Secundino Movilla vuelve a Zamora. Raíces de pueblo, horizonte de mundo
Sus cenizas reposarán en Prado, donde nació el teólogo que dedicó su vida a los jóvenes y compartió en Fernández de los Ríos la 'comunidad enclave' de Pedro Casaldáliga. Su regreso recuerda cuánto mundo cabe en una vida nacida entre pocas casas
Prado, el principio y el regreso
Secundino Movilla López vuelve a Prado. Sus cenizas reposarán en este pueblo de Zamora donde nació en 1941, después de una vida dedicada a educar, acompañar jóvenes y construir comunidades cristianas en España y América Latina. Falleció el 30 de septiembre de 2026, a los 84 años, en la residencia de los Hermanos de La Salle de Griñón, Madrid. Deja una extensa obra formativa y una memoria entrañable entre quienes compartieron su amistad, sus búsquedas y su esperanza.
El regreso a Prado tiene una hondura que supera el último destino de sus restos. En ese pueblo de la España despoblada están sus raíces, sus primeros vínculos y la pertenencia a una tierra que llevó consigo. Su trayectoria ensancha también la memoria de Zamora: la de tantos hombres y mujeres que salieron de sus pueblos y pusieron su inteligencia y su trabajo al servicio de otros, sin perder el lugar del que procedían.
Una formación abierta a la vida
Su itinerario formativo comenzó entre los claretianos y pasó por Medina de Rioseco, Aranda de Duero, Ciudad Real y Segovia. Después llegaron Roma y París, donde amplió sus estudios de Teología y Catequética. Dentro de la congregación desempeñó responsabilidades importantes, apoyadas en su capacidad intelectual y en sus cualidades para la formación y el acompañamiento.
El Concilio Vaticano II dio una orientación decisiva a aquella preparación. Secundino perteneció a la generación que asumió la renovación conciliar como una tarea pendiente en la vida cotidiana de la Iglesia. La participación de los laicos, el diálogo con la sociedad y la responsabilidad ante las injusticias reclamaban nuevas maneras de enseñar y organizarse. La teología de la liberación reforzó después ese horizonte: comprender y vivir el Evangelio desde la dignidad y las necesidades de los pobres.
Fernández de los Ríos: una casa con muchas puertas
La comunidad de Fernández de los Ríos, 2, en Madrid, fue un espacio fundamental de su vida. Pedro Casaldáliga la llamaba «su comunidad enclave». La expresión permite entender el lugar que aquella casa ocupaba en su universo afectivo y eclesial: una presencia fraterna en España, un punto de encuentro y un vínculo con las causas que defendía desde Brasil.
Aquella comunidad hizo posible una continuidad entre la reflexión teológica y la vida
En Fernández de los Ríos la convivencia sostenía el trabajo intelectual, editorial y pastoral. Las conversaciones, los proyectos y las dificultades se compartían alrededor de una misma mesa. Aquella comunidad hizo posible una continuidad entre la reflexión teológica y la vida: lo que se escribía debía poder reconocerse en las relaciones, en las decisiones y en la disposición a acompañar a otros.
Secundino aportó a ese proyecto su experiencia educativa, su talento y una afabilidad que ayudaba a mantener abiertos los vínculos. En una comunidad de personalidades y tareas diversas, esa cercanía tenía un valor concreto. El trabajo común necesitaba ideas, pero también escucha, paciencia y confianza. Fernández de los Ríos fue para sus miembros una casa desde la que actuar y un lugar al que regresar.
Las revistas Misión Abierta, Éxodo y Utopía expresaron, con trayectorias propias, aquel empeño compartido. Por sus páginas circularon la renovación del Vaticano II, la teología de la liberación y los debates de una sociedad en transformación. La comunidad contribuía así a tender puentes entre Iglesia y sociedad, entre España y América Latina.
La herida de la expulsión
Esa orientación encontró fuertes resistencias. En 1988 Secundino, junto con toda la comunidad de Fernández de los Ríos, fue apartado de la dirección de Misión Abierta. En abril de 1993 se hizo pública la expulsión de todos sus miembros de la Congregación Claretiana, durante el pontificado de Juan Pablo II. Los afectados defendieron su fidelidad al Vaticano II y consideraron que la intervención respondía a razones ideológicodoctrinales.
Esta brusca ruptura alcanzaba una pertenencia cultivada durante décadas. La acogida de Casaldáliga permitió continuar el ministerio y dio a la expresión «comunidad enclave» una especial profundidad: la fraternidad se sostuvo cuando más necesaria resultaba. La casa, sus relaciones y sus proyectos siguieron ofreciendo un cauce para vivir la vocación.
Los jóvenes, una dedicación de por vida
La formación juvenil fue el centro más constante de su trabajo. Durante más de dos décadas enseñó catequesis de jóvenes y adultos en el Instituto San Pío X de Madrid. Su conocimiento de la dinámica de grupos le permitió formar animadores capaces de escuchar y acompañar procesos de maduración personal y cristiana.
En 1998 presentó en la Universidad Pontificia de Salamanca su tesis Las comunidades cristianas juveniles en la diócesis de Madrid (1965-1995). La investigación recogía un campo que conocía por dentro: las posibilidades y dificultades de unas comunidades nacidas en tiempos de renovación eclesial y cambio social.
Sus libros prolongaron ese servicio. Del catecumenado a la comunidad, Animación de grupos en proceso, Iniciación cristiana de jóvenes y Educación de la fe y comunidad cristiana ofrecieron orientación a catequistas y educadores. En sus títulos aparece el hilo de una vida: acompañar el crecimiento y ayudar a construir una comunidad donde la fe pudiera hacerse experiencia compartida.
De Guadalupe a América Latina
La comunidad de Guadalupe, en Madrid, fue uno de los espacios donde esa dedicación tomó cuerpo. Su tarea se extendió también a Bolivia y Brasil. Enseñó Pastoral Fundamental y Sacramentos en el ISET de Santa Cruz de la Sierra y estuvo vinculado a la comunidad eclesial de base de Luciara, en la prelatura brasileña de São Félix.
Entre aulas y comunidades mantuvo una misma disposición: poner sus conocimientos al servicio del crecimiento de las personas. Quienes compartimos con él trabajo y amistad recordamos esa combinación de inteligencia y calidez, de convicciones firmes y trato afable. Su cercanía daba credibilidad a cuanto enseñaba.
Una tierra que recibe, una memoria que compromete
Prado recibirá sus cenizas. Zamora recuperará en su tierra a un hijo que llevó lejos la vocación de servir y la capacidad de crear vínculos. En un pueblo marcado por la despoblación, su regreso recuerda cuánto mundo cabe en una vida nacida entre pocas casas.
En un pueblo marcado por la despoblación, su regreso recuerda cuánto mundo cabe en una vida nacida entre pocas casas
Quedan sus libros, sus comunidades y el agradecimiento de quienes encontraron en él orientación y amistad. Queda también una responsabilidad para cuantos lo recordamos: dar continuidad a la fraternidad que practicó. Sus cenizas descansarán en Prado; la tarea que nos deja sigue en pie.