Pilar Bacas Leal: una vida entregada a la memoria, la justicia y la Vida
"Decir Pilar Bacas Leal es decir amor, bondad, compromiso con los vulnerables y fidelidad a una ciudad que quiso más justa, más verde y humana"
El pasado 18 de junio, el pleno del Ayuntamiento de Cáceres acordó por unanimidad de todos los grupos políticos dar el nombre de Pilar Bacas Leal a la red de senderos que unirá los barrios de Montesol y la Mejostilla, atravesando el Paseo Alto hasta llegar al centro de la ciudad. No es un gesto menor. Es un reconocimiento justo, necesario y profundamente hermoso a una mujer que hizo de su vida una forma de amor activo: amor a las personas, a la verdad, a la cultura, a la naturaleza y a la memoria compartida.
Pilar, estoy segura, habría recibido esta noticia con su sonrisa limpia y sencilla. Porque quería a Cáceres con un amor discreto, pero firme. Amaba su paisaje, sus parques, sus calles, sus plazas, sus memorias y sus silencios. Defendió el patrimonio verde e histórico de la ciudad porque sabía que una ciudad no es solo un conjunto de edificios, sino una comunidad de vidas, recuerdos, palabras y esperanzas.
Le habría gustado que su nombre quedara unido al Paseo Alto. Lo conocía bien. Lo había estudiado, recorrido y sentido. En su opúsculo “Un parque en las afueras”, Pilar supo mirar aquel espacio con la inteligencia de la investigadora y con la ternura de quien comprende que los lugares también guardan alma. La naturaleza no era para ella un decorado, sino una forma de vida. Desde su casa en las Viñas de la Mata, recogiendo aceitunas o almendras, sembrando, leyendo junto a la chimenea o caminando por las callejas con su paso ligero, Pilar vivía en relación profunda con la tierra.
Pero su compromiso con Cáceres no fue solo paisajístico. Fue también histórico, cívico y moral. Se interesó por el patrimonio histórico de la ciudad y defendió aquello que consideraba esencial: las plazas, las calles, los recorridos cotidianos, los espacios donde se depositan las voces de generaciones. Lo hacía con delicadeza, pero también con energía. Con la pluma, con la palabra y con la acción. Quienes la conocieron recuerdan su defensa de la permanencia del bulevar o paseo central de la Avenida de la Virgen de la Montaña, hoy amenazado por decisiones que pueden empobrecer la memoria urbana de la ciudad.
Sin embargo, si algo estuvo siempre en el centro de su vida fueron las personas. Pilar tenía una sensibilidad especial para detectar el dolor ajeno. Muchas amigas sintieron su presencia cuando más la necesitaban. Muchos enfermos recibieron sus cuidados sin que nadie lo supiera. Porque la bondad de Pilar no era exhibición, sino forma natural de estar en el mundo.
Desde joven vivió con amor a la verdad, generosidad limpia y honestidad radical. Caminaba con la mirada puesta en los márgenes, en “la gente de abajo”, como ella decía, allí “donde el verdadero latido de la vida se esconde”. Su compromiso no era retórico: quería un mundo más justo, más humano, construido desde el respeto, la solidaridad y la dignidad de cada persona.
Fue física de formación y ejerció sobre todo como catedrática. Pero su enseñanza no se limitó a transmitir conocimientos. Practicó una pedagogía innovadora, orientada también a formar conciencia crítica, sensibilidad social y esperanza. Educaba para “otro mundo posible”, no como consigna vacía, sino como horizonte de responsabilidad.
Otra de sus grandes vocaciones fue la investigación y la escritura. Pilar escribió libros apasionantes, de una literatura exquisita, amena, original y profundamente creativa. Pero antes de escribir, investigaba. Antes de narrar, rescataba. Recorrió archivos, parroquias y bibliotecas. Sus cuarenta y cuatro años de trabajo pueden contarse en miles de días entre legajos, pergaminos y documentos. Quería recuperar voces olvidadas, porque sabía que la historia no es solo una sucesión de datos y fechas, sino un diálogo entre el pasado y el presente, una manera de honrar lo que fuimos y de preguntarnos qué podemos llegar a ser.
Su generosidad quedó también plasmada en el legado entregado al Archivo de la Diputación de Cáceres. Allí depositó no solo su propio tesoro intelectual de escritora e investigadora, sino también el de nuestro abuelo, León Leal, vinculado a aquel grupo progresista de intelectuales cristianos comprometidos que, a comienzos del siglo XX, soñaron con una España más justa y tomaron en serio la llamada social de la encíclica Rerum Novarum de León XIII.
La huella de Pilar permanece, además, en numerosas organizaciones y causas: la Plataforma de Personas Refugiadas, Cáceres Verde, el Ateneo, la Asociación contra el Cáncer, la Plataforma contra la Mina. En todas ellas dejó algo más que trabajo: dejó presencia, coherencia, ternura y una manera luminosa de entender el compromiso.
Pero Pilar fue, sobre todo, una mujer capaz de relación y amistad. Su vida estuvo atravesada por el amor dado y recibido. Viajera incansable, dejó amigos —casi hermanos— por el mundo entero: Cuba, Kirguistán, Alemania, Estados Unidos, Paquistán, Costa Rica, Austria, Bélgica, Malta, Marruecos, Nueva Zelanda, Eslovaquia, Eslovenia, Ítaca, Francia, Gales, Sicilia, Suiza, Polonia, Uruguay… Su geografía afectiva era tan amplia como su corazón.
Y, junto a la investigadora, la profesora y la mujer solidaria, estaba también la Pilar vital, alegre, juerguista, libre, con un sentido del humor desbordante. Muchas personas recuerdan emocionadas sus fiestas en el campo, incluso con orquesta llegada desde Sevilla, unida a ella por un cariño inmenso.
Estoy convencida de que Pilar era sabia y buena. Sus libros me entusiasman. Yo le decía que mis escritores preferidos eran Miguel Delibes y ella. A veces nos abrazábamos largamente y yo le decía: “Te quiero muchísimo”. Y Pilar respondía: “Y yo a ti más”. Pero ni siquiera las hermanas podemos apropiarnos de su cariño, porque cada una de las personas que la amaron sabe que Pilar le quiso de verdad.
Por eso, este homenaje de Cáceres no es solo una denominación urbana. Es un acto de justicia poética. Una ciudad reconoce a una mujer que la amó, la pensó, la defendió y la hizo más humana.
Pilar, te quiero con toda el alma. Te echo de menos, pero te siento a nuestro lado. Y creo, como tú habrías creído, que la última palabra no la tiene la muerte, sino la Vida.
Yo le decía que mis escritores preferidos eran Miguel Delibes y ella. Nos abrazábamos largamente y yo le decía: “Te quiero muchísimo”. Ella respondía: “Y yo a ti más”