'Samaritanear' en tiempos de algoritmos
Magnifica humanitas: una encíclica antropológica para la era de la inteligencia artificial
Nunca como ahora, habíamos tenido acceso a tanta información ni a herramientas tan poderosas para comunicarnos, aprender y crear. Tampoco había sido tan fácil confundir información con conocimiento, velocidad con sabiduría o conexión digital con auténtico encuentro humano. En medio de esta realidad emerge la inteligencia artificial como uno de los fenómenos más influyentes de nuestro tiempo, despertando entusiasmo, incertidumbre y no pocas preguntas sobre el futuro de la humanidad. Transitamos cotidianamente entre WhatsApp, asistentes conversacionales, generadores de imágenes y plataformas capaces de transformar nuestra experiencia digital en cuestión de segundos.
Estas reflexiones estuvieron presentes durante el panel de diálogo impulsado por el colectivo Teología Latinoamericana – Volver al Evangelio, un espacio de encuentro entre la psicología, la teología y la acción pastoral para profundizar en Magnifica humanitas, la primera encíclica del papa León XIV. A primera vista, podría pensarse que se trata de un documento dedicado a la inteligencia artificial. Sin embargo, conforme avanzó la conversación y la reflexión compartida, fue apareciendo una convicción mucho más profunda, la encíclica no tiene como protagonista a la tecnología, sino a la persona humana.
Escuchar cómo Magnifica humanitas trasciende el debate tecnológico para situarse en el terreno antropológico dejó en muchos de los asistentes una sensación de esperanza. Ciertamente, la encíclica no se limita a la IA. La encíclica nos invita a mirar más allá de los algoritmos y a preguntarnos por el sentido de nuestra convivencia, por la calidad de nuestras relaciones y por el lugar que ocupa la persona en una sociedad cada vez más mediada por sistemas digitales.
En una cultura que privilegia la inmediatez, la productividad y el rendimiento, León XIV propone volver a colocar en el centro a la persona humana y su dignidad. En otras palabras, nos recuerda que el principal desafío de la inteligencia artificial no es tecnológico, sino profundamente humano. El scrolling constante corre el riesgo de silenciar la reflexión y alimentar una cultura de la inmediatez.
¿Qué significa ser humano cuando las máquinas parecen pensar cada vez más? Quizá esa sea la pregunta fundamental de Magnifica Humanitas. No cómo hacer máquinas más inteligentes, sino cómo evitar convertirnos en seres humanos menos reflexivos, menos solidarios y menos capaces de reconocer la dignidad del otro.
Cuando el algoritmo pretende sustituir el discernimiento
Uno de los aportes más significativos señalados por los panelistas consiste en recordar que la tecnología no puede asumir la responsabilidad moral de nuestras decisiones. Allí donde la máquina calcula, la persona discierne; allí donde el algoritmo procesa datos, el ser humano está llamado a interpretar, valorar y decidir. Ese es un punto medular de la encíclica, lo que nos distingue de la tecnología no es la información que poseemos, sino nuestra capacidad de discernir, actuar y asumir responsabilidad moral.
Los algoritmos no son neutrales. Seleccionan contenidos, priorizan determinados mensajes y construyen entornos informativos personalizados que, muchas veces, terminan reforzando prejuicios
Desde una perspectiva de la psicología, esta afirmación adquiere una relevancia especial en un contexto marcado por la llamada guerra cognitiva. Cada día millones de personas interactúan con plataformas digitales diseñadas para captar su atención, moldear hábitos de consumo e influir en la manera en que perciben la realidad. Los algoritmos no son neutrales. Seleccionan contenidos, priorizan determinados mensajes y construyen entornos informativos personalizados que, muchas veces, terminan reforzando prejuicios, polarizaciones o visiones parciales del mundo.
Permanecer despiertos frente a las dinámicas digitales se ha convertido en una necesidad ética. El desplazamiento constante de contenidos, el scrolling infinito y la búsqueda permanente de estímulos inmediatos pueden generar una cultura de la inmediatez donde la reflexión profunda pierde terreno frente a la reacción impulsiva. Corremos el riesgo de acostumbrarnos a respuestas rápidas para preguntas que exigen discernimiento, diálogo y tiempo.
Se ha normalizado una cultura de la inmediatez que suele venir acompañada de una creciente insatisfacción, de una menor tolerancia hacia quien piensa distinto y, en muchos casos, de sentimientos de aislamiento y soledad.
La libertad, la conciencia y la responsabilidad continúan siendo dimensiones irrenunciables de la condición humana. La encíclica nos recuerda que la velocidad nunca debe sustituir al discernimiento.
Entre Babel y Jerusalén: dos proyectos de humanidad
Entre las intervenciones del panel surgió una visión teológica particularmente sugerente: la tensión entre Babel y Jerusalén. Dos maneras distintas de comprender la vida social. Babel representa la tentación permanente de construir poder sin límites, de concentrar riqueza, conocimiento e influencia en pocas manos. Es la lógica de la acumulación, de la competencia desmedida y de la búsqueda de ganancias como criterio supremo para evaluar el éxito.
