estructura, sino como pertenencia vital a una comunión que hace posible el encuentro con Cristo y la misión.
Anunciar el Evangelio era, para Mossèn Pepe, compartir la propia experiencia de haber sido alcanzado por Cristo
Desde esa base espiritual, el apostolado juvenil adquiría un sentido nuevo. No era activismo, sino desbordamiento natural de una vida cristiana vivida en profundidad. Anunciar el Evangelio era, para él, compartir la propia experiencia de haber sido alcanzado por Cristo.
En ese contexto, el método educativo que empleaba era sobrio y eficaz: el clásico “ver, juzgar y actuar” recibido de la tradición de la Acción Católica. Pero en su forma de aplicarlo no había esquematismo, sino pedagogía espiritual. Se trataba de mirar la realidad con verdad, discernirla a la luz del Evangelio y responder con una vida lo más coherente posible.
En este camino tuvo una influencia decisiva Tomás Malagón pero, sobre todo, la figura de Guillermo Rovirosa, cuya conversión y entrega al apostolado obrero en la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) lo marcaron profundamente cuando era joven seminarista. De Rovirosa heredó no solo un método, sino una sensibilidad: la convicción de que el Evangelio debía encarnarse en el mundo del trabajo y en la vida concreta de las personas, especialmente de los más alejados.
El apostolado como pedagogía
En una ciudad de 30.000 habitantes, este sacerdote decidido y con carácter logró congregar en torno a él, en los años setenta, ochenta y noventa, a unos 200 adolescentes y un número similar de jóvenes universitarios que continuaban sus reuniones en el “Centre Cristià dels Universitaris” de Barcelona. Muchos de ellos se vincularían posteriormente a la vida eclesial y social en distintos ámbitos. Otros descubrieron la vocación sacerdotal.
Como acompañante espiritual y formador de conciencias libres, Mossèn Pepe era exigente. Al mismo tiempo, su presencia era cercana. Ante una sociedad de “jóvenes de cristal”, este sacerdote nacido en Onda, Castelló, se esforzaba por educar discípulos de Cristo recios y serviciales, capaces de asumir una vida cristiana seria, libre y comprometida. Jóvenes santos.
Para ello insistía en tres ejes fundamentales de formación.
En primer lugar, la liturgia, entendida no como cumplimiento ritual, sino como escuela de comunión con Cristo y con la Iglesia. Mossèn Pepe valoraba especialmente la Eucaristía como el sacramento que otorga sentido a la participación diferenciada de todos los fieles en el único sacerdocio de Cristo.
En segundo lugar, la doctrina social de la Iglesia, que permitía a los jóvenes comprender que la fe tiene consecuencias concretas en la vida pública, en el trabajo y en las decisiones personales. El compromiso social, elegir entre Jerusalén o Babel, tal como nos lo enseña hoy León XIV en Magnifica Humanitas, no era una opción ideológica, sino una forma de caridad cristiana.
Y, finalmente, el apostolado, entendido como fruto natural de una vida interior y moral sólida. No se trataba de hacer muchas cosas, sino de vivir de tal manera el compromiso diario que la propia vida se convierta en testimonio.
En este itinerario formativo, la herencia de la Acción Católica permanecía viva, aunque reinterpretada desde las intuiciones del Concilio Vaticano II. El “Moviment de Joves Cristians” no ha sido una organización masiva, sino una experiencia personalizada. La Iglesia joven para los jóvenes.
La huella de Mossèn Pepe
Vivimos un cambio de época, pero no partimos de cero. El dinamismo apostólico de Mossèn Pepe ha dejado una profunda huella en la diócesis de Tortosa y en la vida de muchas personas que han pasado por su acompañamiento. Más allá de las estructuras, ha permanecido una forma concreta de entender la vida cristiana: un encuentro con Cristo que se traduce con normalidad en santidad cotidiana.
No buscaba adhesiones superficiales, sino raíces profundas. Huía del protagonismo y de los honores, preocupado solo por la fecundidad apostólica
Su estilo siempre fue exigente, pero no duro. Firme, pero nunca rígido. No buscaba adhesiones superficiales, sino raíces profundas. Huía del protagonismo y de los honores, preocupado solo por la fecundidad apostólica. Por eso no dudaba en pedir mucho de sus jóvenes, convencido de que la vida cristiana solo se sostiene cuando se vive en serio.
Sus últimos años, tras un intenso apostolado primero como Delegado diocesano de juventud y luego párroco en Nuestra Señora dels Dolors, los vivió en un retiro sereno similar al de su amado San José en Nazaret. Desde su piso no dejaba de orar y acompañar por teléfono a todos aquellos que había introducido en la apasionada aventura de ser cristiano. No había nostalgia, sino pasión por la humanidad.
Tras largos meses marcados por el dolor físico, ayer murió en Tortosa a los 92 años de edad. Se fue como vivió, con discreción, acompañando con la oración a la peregrinación diocesana a Lourdes. Fueron meses difíciles en los cuales experimentó muchos consuelos, como la explosión de esperanza que todos hemos vivido en España con la visita de León XIV. “También con este Papa estamos en buenas manos”, me confió, recordando con una chispa de luz en los ojos que alguna vez Francisco le llamó por teléfono.
Mossèn Pepe, apóstol de los jóvenes, descansa en paz.