No hay fe sin cuidado de la Casa común
El 2 de septiembre de 2026, la Comisión Teológica Internacional publicó el documento 'Cuidar nuestra Casa común: respuesta responsable y fraterna al Dios trinitario', que sitúa el cuidado de la creación en el corazón de la fe cristiana
El 2 de septiembre de 2026, la Comisión Teológica Internacional publicó el documento Cuidar nuestra Casa común: respuesta responsable y fraterna al Dios trinitario. El texto sitúa el cuidado de la creación en el corazón de la fe cristiana y pregunta qué significa hoy confesar a Dios como Creador en un mundo herido por la crisis ecosocial.
La fe cristiana comienza mirando el mundo como creación. Antes de ser recurso, propiedad o mercancía, la Tierra es don. No nos hemos dado a nosotros mismos el aire, el agua, la fecundidad de los suelos ni la comunidad de vivientes de la que dependemos. Todo ha sido recibido. Y aquello que se recibe como don no puede tratarse como botín.
Esta es la afirmación central del documento: «Cuidar la Casa común […] representa una de las dimensiones cualificantes de nuestra relación con Dios» (n. 7). La frase no permite reducir la ecología a una sensibilidad opcional ni a un apartado reciente de la doctrina social. Nuestra manera de relacionarnos con la creación manifiesta también cómo comprendemos a Dios y cómo respondemos a su don. De ahí nace otra expresión que atraviesa toda la reflexión: «Todo está conectado» (n. 3).
Todavía hay quienes consideran el cuidado de la Casa común una preocupación secundaria, una moda cultural o una indebida politización de la f
Sin embargo, todavía hay quienes consideran el cuidado de la Casa común una preocupación secundaria, una moda cultural o una indebida politización de la fe. El documento desautoriza esta reducción. La cuestión ecosocial no llega desde fuera para distraer al cristianismo de su misión. Nace de la confesión misma de Dios como Creador y del mandato de custodiar una vida que no nos pertenece. Por eso puede afirmarse sin rodeos: no hay fe coherente en el Dios creador sin cuidado de la Casa común.
¿Dios salvará al mundo de nosotros?
La pregunta es provocadora, pero toca una tentación religiosa real: confiar en que Dios terminará reparando aquello que nosotros deterioramos. La fe cristiana afirma que el mundo está en sus manos, pero no que nuestras acciones carezcan de consecuencias. La providencia sostiene la creación; no sustituye la responsabilidad humana.
Podemos hacer florecer la vida, pero también podemos herirla
Dios ha querido contar con nuestra libertad. Podemos hacer florecer la vida, pero también podemos herirla. La contaminación, la pérdida de biodiversidad y el deterioro de los suelos no son accidentes ajenos a nosotros. Expresan una forma de habitar la Tierra que consume más de lo que puede regenerarse y traslada sus costes a otros. Por eso el documento habla de pecado contra la creación y contra el Creador.
Dios no nos salva anulando nuestra responsabilidad, sino despertándola y sosteniéndola. El mundo está en sus manos y, precisamente por eso, ha sido confiado también a las nuestras.
¿Dominar la Tierra significa disponer de ella o custodiarla?
Para explicar esta vocación, la CTI vuelve a la fe en el Dios trinitario. Lo hace sin convertir la ecología en una cuestión reservada a especialistas. El Padre es fuente de la creación; todo ha sido creado por medio del Hijo; el Espíritu comunica y sostiene la vida. La creación lleva así la huella de un Dios que es comunión. No es una colección de objetos aislados, sino una comunidad de seres relacionados.
Ser imagen de Dios no significa ocupar su lugar
También el ser humano forma parte de esa comunidad, aunque ocupe en ella un lugar singular. Es criatura e imagen de Dios. Ha recibido inteligencia, libertad y capacidad técnica para cultivar la Tierra y organizar una vida digna. Pero ser imagen de Dios no significa ocupar su lugar. La dignidad humana no concede una propiedad absoluta: confía una misión.
El documento evita dos extremos. No acepta una visión que borre la diferencia entre la persona y los demás vivientes, pero tampoco el antropocentrismo depredador que convierte todo en material disponible. La naturaleza puede transformarse para servir a la vida; no puede ser expoliada como si sus bienes fueran infinitos o pertenecieran únicamente a quienes tienen poder para apropiárselos.