Vista desde esta perspectiva, Babel puede manifestarse hoy en estructuras económicas y tecnológicas que privilegian el crecimiento por encima de la dignidad humana. La concentración de poder en grandes corporaciones globales, la mercantilización de la información y la subordinación de la persona a los intereses del mercado constituyen expresiones contemporáneas de una lógica que corre el riesgo de olvidar que toda innovación debe estar al servicio del bien común. El problema no es la tecnología en sí misma, sino un desarrollo desvinculado de consideraciones éticas y sociales.
Frente a esta visión aparece Jerusalén como símbolo de una humanidad reconciliada, capaz de construir comunidad, subsidiariedad y encuentro
Frente a esta visión aparece Jerusalén como símbolo de una humanidad reconciliada, capaz de construir comunidad, subsidiariedad y encuentro. Jerusalén representa la convicción de que el valor de una sociedad no puede medirse únicamente por sus indicadores económicos o por sus niveles de productividad, sino por su capacidad para proteger la dignidad de las personas, especialmente de quienes se encuentran en condiciones de mayor vulnerabilidad.
Magnifica humanitas se inserta en una larga tradición del pensamiento social cristiano. Desde Rerum novarum hasta Laborem Exercens, pasando por Laudato Si, Fratelli Tutti y otros documentos recientes del magisterio, la dignidad humana constituye el criterio ético que permite evaluar cualquier forma de progreso.
En el panel, una idea que se asintió fue que la encíclica puede leerse como una actualización contemporánea de la Doctrina Social de la Iglesia porque vuelve a colocar en el centro una pregunta esencial: ¿estamos construyendo estructuras que favorezcan el encuentro y la solidaridad o estamos alimentando dinámicas que profundizan la exclusión y la concentración del poder?
La respuesta a esta pregunta resulta decisiva para nuestro tiempo. La verdadera discusión no se encuentra entre estar a favor o en contra de la inteligencia artificial. El debate de fondo consiste en decidir si queremos una civilización inspirada por la lógica de Babel o una humanidad capaz de caminar hacia Jerusalén.
La opción preferencial por los pobres en la era digital
En el panel se recordó uno de los llamados más profundos del Evangelio y de la tradición social de la Iglesia: la opción preferencial por los pobres. No se trata únicamente de una categoría pastoral ni de una preocupación asistencialista. Es una manera de mirar la realidad desde quienes experimentan con mayor intensidad las consecuencias de las desigualdades estructurales. También en el ámbito digital, la pregunta fundamental sigue siendo quiénes quedan fuera y cuáles son las barreras que les impiden participar plenamente de los beneficios del desarrollo.
Mientras buena parte del debate público se concentra en los avances de la inteligencia artificial, millones de personas continúan enfrentando dificultades elementales para acceder a oportunidades educativas, laborales y tecnológicas.
De hecho, existen comunidades enteras donde el acceso a internet es limitado, familias que no cuentan con dispositivos adecuados y personas que deben decidir entre cubrir necesidades básicas o pagar la conectividad necesaria para participar plenamente en la vida digital. La brecha tecnológica es también una brecha social. A pesar de los avances científicos y económicos alcanzados durante las últimas décadas, millones de personas continúan viviendo en condiciones de exclusión, marginación y vulnerabilidad. El crecimiento económico no siempre se traduce en justicia social, del mismo modo que el acceso a nuevas tecnologías no garantiza una distribución más equitativa de las oportunidades.
En ciudades fronterizas del norte de México, muchos jóvenes viven bajo la exigencia de competir en una economía cada vez más globalizada y digitalizada. Sin embargo, su realidad económica, familiar o migratoria les impide acceder a las mismas oportunidades educativas, tecnológicas o de movilidad que otros jóvenes tienen al alcance de la mano.
Las palabras del padre de la teología de la liberación, Gustavo Gutiérrez, conservan aquí una extraordinaria vigencia, hay que ver al prójimo. Mirar los rostros concretos de quienes viven las consecuencias de la exclusión. La inteligencia artificial puede abrir nuevas posibilidades para la humanidad, pero difícilmente contribuirá a construir una sociedad más justa si permanece indiferente frente a quienes siguen siendo descartados por razones económicas, sociales o culturales.
Por ello, Magnifica humanitas nos invita a recuperar la dinámica del ver, juzgar y actuar. Ver la realidad sin maquillajes ni triunfalismos tecnológicos. Juzgar a la luz de la dignidad humana y del Evangelio. Y actuar para que el progreso no sea privilegio de unos cuantos, sino una oportunidad compartida.
Samaritanear en tiempos de algoritmos
Llegados a este punto, la pregunta más importante quizá ya no sea qué dice Magnifica humanitas, sino qué vamos a hacer con ella. Como ha ocurrido con otros documentos fundamentales del magisterio social, existe el riesgo de que sus páginas sean ampliamente comentadas, citadas en conferencias o compartidas en redes sociales, pero el riesgo es que su mensaje no logre transformar la vida cotidiana de las comunidades cristianas. Necesita del compromiso de pastores, agentes de pastoral, comunidades y laicos comprometidos.
