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El nombre del monstruo

Dedicado a la víctima D94 / J.R.G.

"Porque existe un instante decisivo en toda víctima de abuso: el momento en que deja de preguntarse si aquello ocurrió y empieza a preguntarse quién era realmente el hombre que destruyó parte de su infancia"

Abusos-crucifijo

Durante muchos años la víctima no tuvo un nombre.

Tenía recuerdos.

Tenía miedo.

Tenía escenas fragmentadas.

Un despacho.

Un coche.

Una voz.

La sensación de que algo oscuro ocurría siempre alrededor de la misma persona.

Libro de Robert Frost

Pero el monstruo, durante mucho tiempo, continuó habitando una región confusa de la memoria.

Eso sucede a menudo con las víctimas de abuso sexual infantil.

La infancia no recuerda como recuerdan los tribunales.

No archiva cronologías perfectas.

No conserva actas notariales del horror.

La infancia recuerda de otra manera.

Recuerda olores.

Gestos.

Sombras.

La textura del miedo.

Robert Frost sabía que algunos caminos permanecen cubiertos por la nieve durante tanto tiempo que resulta difícil distinguir dónde termina el bosque y dónde comienza la noche.

La memoria traumática se parece mucho a eso.

La víctima D94 / J.R.G. convivió durante décadas con fragmentos dispersos de un miedo antiguo.

Abusos del clero

Sabía que había existido un monstruo.

Pero durante años el monstruo no tuvo todavía un rostro completamente iluminado.

Porque las víctimas muchas veces sobreviven precisamente así:

sin mirar directamente.

Sin descender del todo a ciertas habitaciones interiores.

Sin atreverse a abrir determinadas puertas.

No por cobardía.

Sino porque el cuerpo humano posee mecanismos misteriosos para continuar viviendo incluso cuando la verdad completa resultaría insoportable.

Y sin embargo llega un momento en que algo empieza a moverse lentamente bajo la nieve.

Un recuerdo.

Una conversación.

Un nombre pronunciado de nuevo después de medio siglo.

Entonces la víctima comienza a reconstruir.

Eso fue exactamente lo que ocurrió aquí.

Primero apareció la necesidad de entender.

Después la necesidad de saber.

Finalmente la necesidad de confirmar.

Porque existe un instante decisivo en toda víctima de abuso: el momento en que deja de preguntarse si aquello ocurrió y empieza a preguntarse quién era realmente el hombre que destruyó parte de su infancia.

Infancia rota por los abusos

No es una curiosidad.

Es una necesidad moral.

La víctima necesita devolverle rostro al miedo.

Necesita sacar al monstruo de la niebla.

Y así comenzó lentamente la investigación personal de J.R.G.

No fue la institución quien recorrió primero el bosque.

Fue la propia víctima.

La víctima reconstruyó destinos.

Recuperó nombres.

Buscó documentos.

Unió recuerdos separados por décadas.

Mientras tanto, las instituciones avanzaban lentamente entre protocolos, cautelas y silencios.

Hay algo profundamente agotador en que una víctima tenga que convertirse en investigadora de su propio trauma.

Porque revivir ya duele bastante.

Pero tener además que reconstruir pieza a pieza el escenario del daño puede convertirse en otra forma de desgaste.

Y aun así la víctima continuó.

Porque llega un momento en que saber resulta más importante que protegerse del dolor.

Entonces apareció finalmente la confirmación.

Dos palabras.

Nada más.

Y sin embargo, en ocasiones, toda una vida puede temblar dentro de dos palabras.

Porque el instructor del Arzobispado Castrense estaba confirmando exactamente aquello que la víctima llevaba medio siglo intentando reconstruir dentro de sí.

El monstruo existió.

Tenía rostro.

Abusos

Y era el hombre que la memoria señalaba desde el principio.

Tal vez algunas personas no comprendan nunca lo que significa un momento así.

Creerán que se trata simplemente de identificar a un agresor.

Pero es mucho más que eso.

Es recuperar la propia realidad.

Es comprender que el miedo infantil no deliraba.

Que el muchacho de trece años decía la verdad.

Que el bosque no estaba vacío.

Y sin embargo incluso entonces aparece otra paradoja terrible.

La verdad no siempre trae descanso inmediato.

A veces trae agotamiento.

Porque después de tantos años buscando el nombre del monstruo, la víctima descubre algo aún más difícil: que ahora debe esperar otra vez.

Esperar informes.

Esperar resoluciones.

Esperar decisiones institucionales.

Esperar que alguien transforme finalmente la verdad reconocida en reparación verdadera.

Robert Frost escribió que los bosques son hermosos, oscuros y profundos.

Las víctimas conocen demasiado bien esos bosques.

Pero hay un instante en que al menos dejan de caminar a ciegas dentro de ellos.

Ese instante llega el día en que el monstruo, por fin, tiene nombre.

Víctimas de abusos en Roma | SNAP

Años después quiso verme otra vez.

Yo lo vi de lejos.

Y me fui.

No era miedo exactamente.

Era algo más difícil de explicar.

Porque ciertas víctimas pasan media vida intentando escapar de una sombra sin comprender del todo que también aprendieron a orbitar alrededor de ella.

El monstruo había destruido demasiadas cosas dentro de mí.

Pero durante años también había ocupado demasiado espacio.

Y hay presencias que continúan ejerciendo gravedad incluso cuando uno ya conoce perfectamente su oscuridad.

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