Última hora:
El futuro de las HAM

Para hacer una reparación a una víctima de abuso sexual hay que ponerse en su piel

(Dedicado a J.R.G. Víctima del expediente D94)

"La reparación empieza cuando una institución abandona la tentación de defenderse y decide mirar a la víctima como un ser humano completo"

Abusos 'en nombre de Dios'
Abusos 'en nombre de Dios' | © milada-vigerova / Unsplash
José Rivela Rivela 
13 may 2026 - 15:55

Hay hombres que creen que reparar consiste en cerrar una carpeta.

Otros creen que basta una cifra, una firma o una fórmula jurídica cuidadosamente redactada en un despacho con calefacción y silencio.

Pero la reparación verdadera empieza mucho antes: empieza el día en que alguien acepta entrar descalzo en la nieve del otro.

Libro de Robert Frost
Libro de Robert Frost

Porque para reparar a una víctima de abuso sexual hay que ponerse en su piel.

Y ponerse en su piel no es escuchar durante veinte minutos mientras se mira el reloj.

No es decir “comprendo” desde la seguridad intacta de quien jamás tuvo miedo de la noche.

No es redactar un informe técnico con expresiones impecables y luego guardarlo bajo llave como si el dolor pudiera archivarse.

Ponerse en la piel de una víctima exige algo más difícil: renunciar por un instante a la comodidad del observador.

Robert Frost sabía que los caminos importantes nunca eran rectos.

Atravesaban bosques, hielo, barro y sombras.

La vida de una víctima también.

Solo que el bosque no termina cuando termina la infancia.

El bosque continúa dentro.

Hay personas que creen que el abuso pertenece al pasado porque ocurrió hace cincuenta años.

Abusos
Abusos

Ignoran que ciertas heridas no envejecen.

Solo aprenden a esconderse mejor.

Un niño puede abandonar un campamento de verano.

Puede crecer.

Puede trabajar.

Puede formar una vida aparente.

Puede incluso aprender a reír en las cenas.

Pero el cuerpo recuerda lo que la memoria intenta domesticar.

La víctima vive muchas veces como quien atraviesa un campo helado después de una tormenta nocturna: aparentemente todo está quieto, pero debajo de la nieve siguen abiertas las grietas.

Por eso la reparación no puede limitarse a protocolos.

Hay expedientes que pesan menos que una lágrima contenida durante medio siglo.

Quien quiera reparar de verdad debería preguntarse primero algo muy sencillo: ¿Qué ocurre dentro de un muchacho de trece años cuando la figura que representa a Dios, la autoridad y el mundo adulto utiliza esa autoridad para destruirlo?

Abusos
Abusos

No basta estudiar el caso.

Hay que habitarlo un instante.

Hay que imaginar al adolescente que no sabe todavía nombrar el horror.

El que calla porque teme no ser creído.

El que aprende demasiado pronto que ciertos hombres llevan sotana, uniforme o prestigio, y aun así son capaces de romper una vida entera.

Porque el abuso no termina en el cuerpo.

Continúa después, infiltrándose en la confianza, en el deseo, en la identidad y hasta en la manera de mirar la luz de una habitación.

A veces continúa durante décadas en forma de insomnio.

Otras veces como una dificultad permanente para sentirse limpio.

Otras como una tristeza que nadie entiende porque el mundo solo ve a un adulto aparentemente normal.

La gran tragedia de muchas víctimas no es únicamente lo que ocurrió.

Es también el tiempo posterior.

La lenta intemperie.

Las respuestas tardías.

Los silencios.

Las llamadas prometidas que nunca llegan.

Los días esperando un mensaje que no aparece.

La sensación de hablar desde un pozo mientras arriba todos siguen ocupados en asuntos más importantes.

Abusos
Abusos

La víctima aprende entonces algo terrible: que incluso después de reunir el valor para hablar, aún debe luchar para ser escuchada.

Y ahí empieza otra forma de sufrimiento.

Porque quien denuncia no solo revive el daño.

Debe además demostrarlo, explicarlo, justificarlo y soportar la sospecha muda de quienes preferirían que nada hubiera ocurrido.

Algunas instituciones creen protegerse ocultando papeles.

No comprenden que el exceso de oscuridad termina revelando más miedo que prudencia.

La transparencia nunca destruye tanto como el silencio.

Hay frases diminutas que contienen más verdad que cien páginas de lenguaje administrativo.

A veces bastan dos palabras.

“Así es.”

Dos palabras pueden pesar más que un archivo entero cuando llegan después de años de incertidumbre.

Abusos
Abusos

Porque en ciertos casos la víctima no busca venganza.

Busca realidad.

Necesita saber que aquello que cargó solo durante medio siglo existió también para los demás.

Que no fue una pesadilla privada.

Que el monstruo tenía nombre.

Y que alguien, por fin, dejó de mirar hacia otro lado.

Ponerse en la piel de una víctima exige comprender también el agotamiento.

La fatiga moral.

El cansancio de tener que insistir una y otra vez.

Hay quienes preguntan:

“¿Por qué no habló antes?”

La verdadera pregunta quizá sea otra:

“¿Cómo consiguió sobrevivir callando tanto tiempo?”

Nadie sale intacto de ciertos inviernos.

Abusos
Abusos

Y sin embargo las víctimas continúan.

Trabajan.

Enseñan.

Escriben.

Sonríen.

Ayudan a otros.

Construyen una vida sobre las ruinas sin decirle casi nada al mundo.

Tal vez por eso la reparación no debería pensarse como una concesión magnánima de una institución.

La reparación empieza cuando una institución abandona la tentación de defenderse y decide mirar a la víctima como un ser humano completo.

No como un expediente.

No como un riesgo reputacional.

No como una cifra estadística dentro de una memoria anual.

Sino como alguien que pasó demasiados años caminando solo por un bosque helado.

Robert Frost escribió que en los bosques hay una belleza oscura y profunda, pero también promesas que obligan a seguir caminando.

Las víctimas conocen bien ese camino.

Han tenido que recorrer kilómetros interiores que otros ni siquiera imaginan.

Solsticio de invierno
Solsticio de invierno

Por eso quien quiera reparar debe hacer algo más difícil que emitir un dictamen: debe atreverse a sentir el peso del invierno ajeno.

Debe entender que hay hombres de setenta años que todavía conservan dentro al muchacho de trece que una vez no pudo defenderse.

Y debe comprender que la verdadera reparación no consiste únicamente en reconocer el daño.

Consiste en impedir que la víctima vuelva a sentirse sola mientras intenta demostrarlo.

Porque ninguna institución puede devolver una infancia.

Pero sí puede decidir si añade más frío al invierno o si, por fin, enciende una luz en mitad del bosque.

Las noticias de Religión Digital, todas las mañanas en tu email.
APÚNTATE AL BOLETÍN GRATUITO

También te puede interesar

Lo último

stats