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Cuando la piedra ya no puede volver al sepulcro vacío

Reflexión de las las Comunidades de Buenos Aires, Florida y Pino de Tormes ante la Pascua 2026

Pascua

La Pascua nos pone ante aquello que parecía definitivamente cerrado y, sin embargo, puede abrirse.

La Pascua que hoy celebramos, después del largo camino en estas comunidades acompañando a las personas privadas de libertad dentro y fuera de los muros; nos lleva a proclamar muy en voz alta, una vez más, que, aquello que parecía muerto puede volver a vivir, que lo que había sido sellado con la fuerza de lo irreversible puede, sin embargo, ser transformado. Porque una piedra colocada cuidadosamente para cerrar el sepulcro, ha sido y es apartada.

Esa piedra no solo cubría un cuerpo; cubría también una historia que parecía haber fracasado, una esperanza que parecía haberse extinguido; parecía la piedra que ya no tenía solución. Pero, ¡no! ¡la tiene! Hay horizonte de nuevas vidas y esperanzas.

Esa piedra movida, desplazada y retirada, abre un espacio inesperado para lo nuevo. 

En el largo camino de los años, la piedra, acompañando a quienes les ha atrapado la cárcel y el después de ella, tiene nombre jurídico, social y cultural: se llama estigma, se llama exclusión estructural, se llama desconfianza permanente, se puede llamar indiferencia. 

Es la piedra que pesa sobre la vida de miles de personas que han pasado por prisión y que, aun habiendo cumplido con la justicia, siguen encontrándose encerradas en una forma de condena invisible que condiciona su presente y limita su futuro.

Pascua

Permitimos que la persona salga de prisión, pero no se le abre realmente el espacio para vivir con dignidad; se proclama el mandato constitucional de la reeducación y reinserción social, pero en la práctica se neutraliza su alcance mediante mecanismos que perpetúan la sospecha y el señalamiento. 

La Pascua, hoy y siempre, deja de ser un acontecimiento lejano para convertirse en una interpelación comunitaria vivificadora y transformadora. 

No puede haber verdadera Pascua allí donde la comunidad se limita a observar sin implicarse en el gesto decisivo de apartarla. 

No es la persona sola la que tiene que cambiar, adaptarse, demostrar, superar; es también la comunidad la que tiene que abrirse, revisar sus prejuicios, transformar sus estructuras, generar espacios reales de acogida y participación, y apartar la piedra que aplasta y que la misma comunidad ha contribuido a colocar.

Significa asumir que toda vida humana posee posibilidades de transformación; pero, mientras el pasado siga teniendo más peso que el presente, el sepulcro no estará realmente abierto. La culpa, asumida o no, no puede convertirse en una condena perpetua que impida cualquier posibilidad de futuro.

Pascua

Muchas personas que han pasado por la cárcel han iniciado caminos y asumido oportunidades de cambio real. 

Cualquier proceso hacia el futuro, por sí solo, no basta si no encuentra un espacio social donde desplegarse. Porque el verdadero problema no es solo la noche que se ha vivido, sino la posibilidad de que exista una oportunidad real de comenzar de nuevo. 

Por eso, el acompañamiento tiene que implicar necesariamente a la comunidad, que ha de generar condiciones reales de acogida y de participación activa, que le permita reconstruir su proyecto vital.

Acompañando, anunciando y celebrando, a la luz de la Pascua del Resucitado, se abre camino. 

Acompañando; podemos y debemos construir espacios donde la persona pueda experimentar que su vida no está definida por su pasado, sino abierta a un futuro, y en él poder aprender juntos y juntas a vivir la Pascua, sabiendo perdonar, sabiendo acoger, sabiendo abrir estos espacios reales de segunda oportunidad. 

Anunciando; la resurrección nos lleva a imaginar —y construir— un modelo en el que la salida de prisión no sea un tránsito hacia una nueva forma de exclusión, sino el inicio de una vida verdaderamente nueva. 

Pascua

Celebrando; supone dar respuestas a preguntas como estas: ¿estamos dispuestos a asumir las consecuencias de esta realidad?; ¿estamos dispuestos a apartar la piedra no solo en el plano simbólico, sino en nuestras leyes, en nuestras instituciones, en nuestras prácticas cotidianas?, ¿estamos dispuestos a transformar nuestras estructuras para hacer posible ese renacimiento compartido y continuar apostando por la vida?

Solamente cuando hay compromiso cierto y real en la sociedad y en la comunidad aparece esta verdad de la Pascua.

El compromiso es real y cierto, cuando la comunidad asume acompañar, anunciar y celebrar que la piedra no puede volver a su sitio. Cuando la sociedad no actúa ni piensa desde el miedo, sino desde la confianza. Cuando la comunidad no observa desde fuera, sino que participa activamente. Cuando la sociedad y la comunidad se implican procurando y acompañando vidas que quieren renacer y dejar de producir nuevas formas de muerte.

El compromiso es cierto y real, si estamos dispuestos a vivir que el sepulcro está verdaderamente vacío; si estamos dispuestas a impedir que la piedra vuelva a su lugar en nuestras prácticas cotidianas y en nuestras formas de relación; si estamos dispuestos y dispuestas a construir una sociedad que no reconstruya los sepulcros que la Pascua ha abierto.

La Pascua, vivida así, nos obliga a no volver a cerrar lo que ha sido abierto, a no volver a encerrar a quienes han sido llamados a recuperar la vida, porque la piedra ha sido removida para siempre.

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