La grandeza humana no se demuestra en la capacidad de destruir, sino en la responsabilidad de cuidar. Dominar, en lenguaje bíblico, significa cultivar, custodiar y colaborar en el florecimiento de la vida.
¿Proteger el medio ambiente perjudica a los pobres?
La pregunta no puede descartarse. Algunas políticas ecológicas encarecen bienes esenciales, eliminan empleos sin ofrecer alternativas o expulsan comunidades para instalar proyectos considerados verdes. Los países enriquecidos tampoco pueden exigir a los pobres restricciones que ellos no aceptaron mientras construían su bienestar.
La CTI responde mediante el principio de la responsabilidad diferenciada. No todos han causado el deterioro en la misma medida ni disponen de los mismos medios para afrontarlo. Quienes más han contaminado y quienes poseen mayores recursos deben asumir una responsabilidad mayor. La transición ecológica será justa o reproducirá las desigualdades que pretende superar.
No se puede proteger el planeta sacrificando a los pobres, pero tampoco se puede defender a los pobres destruyendo su casa
Pero la injusticia de algunas medidas no justifica la inacción. Son los pobres quienes sufren primero la falta de agua, la degradación de los territorios, la contaminación, la pérdida de cosechas y los desplazamientos. El grito de la Tierra y el grito de los pobres no compiten: nacen de una misma lógica que permite apropiarse de los bienes comunes y descartar a quienes sobran.
«En el compromiso ecológico se deben privilegiar aquellas acciones que beneficien en primer lugar a los más pobres», afirma el documento (n. 130).
La opción por los pobres se convierte así en un criterio práctico. Ayuda a decidir qué medidas son prioritarias, quién debe recibir protección primero y cómo han de distribuirse los costes. No se puede proteger el planeta sacrificando a los pobres, pero tampoco se puede defender a los pobres destruyendo su casa.
¿La crisis ecosocial es científica o pertenece a la fe?
La Iglesia no posee una ciencia climática propia ni propone soluciones técnicas cerradas. El documento distingue las tareas: la ciencia estudia los procesos y señala los riesgos; la política debe escoger los medios; la economía organiza recursos; la teología pregunta por el sentido, la responsabilidad y la justicia.
Distinguir no significa separar. La CTI rechaza tanto el cientificismo que desprecia las preguntas últimas como el fundamentalismo religioso que ignora los conocimientos científicos contrastados. La fe no sustituye a la ciencia, pero debe escucharla. Y la ciencia no decide por sí sola qué sacrificios son justos, qué bienes deben protegerse o quién ha de asumir los costes.
La Iglesia no necesita convertirse en laboratorio para llamar pecado a la codicia ni en ministerio de economía para denunciar la injusticia. Su aportación consiste en recordar que la Tierra no es propiedad exclusiva de una generación y que los bienes creados tienen un destino universal. La crisis es científica en su diagnóstico, política en muchas de sus respuestas y teológica en sus raíces y consecuencias.
¿Esperar significa confiar o actuar?
El documento termina mirando hacia la esperanza. La creación procede de Dios y está llamada a su plenitud. La encarnación, la muerte y la resurrección de Cristo anuncian que la materia, los cuerpos y la Tierra no están destinados al abandono, sino a la transformación. La esperanza cristiana impide que el deterioro tenga la última palabra.
Pero esperar no equivale a suponer que todo saldrá bien por sí solo. La promesa de una nueva creación no permite despreocuparse de la presente. Al contrario, como afirma la CTI, la esperanza «no nos exime de la responsabilidad personal, sino que la reclama y la refuerza» (n. 148).
La esperanza sostiene la acción y la acción hace visible la esperanza
Cada territorio protegido, cada consumo revisado, cada política justa y cada vida vulnerable puesta en el centro anticipan de manera limitada, pero real, el mundo reconciliado que esperamos. La esperanza sostiene la acción y la acción hace visible la esperanza.
El cuidado de la Casa común no es toda la fe cristiana, pero una fe que se desentiende de la creación, de los pobres y de las generaciones futuras deja sin consecuencias históricas aquello que proclama. Podrá conservar palabras religiosas, pero habrá olvidado responder al don de Dios. Porque no hay fe viva sin cuidado, ni esperanza cristiana sin responsabilidad por la Casa común.