La verdadera prueba de esta encíclica comienza después de su lectura.
- ¿Cómo hacer tierra con Magnifica Humanitas en cada una de nuestras diócesis? ¿Cómo lograr que sus reflexiones lleguen a las parroquias, a los grupos juveniles, a los espacios de formación, a la catequesis y a la acción pastoral ordinaria?
- ¿Cómo convertir sus planteamientos en experiencias concretas de encuentro, discernimiento y compromiso con la dignidad humana?
- ¿Cómo transitarla a un plan de pastoral?
La encíclica posee el potencial de convertirse en una herramienta privilegiada para dialogar con las nuevas generaciones. Los jóvenes habitan de manera natural los entornos digitales, conviven diariamente con algoritmos y enfrentan desafíos que ninguna generación anterior conoció en la misma magnitud. Precisamente por ello necesitan espacios donde puedan reflexionar críticamente sobre el uso de la tecnología, fortalecer su capacidad de discernimiento y descubrir que la fe sigue teniendo algo significativo que decir frente a las preguntas contemporáneas.
- ¿Cómo hacer que la encíclica sea parte del algoritmo?
Las parroquias, movimientos, congregaciones, diócesis, conferencias episcopales y organismos pastorales están invitados a promover procesos de formación que permitan comprender los desafíos éticos, sociales y culturales asociados a la inteligencia artificial. No para alimentar temores ni resistencias estériles, sino para formar comunidades capaces de dialogar con el mundo desde una profunda convicción humanista y evangélica.
El panel no podía entenderse sin traer al encuentro al pontificado del papa Francisco, la necesidad de pensar en una auténtica revolución de la ternura. Frente a la polarización, el aislamiento y la cultura del descarte, la respuesta cristiana sigue siendo el encuentro. Frente a la lógica de la confrontación permanente, la apertura al diálogo. Frente a la indiferencia, la solidaridad. Frente al individualismo, la construcción del bien común.
Samaritanear, desde la perspectiva de lo pastoral. La encíclica es un llamado a detenernos frente al otro, reconocer su dignidad y hacernos responsables de su sufrimiento. A construir puentes en lugar de muros.
No podemos hablar de paz sin justicia, como recuerda el propio León XIV. No está de más traer a la reflexión sus palabras: “Hay situaciones en las que, para seguir siendo humanos, debemos abandonar las vacilaciones y tomar partido. Hay conflictos en los que no es justo permanecer neutrales y no basta pensar en no ser cómplices”.
Mientras los algoritmos aprenden a conocer nuestros gustos, hábitos y comportamientos, el desafío del Evangelio sigue siendo el mismo de siempre: aprender a mirar al prójimo
Magnifica humanitas es una invitación a redescubrir lo mejor de nuestra humanidad. Mientras los algoritmos aprenden a conocer nuestros gustos, hábitos y comportamientos, el desafío del Evangelio sigue siendo el mismo de siempre: aprender a mirar al prójimo. Samaritanear en tiempos de algoritmos significa precisamente eso: volver a poner en el centro de la vida cristiana a la persona humana y su dignidad.
Quizá el mayor desafío de Magnifica humanitas no sea comprenderla, sino encarnarla. Que deje de ser un documento comentado en foros y se convierta en una práctica cotidiana en parroquias, comunidades, movimientos y familias. Que pase del papel al corazón, de la reflexión a la acción y de la teoría al encuentro. En otras palabras, que logre llegar al ADN de la Iglesia.
Como docente, veo cada día el desafío de formar personas capaces de utilizar la tecnología sin renunciar al pensamiento crítico, al discernimiento y a la responsabilidad ética. Tal vez esa sea una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo: educar para la humanidad en una era dominada por algoritmos.
Porque, al final, el verdadero desafío de nuestro tiempo no consiste en construir máquinas más humanas, sino en evitar que los seres humanos dejemos de serlo.
Las reflexiones compartidas por las y los panelistas permitieron abrir nuevos horizontes de comprensión sobre una encíclica que, más que hablar de inteligencia artificial, nos invita a redescubrir la dignidad de la persona humana.
Nuestra gratitud a los integrantes del colectivo Teología Latinoamericana – Volver al Evangelio por hacer posible este espacio de reflexión sobre Magnifica Humanitas y, de manera especial, a la Psic. Liliana Vázquez Roa, al Pbro. José Carlos Chávez Arias, al Pbro. José Manuel Guerrero Noyola, al Dr. Emilio Salas Guadian, Rafael Sandoval y a Carlos Alberto Lozano Díaz por sus valiosas aportaciones durante el panel en vivo, que enriquecieron el diálogo y ayudaron a transmitir el mensaje humanista de la encíclica.
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*Profesor universitario
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